He venido aquí porque me cogía camino del norte de Hokkaido y porque la guía, aunque no habla maravillas, sí la describe como una ciudad al borde del mar, con tranvías y con un bonito cementerio para extranjeros. Me acordé del de Calcuta y decidí hacer una parada.
Fui a turismo y me dieron un precioso e inútil folleto y un mapa útil: “Voy a estar día y medio aquí, ¿qué puedo hacer?”. Pues cogió el mapa, y mira que me jode, me lo emborronó todo con un rotulador. Pero fue amable y me dio un par de consejos. (more…)
Ayer por la noche cuando estaba en el hotel me encontré a la pareja “rubia-hippy” pues se alojaban allí también. Yo había supuesto que él era anglófono pero resultó que le tenía que ayudar con el inglés su novia: era lituano o letón. Pero entre ellos hablaban japonés. Ella seguía con una mascarilla profiláctica como el primer día que los vi. Por debajo de la mascarilla se adivinaba una sonrisa muy simpática. Me ayudaron con la web del hotel de Wakkanai que estaba toda en japonés.
En este hotel hay un pequeño buffet de desayuno japonés. Nada que ver con el desayuno del último ryokan, el de Hiraizumi, porque si no me quedaría a vivir aquí. Hay un cuenco con la sopa matutina habitual y luego puedes coger pastelitos de arroz, tres vegetales desconocidos y té o café. Y además algo de bollería y mantequilla. El personal se hincha de arroz y la bollería ni la tocan. Lo curioso es que a pesar de que las bandejas de servicio son muy pequeñas nadie repite, ni siquiera el té, excepto yo; quizás sea una cosa de educación.
Desde Chuson-ji regreso al ryokan a buscar la mochila. He estado pensando que la chica del ryokan me recordaba a alguien y en el camino de vuelta descubro a quien: a Marta Botia, la de “Ella baila sola”.
Hoy voy a desayunar pero con la experiencia de ayer por la noche dejo los ropajes de samurai de estar por casa y me pongo mi ropa habitual. Ha sido igual de incómodo pero no he estado preocupado por ocultar o mostrar mis desnudeces.