
Volamos con Indigo, una compañía india de bajo coste; el aparato de hoy parecía recién salido de la fábrica de lo nuevo y limpio que está. Y en menos de hora y media aterrizamos en Calcuta.

Volamos con Indigo, una compañía india de bajo coste; el aparato de hoy parecía recién salido de la fábrica de lo nuevo y limpio que está. Y en menos de hora y media aterrizamos en Calcuta.

Hoy es el típico día de moverte de un sitio a otro que no tiene ningún interés, pero que es necesario. Y en nuestro caso todavía menor interés pues esta ciudad, Jorhat, no lo tiene y el viaje en avión no añade nada nuevo a diferencia de mis queridos viajes en tren donde puedo leer, escribir, dormir, ver algo del paisaje (no mucho viajando en clase A/C por la opacidad de los vidrios de la ventanas) y sobre todo observar el comportamiento del personal (en alguno casos padecerlo) y en muchas situaciones trabar temporales relaciones con ellos. Pero hoy hemos cambiado el trayecto de Jorhat a Calcuta por el avión. ¡Todo sea por la paz conyugal!

Regresamos al mismo hotel de Jorhat adonde llegamos desde Nagaland, pues dejamos aquí casi todo el equipaje y nos desplazamos hasta la isla de Majuli con uno muy reducido.

¡Qué suerte hemos tenido!
Ya lo decía Tucídides: “Los dioses favorecen a los que se lo merecen”.
Y si no lo dijo, lo podía haber dicho.
Porque esta mañana nos hemos despertado con una fuerte lluvia.

Acabamos la tarde dando una pequeña vuelta por el centro de Garamur: una calle con algunas tiendas y en la que volvemos encontrar el hotel donde pensábamos quedarnos al llegar y al que nunca agradeceros bastante que no tuviésemos reservada la habitación.