¿La vida del turista es siempre placentera?
Pues no. Y esta noche ha sido una prueba de ello: tos y más tos y el cuerpo dolorido.
La compensación. El desayuno hongkonés.
En este alojamiento puedes elegir entre cuatro opciones: estilo occidental, estilo hongkonés, estilo chino y “dim sum”. Todos con café o te´.
Cuando llegas te dan un vale para cada día y debes entregar exactamente eso, el del día. Sino vuelta a la habitación a buscarlo, que ya te puedes imaginar que es lo que me ha pasado.
Buscamos un restaurante de los que recomienda la guía y que está cerca de esa oficina y es típicamente hongkonés: un plato de cerdo, o de pato, o de pollo o de hígado a la barbacoa sobre un lecho de arroz blanco. Las mesas son enanas, pero allí te sientas donde hay un espacio libre.
Buscamos un restaurante en aquel entorno y la guía recomienda uno cuya especialidad, y plato único, son los “dim sum», ya sabes, esa especie de empanadillas asiáticas. El problema es que en aquella callecita hay varios de nombres parecidos o con el letrero solo en chino, pero que casi todos son de “dim sum”. Pero damos con el recomendado que es el que tiene la cola más larga en la calle.
Desde hace unos cuantos años los amigos y conocidos no dejan de preguntarnos si no hemos visitado China. Yo suelo contestar que una vez estuvimos al lado de la raya fronteriza en un extraño lugar de Laos, pero que no la atravesamos.
Y ahora ya no estamos hablando de una SAR, “Special Administrative Region”, como en las anteriores crónicas sobre Hong Kong y Macao, que esta ciudad ya es china, china, aunque sea también algo “special”.