26. China 2019. 14 de abril, domingo. Decimotercero día de viaje. De Hangzhou a Jinhuá. Primera parte.

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Domingo de Ramos.

Dejamos este estupendo hotel  pensando que seguramente no volveremos a estar en ninguno semejante en este viaje, pues además ha sido un gran salto desde el monacal y austero YHA de Shanghái a este lujo.

 

Cada vez me afirmo más  que, en nuestros viajes, en lugares donde estamos pocos días es preferible que el hotel esté próximo a la estación: es una gran ventaja.

Este lo está y en menos de 5 minutos llegamos a la enorme “Estación del Este” de Hangzhou, ahora ya sin los problemas del día de llegada, pues hemos pasado por ella cada día durante toda nuestra estancia dado que el metro y algunas estaciones de autobuses forman parte de este centro de transportes.

A la zona de salidas se accede, como siempre, con el billete y la identificación personal, pues los billetes son nominativos.

La zona de salidas no es tan espectacular como la de llegadas,  pero sigue siendo enorme: 28 puertas duplicadas en A y B: 56 puertas de  salida.

Nos acordamos de nuestra amiga Carmen que a veces tiene problemas con las salidas de las estaciones: aquí tendría que quedarse a vivir un par de años. Como casi nos pasó a nosotros al llegar.

Y gente por todas partes.

En tu billete está ya la puerta que se corresponde con un andén. Eso es estar bien organizado. Así recuerdo en la India cuando esperabas, anunciaban un andén, todo el personal se movía hacia allí y de repente, 5 minutos antes de la salida lo cambiaban y la multitud se movía, nos movíamos, apresuradamente de un lugar a otro, a veces subiendo empinadas escaleras y larguísimos andenes. El caos. Y aquí el orden. Pero no del todo, porque hacemos cola educadamente delante de la puerta de acceso (nuevo control electrónico de los billetes) y de repente uno se cuela, pero sin ningún pudor. Y lo curioso es que nadie le dice nada. Nadie excepto yo, que el gobierno chino me deberia contratar para controlar a sus desalmados.

“Pollo, que esto es la cola e intentas colarte”.  “Chicken, this is a queue and you try to avoid it”. (Que no sé cómo se dice “colarse”).

Me hace caso, no por lo que le he dicho sino por la cara que le he debido poner,  pero luego me percato que se ha vuelto a colar detrás de nosotros.

Llegas al andén y de nuevo tienes que hacer cola delante del lugar donde se situará tu vagón. Y si observas siempre hay alguno que intenta no esperar.

Los vagones están impolutos, pero es que no paran de pasar jóvenes empleadas limpiando. La megafonía en chino y en inglés y muy buena y el letrero luminoso del mismo color que la pared donde está dando información de la temperatura, velocidad del tren (llegaremos a 303 km/h) y de la estación de llegada, todo en inglés además de en chino.  Pero en cambio no logramos ver el nombre de ninguna estación en las que paramos. Vaya, quiero decir un letrero que entendamos nosotros.

Y en una hora estamos en Jinhuá, también con una gran estación, pero más “contenida” que la de Hangzhou y se ve muy nueva. Parece como si la “alta velocidad” y sus infraestructuras  fuesen algo muy reciente por cómo están las estaciones y los trenes.

Al salir de los andenes nuevo control de identidad de la policía. Allí retienen a un joven que les ha enseñado un papel en lugar del habitual DNI y la policía se lo lleva a una habitación.

¿Qué pasaría con los  indocumentados como en España? Y no me refiero a los “sin papeles”, sino  a esos  que les piden los billetes  en el tren y no lo tienen porque se han colado y cuando les piden el DNI dicen que no lo llevan, porque entonces ya tiene que intervenir la policía y es más complicado.

La estación de Jinhuá es enorme pero debe estar todavía sin acabar porque además enfrente de ella hay una gran obra que quizás sea el metro del que carece esta ciudad que es famosa en toda China por su jamón, así que Marisa, gran defensora de este producto, se hace una foto al lado de un letrero que imagino que dice lo bueno que está.

Hemos elegido un hotel cerca de la estación y llevo un mapa de Google  en papel para llegar hasta él, pero hay una gran valla de esas obras que me impide seguir el camino así que le pregunto a un policía. Este llama a otro y los dos, entre risas,   a un tercero. Todo en chino, claro, pero le dicen  al último que nos lleve, lo que hace hasta la puerta del hotel. No he visto a gente más servicial que esta en mi vida. Lo que pasa es que no han elegido al policía más listo de la ciudad (quizás por eso las risas) pues, como luego comprobaremos, nos ha dado una buena vuelta, pero bastante ha hecho el pobre. E insisto: nos ha dejado en la misma puerta del hotel.

Este ya no es de la categoría del de Hangzhou, pero la habitación es espaciosa  y tiene un gran sillón. Tengo un amigo, Luis, que pone la presencia de un confortable sillón (quizás hasta reclame dos) como condición ineludible para aceptar un alojamiento.

Además tiene un enchufe múltiple como no hay igual en los hoteles españoles y cable LAN.  Y el teléfono más kitsch que he visto en mi vida. Así que he estado en hoteles mejores pero ninguno con este nivel de conectividad. Y este incluye el desayuno lo que para nosotros será un descubrimiento para saber cómo lo hacen los chinos, pues solo lo hemos compartido en Hong Kong, pero allí era una selección cerrada.

Lo único que no me gusta es que tiene moqueta y odio este textil. Pero la señora de recepción con 14 ó 16 palabras en inglés tiene la actitud más colaboradora que hemos encontrado en ningún hotel en este viaje.  Y eso que la web a  través de la que lo contratamos la habitación le han pegado una rebaja de casi la mitad del precio original. Pero la señora no lo ha tenido en cuenta y nos trata fenomenal.

 

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