
La alarma de mi reloj no ha sonado, menos mal que Marisa tenía puesta la de su teléfono, pues hoy ha sido un día de los de madrugón.
Con un taxi de conductor silencioso llegamos al aeropuerto en unos 45 minutos.
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La alarma de mi reloj no ha sonado, menos mal que Marisa tenía puesta la de su teléfono, pues hoy ha sido un día de los de madrugón.
Con un taxi de conductor silencioso llegamos al aeropuerto en unos 45 minutos.
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El avión sale a las 7 y hemos llegado al aeropuerto a las 4 de la tarde pues no queremos correr riesgos, que ya hemos corrido viniendo del hotel hasta aquí, debido a la falta de puntualidad del conductor que nos ha traído.
(No, este no ha sido el transporte para venir al aeropuerto, que era un sonriente vendedor de apetitosos higos del Shanganj market).
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Y ya llegó la hora de la partida.
Hemos contratado un taxi para que venga a buscarnos para llevarnos al aeropuerto.
El vuelo sale a las 13:15 y el taxi llega a las 9. Parece mucho tiempo, pero no hemos podido ni tomar café.

En este vuelo, de Delhi a Madrid, como en el anterior, de Calcuta a Dehi, hemos repetido la técnica de los últimos vuelos: un asiento de pasillo y uno de ventanilla en una fila de tres, pues además de que estamos en los asientos que preferimos es más probable que si hay plazas libres estas sean las de en medio y sí vamos más cómodos. Y eso nos ha pasado en los dos vuelos.

Último día del viaje y esta vez de verdad.
El “housekeeping” nos dijo ayer que nos prepararía el desayuno a las 7 a pesar de que la hora oficial es a partir de la 8 y que el dueño del alojamiento nos pediría un taxi (“no hay que pagar nada, ni siquiera propinas”) para las 7 y media. Así que todo sobre ruedas.
(Este no ha sido el desayuno, que fue uno de Japón, pero aquí, sin ser maravilloso, estaba bien).