Creo que ya lo he escrito antes: descubrí el concepto de la psicostasis en un viaje a Bulgaria gracias a uno de los compañeros de viaje, de esos por los que merece la pena viajar: una persona muy culta y nada soberbia a pesar de ello.
A partir de entonces ha sido una constante en nuestros viajes fotografiar las escenas donde aparece ese “acto de valoración de un alma mediante su pesaje”, como la define Wikipedia.
Hace muchos años, en el Precámbrico, tal día como hoy los padres escolapios (quizá también los de las escuelas nacionales, no lo recuerdo) nos llevaban a rezar delante de la “Cruz de los Caídos” (“¡Caídos por Dios y por España!”, se entiende) para conmemorar la muerte de José Antonio Primo de Rivera: ¡Presente!
Parece algo presuntuoso el título, aunque lo sería más escrito al revés: “Yo y Coleridge”.
Hace tiempo leí en la reseña de un libro de Hans Magnus Enzensberger que Coleridge, siendo ya un aclamado poeta asistía a las clases de química de ese centro y como decía la crónica, más o menos, “con estupor (esta palabra me encanta, la escribiría todos los días) de los profesores químicos y de sus colegas literarios”.