
Salimos del banco, felices con los yuanes duramente conseguidos, volvemos sobre nuestros pasos y damos con una plaza enorme, pero grande, grande y que quizás se considerase el centro de la ciudad.

Salimos del banco, felices con los yuanes duramente conseguidos, volvemos sobre nuestros pasos y damos con una plaza enorme, pero grande, grande y que quizás se considerase el centro de la ciudad.
Domingo de Ramos.

Dejamos este estupendo hotel pensando que seguramente no volveremos a estar en ninguno semejante en este viaje, pues además ha sido un gran salto desde el monacal y austero YHA de Shanghái a este lujo.
Cada vez me afirmo más que, en nuestros viajes, en lugares donde estamos pocos días es preferible que el hotel esté próximo a la estación: es una gran ventaja.

Esta mañana después del fracaso de ayer con los autobuses estoy algo desanimado y me pregunto si no sería mejor ir al pueblecito del té pues ya sabemos que no hay que hacer, en lugar de ir al turístico pueblo de Wuzhen, que teníamos previsto visitar hoy.
Hoy el día ha comenzado bien, se ha complicado, ha mejorado mucho y ha acabado bastante mal.

Joven birmano reparando mi ordenador.
Empiezo por lo malo.
Estamos en el hotel preparándonos para ir a dormir y en el ordenador estoy oyendo las noticias de las 5 de la tarde, hora española, en la Cadena Ser. Acaban y el ordenador se bloquea y empieza a sonar su altavoz como una cigarra, o algo así. Y no hay forma ni de parar el sonido, ni el ordenador, hasta que se acabe la batería. Y es que en este modelo no se puede quitar la batería si no es desarmándolo y si no es en caso de muerte no voy a hacerlo. Así que lo cubro con toallas, pues temo que los vecinos de la habitación se quejen dado el volumen de la chicharra y que además impida nuestro descanso nocturno.
Y encima que el ordenador se caliente tanto con aquella envoltura de algodón que se incendie: castigado pasará la noche dentro de la bañera.