22. De Hiraizumi a Morioka.

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Chuson-ji. Desde Chuson-ji regreso al ryokan a buscar la mochila. He estado pensando que la chica del ryokan me recordaba a alguien  y en el camino de vuelta descubro a quien: a Marta Botia, la de “Ella baila sola”.

Cuando llego no hay nadie pero como aquí se fían tanto han dejado la puerta abierta.

Chuson-ji.

Como la oficina de turismo está al lado de la estación de ferrocarril aprovecho para entrar otra vez y preguntar un par de dudas. Una tiene que buscarla en un diccionario electrónico a los que tan aficionados son los japoneses para encontrar la palabra en inglés. Imagino que como me ve tan interesado me da unos folletos que ayer ni me enseñó.

En la sala de espera de la estación hay un grupo de cuatro viejecitas.  ¿Por qué siempre hay viejecitas y no viejecitos? Pues porque los hombres duramos menos.

El tren que me lleva a Morioka es de los de tipo “local”, tipo tranvía corrido y que para en todas las estaciones. Mayoría de jóvenes y muchos de ellos con uniforme escolar. Hay dos sentados en el suelo como también hacen los macarrillas patrios. Y con un aspecto semejante. Pero la diferencia es que en el tren no hay ni una pintada, ni un desperfecto, ni un vidrio rayado, la última moda del macarrismo español. ¿Has visto un disparate mayor que rayar cristales?

Los jóvenes viajeros, como siempre, miran fijamente el teléfono celular. Incluso hay tres chicas con el mismo uniforme sentadas juntas de unos 16 años: pues lo mismo, ni hablan entre ellas, ni con un jovencito que las conoce y que está a su lado, también con otro teléfono.

¿Y la lectura? Solo lee la gente mayor de 30 años. ¿Preocupados por la muerte futura del libro de papel frente al electrónico? Yo quitaría lo de “futura” y lo de “frente al electrónico”. Ya ha muerto. No hay ningún menor de 30 años que lea. Y no creo que se vayan a caer del caballo cuando lleguen a los 30. Así que cuando los de 15 tengan 60, los de más de 30 tendrán más de 75: se acabó el libro. Ahora que si supiera qué miran fijamente en la pantalla del teléfono quizás podría pensar en qué ocurrirá dentro de esos 45 años, o sea en el 2054. Claro que ya no estaré para verlo. Y este blog ya habrá viajado más allá de Orión.

Y aunque el día se ha nublado algo y hay neblina vuelven a aparecer montañas nevadas al fondo del paisaje.  Y en 90 minutos llegamos a Morioka y como siempre la estación es enorme y muy moderna.

Aquí hay un hotel que recomendaba la guía, el hotel Ruiz, que solo por ese nombre me habría gustado ir pero su página web estaba solo en japonés y no había manera de saber nada. Así que decido seguir la estela del hotel de Matsumoto y alojarme en uno de la misma cadena que además siempre están al lado de la estación de tren.

Morioka.

¿Por qué he venido? La guía dice que es una de las ciudades más bonitas de esta región, Tohoku, y si las ciudades que tienen un río suelen tener un encanto derivado de su cercanía –Madrid es una excepción-, ésta tiene tres: Kitakami, Nakatsu y Shizukuishi. Así desde mi habitación veo el primero aquí al lado. También habla la guía de un bonito paseo al lado del segundo. Además me cogía de paso en mi camino hacia el norte y podría ser un buen punto de partida para visitar el valle de Tono cosa que recomienda en especial la guía.

Así que una vez ya instalado me lanzo a ver la ciudad.

Me encuentro con el paso de cebra más grande que he visto: han marcado todo un cruce como paso de cebra.

Paseo por un barrio donde me ha dicho la empleada de la oficina de turismo que quedaban artesanos pero quizás sea un poco tarde y además es sábado pues no veo ninguno. Sí quedan casas antiguas embutidas dentro de otras más modernas. Y por encima de todas ellas una torre de comunicaciones monstruosa. Esto es una constante en todas las ciudades, por lo menos en las medianas donde quizás se vea más, pero no debería sorprenderme dado lo adelantado que está aquí el mundo de las telecomunicaciones. Y como su propio nombre indica, de alguna manera se  tendrán que comunicar, ¿no?

Torre de vigilancia de incendios.
Encuentro una antigua casa de madera con una torre de vigía que servía para controlar los posibles incendios.  Y también un edificio que no sé si es moderno o antiguo pero con una arquitectura muy especial. Veo entrar allí a muchos jóvenes y entro yo también pero no logro saber si van a un concierto o a unos ejercicios espirituales.

Esperando para cruzar a ese edifico descubro otro aspecto curioso de la idiosincrasia japonesa: ¡hacen cola para esperar que el semáforo se ponga verde para los peatones!

Morioka tiene un castillo, o mejor las ruinas de él, que han transformado en parque y hacia allí me dirijo con la esperanza de ver desde un mirador el cercano volcán Iwate. Pero está nublado y no se ve nada.

El castillo se empezó a construir en 1597 y fue totalmente demolido en 1874. Se convirtió en parque a comienzos del siglo XX. Ahora no queda nada de él excepto los muros que son impresionantes.

Sopla el cierzo, imagino que de las montañas cercanas. Sigue sin llegar la primavera.

En lo alto hay un plinto pero sin ningún Franco ecuestre japonés. Pienso que cuando quitaron las estatuas franquistas hicieron mal en quitar también el soporte porque con el tiempo nadie se acordará de las cabronadas de aquel abuelito inofensivo (y de sus amiguitos). Que está bien que no se le ensalce después de lo que hizo pero sí que se debe recordarlo. Y no olvidarlo.

También hay un monumento a Takuboku. La leyenda dice así: “Fue aquí donde el famoso poeta Takuboku Ishikawa habiéndose escapado de la escuela por una ventana (¡toma precisión nipona para esta historieta!) pasaba horas leyendo literatura y poesía y soñando despierto”. ¡Vaya ejemplo para las futuras generaciones! “Niños sed como el poeta Takuboku, gloria nacional,   y escaparos por las ventanas de los colegios para iros a jugar a los futbolines”. ¡No querrás que se escapen para leer a Cernuda!

Ishiwarizakura, el cerezo poderoso, como atravesando una escultura de Chillida.

Para acabar me voy a ver el monumento más famoso de la ciudad: el “rock splitting cherry tree” o sea “el cerezo que ha partido una piedra”, conocido como “Ishiwarizakura”. Tiene esta leyenda: “Es uno de los más famosos símbolos del espíritu; resistencia contra las privaciones, incluso en lo imposible: un cerezo que crece de una roca de granito”. Y, claro, lo han declarado “Tesoro Nacional”. Realmente es espectacular.

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