Jinhua.

Según la guía tiene 4,7 millones de habitantes y según Wikipedia 5 y medio. De todas maneras muchos y más en una ciudad de la que no había oído hablar en mi vida.
Pertenece a la provincia de Zhejiang de cuya capital acabamos de venir.
Jinhua.

Según la guía tiene 4,7 millones de habitantes y según Wikipedia 5 y medio. De todas maneras muchos y más en una ciudad de la que no había oído hablar en mi vida.
Pertenece a la provincia de Zhejiang de cuya capital acabamos de venir.

Después de la búsqueda infructuosa de China Mobile nos vamos a buscar una oficina de información turística que está cerca del lago y al lado de uno de los monumentos de esta ciudad que suele ser su emblema turístico, la pagoda de Leifeng. La guía dice de esa oficina que proporcionan “información básica de viajes, mapas y tours”. Como están a punto de cerrar nos pegamos una buena cabalgada hasta allí. (El reloj de Marisa no discrimina entre “tranquilo paseo” y “carrera contra reloj”). Cuando llegamos una displicente jovencita no se digna ni a levantar la mirada.
Hemos conseguido algo de información sobre los próximos transportes, pero ha sido casi peor que sacarte una muela. Sin anestesia.

¡Qué felicidad estar por fin en el hotel! Y más pensando que hace 10 minutos creía que nunca saldríamos de la estación. Y encima el establecimiento tiene una pinta magnífica. Así que doy por supuesto que en esta estupenda recepción alguno hablará inglés. Hay tres jóvenes empleados y dos de ellos casi empujan a uno para que nos atienda. Conoce unas 17 ó 18 palabras en inglés, pero sobre todo sabe usar un diccionario vocal y él le habla en chino y me aparece la traducción en la pantallita en inglés.
Hoy el día ha comenzado bien, se ha complicado, ha mejorado mucho y ha acabado bastante mal.

Joven birmano reparando mi ordenador.
Empiezo por lo malo.
Estamos en el hotel preparándonos para ir a dormir y en el ordenador estoy oyendo las noticias de las 5 de la tarde, hora española, en la Cadena Ser. Acaban y el ordenador se bloquea y empieza a sonar su altavoz como una cigarra, o algo así. Y no hay forma ni de parar el sonido, ni el ordenador, hasta que se acabe la batería. Y es que en este modelo no se puede quitar la batería si no es desarmándolo y si no es en caso de muerte no voy a hacerlo. Así que lo cubro con toallas, pues temo que los vecinos de la habitación se quejen dado el volumen de la chicharra y que además impida nuestro descanso nocturno.
Y encima que el ordenador se caliente tanto con aquella envoltura de algodón que se incendie: castigado pasará la noche dentro de la bañera.
Llegamos al Bund y sigue pareciéndonos una maravilla.
Antes de subir al paseo fluvial hay un gran jardín vertical y el personal se fotografía delante de esa pared y a veces es muy divertido ver las poses que hacen. De todas maneras tener de fondo Pudong mejora cualquier fotografía.
Hoy no hay demasiada gente aunque sí nos encontramos con occidentales mayores que dan la impresión de formar parte de un grupo pero desperdigado, nada que ver con los uniformados (de cabeza) abuelos chinos.