9. Hong Kong-Macao-Shanghái. 2018. 22 de marzo, jueves. Tercer día de viaje. Hong Kong, día 2. Segunda parte.

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Buscamos un restaurante de los que recomienda la guía y que está cerca de esa oficina y es típicamente hongkonés: un plato de cerdo, o de pato, o de pollo o de hígado a la barbacoa sobre un lecho de arroz blanco. Las mesas son enanas, pero allí te sientas donde hay un espacio libre.

Una comida estupenda.


De nuevo a la cola del visado y hablo con el que me precede: es paquistaní, va elegantemente vestido de oficinista con un traje gris y vive en Canadá, aunque trabaja aquí, en Hong Kong.
“¿No te pondrán problemas por ser paquistaní?”. Pues pienso que si por haber estado 6 días en Turquía voy a tener problemas, no me puedo imaginar que será si eres de ese país.
Pues no solo no cree que no tendrá problemas, sino que aunque tiene pasaporte de ambos países aquí va a utilizar el de Paquistán porque es más barato sacar el visado con él que con el de Canadá. Porque este es otra de las características de este visado: el precio depende del país de tu pasaporte. Vaya, eso según el paquistaní, que en el folleto que he conseguido solo da diferentes precios según la urgencia de obtenerlo y la duración de la estadía en China.
De todas maneras a mí no se me ocurriría escoger Pakistán como país para obtener un visado pudiendo decir que eres canadiense. A no ser que quieras ir a Afganistán.

Pero al fin llega el momento en que ya estás en la cabecera de la cola y entonces un empleado de aquella oficina te repasa el formulario que has rellenado y te dice todo lo que no has puesto o has puesto mal. Y además todos los papeles que debes adjuntar, pues en nuestro caso llevamos el billete de avión de vuelta desde Shanghái y la confirmación de la reserva de la habitación de esa ciudad, pero como va a mi nombre solamente (vaya, como es habitual que la reserva esté solo a un nombre) debo complementar otro formulario adicional donde digo que Marisa estará conmigo en ese alojamiento. Y nosotros temblando con nuestras entradas y salidas de Turquía pero aquella amable joven solo repasa la documentación. Todo conforme.

Así que te dan un numerito para que cuando te llamen pases por una ventanilla donde un empleado estudiará a fondo todo lo que presentas. Así que llegamos al punto final: un joven detrás de una mampara de vidrio con el que te comunicas a través de un rectángulo abierto en la parte inferior y que te hace las preguntas de rigor. Y mira una vez y otra nuestros pasaportes, pero no nos dice nada, excepto una pregunta tan estúpida que no lograba entender aunque era de primer curso de inglés: “¿Cómo?”. Que cómo íbamos a ir a China, porque allí estaba el billete de vuelta (que por eso lo había repasado varias veces), pero no decía nada del de ida: “vamos a ir desde Hong Kong a Shanghái en tren”. “¿Y el billete del tren?”. “Pues no lo he sacado todavía”. Y tenía que haberle dicho que no lo había comprado por temor a que me rechazasen la solicitud de visado. “Pues lo saque hoy y vuelva mañana con él”. Y afortunadamente nos dice que no tendremos que volver a hacer toda la cola, que se lo expliquemos a un compañero y nos atenderán antes.

Así que habiendo llegado a las 11 de la mañana nos vamos de allí a las 6 de la tarde. Y sin visado, pero con la esperanza de que nos lo den. Y eso que había leído que en Madrid era un problema conseguir el visado para China.

Nos decidimos a ir a la estación de ferrocarril para sacar el billete, pues aunque el empleado del visado me ha dicho que lo podría comprar “on line”, prefiero ir allí y así el día que tengamos que coger el tren sabremos cómo está aquello.

Es una estación en obras y bastante destartalada, pero no había casi nadie en la cola de la venta anticipada; ha sido rápido.

Y como se nos ha hecho tan tarde ya es la hora de visitar uno de los famosos mercados nocturnos de esta ciudad, el de “Temple Street Night Market” al que la guía lo sitúa como uno de los “Hong Kong’s Top 16”.


El metro para llegar hasta allí va bastante cargadito, pero son tan frecuentes y rápidos que da gusto viajar en él.
Este mercado tiene dos cosas curiosas: muchas casetas donde adivinadores echan las cartas o te dicen que va a ser de ti mirándote las manos o la cara.


Y otra: algunos ancianos cantan (bastante mal) en unos pequeños tinglados callejeros con poca audiencia.


En un restaurante vemos un plato con tres enormes galeras: 180 HK$, unos 20€. Y es que es un lugar especial para turistas, pero deben ser chinos pues he leído que por aquí hay muchos del “continente”.


Caemos en un restaurante popular y me lanzo a por un bol de caldo con largos y finos fideos chinos aderezados con varios trozos de entrañas. El viejo camarero (o quizás dueño) no habla inglés, pero masculla en voz baja “onfal, onfal”. No sé si como una advertencia o como diciendo que ese cristiano no sabe lo que ha pedido. Y sí que lo sabía.


Una cena estupenda con una novedad que repetiremos: un plato de piel de pescado frita.


Notas hongkonesas.
El personal que viaja en el metro es muy variado. Nada que ver con la uniformidad japonesa.
La información que aparece en las pantallas y algún mapa es suficiente para moverte con facilidad.
Aunque suele haber escaleras mecánicas siempre encuentras al final de la subida un tramo “manual”. Vaya, cuando estás asfixiado. Lo gracioso es que en los escalones está escrito: “Do not rush”.

Hoy he visto a una mamá con un niño en un carrito en el andén del metro en la hora punta. Lo más sorprendente es que llevaba al niño cogido con un cable de esos de amarrar las bicicletas: en un extremo una banda atada a su muñeca y en el otro a la muñeca del niño.

Observación final: no he visto ni un paso cebra en las calles. Vaya, paso cebra sin semáforos. Afortunadamente, excepto las calles muy importantes todas son de una sola dirección lo que permite comprobar más fácilmente si viene algún vehículo pues suelen circular a bastante velocidad. Y una ayuda adicional: en el suelo hay grandes letreros con flechas diciéndote hacia donde debes mirar. Pero de todas maneras el personal suele ser cauto a la hora de cruzar las calles.

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