25. Hakodate, día 1.

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He venido aquí porque me cogía camino del norte de Hokkaido y porque la guía, aunque no habla maravillas, sí la describe como una ciudad al borde del mar, con tranvías y con un bonito cementerio para extranjeros. Me acordé del de Calcuta y decidí hacer una parada.

Fui a turismo y me dieron un precioso e inútil folleto y un mapa útil: “Voy a  estar día y medio aquí, ¿qué puedo hacer?”.  Pues cogió el mapa, y mira que me jode, me lo emborronó todo con un rotulador. Pero fue amable y me dio un par de consejos.

Y un mapa emborronado.

Luego ha resultado ser una ciudad muy preparada para los turistas –hay bastantes japoneses que vienen aquí de visita-, con muchas indicaciones y letreros informativos.

Creo que con Nagasaki son las dos ciudades mejor preparadas para alguien que viaje como yo. Y es que ambas tienen algo en común que las distingue del resto del país: cuando Japón tuvo que abrirse al comercio exterior en 1854 permitió que se hiciese en tres puertos: Yokohama, Nagasaki y Hakodate. Y eso, a esta ciudad, le da un aire especial. Así, por ejemplo, me encuentro con una monja católica en la estación.

Los hoteles de esta cadena, como la mayoría del Japón en los que he estado, no te dejan ocupar la habitación hasta las 4 de la tarde, así que dejo el equipaje y me voy a hacer una de las recomendaciones de la visita: el mercado matutino de Asa-ichi, aunque la guía dice que a las 8 de la mañana ya se ha acabado todo y que solo queda abierto lo que es para los turistas.

Mercado de Asa-ichi.

Y efectivamente lo que está en las naves esta cerrado o vacío y solo están abiertas las tiendas que dan a al calle con los dependientes intentando atraer a los clientes. Porque los japoneses como los abuelos del Inserso en sus viajes –realmente muchos parecen del Inserso japonés- tienen que comprar recuerdos para llevar a sus nietos y nueras. Y aquí el producto estrella es el marisco: una maravilla. Te ofrecen para que te lleves a casa un centollo que parece un monstruo marino de ciencia ficción. Y muchos frascos con cosas desconocidas dentro, excepto los que tienen huevas de salmón.

Tendré que volver mañana pero más pronto.

Veo un figón dentro de una de las naves vacías y entro a comer pues con esto del viaje continuo llevo bastante desarreglo. Y no sé si es porque soy el único cliente a esas horas –dentro de nada empezarán a cenar aunque yo vaya a comer- o porque cuando pasé por allí al llegar de la estación le pregunté a aquella señora por el hotel, pero ahora me hace más reverencias que al sha de Persia cuando estaba casado con la pobre Farah Diba.

Una comida estupenda. Unos trozos de carne de cangrejo, unas huevas de erizo, otras de salmón y una cosa blanca de mar que no sé que era. Todo crudo encima de un cuenco de arroz. Buenísimo. Y un wasabi de esos que te pone en comunicación la parte frontal del cerebro con el píloro directamente.

Después de la comida me fui al barrio de Motomachi.

Cuando en 1854 se abrió su puerto al exterior, los americanos, rusos y británicos establecieron aquí consulados, negocios e iglesias. También los franceses. Y restos de aquella época son todavía visibles. Esto le da un carácter muy especial a este barrio.

Realmente tiene mucho encanto.

Como todos los edificios notables tienen letreros explicativos te enteras de que la mayoría de las construcciones originales fueron pasto de la llamas en algún momento y que los actuales son en su mayoría de los años 20 del siglo XX.

En el apartado iglesias me encuentro una metodista construida por un misionero que llegó a la ciudad en 1873. Y una rosa y otra verde cerca de la iglesia católica, bastante grande, y que a diferencia de las otras está abierta. En la puerta debajo de dos figuras hay un mochuelo en cada una. Tendré que investigar su significado, pues conozco a otros animales “litúrgicos” como el pez, el cordero o el pelícano, pero es la primera vez que me topo con un mochuelo.

A pesar de no ser budistas, como sí son japoneses, y muy limpios y cuidadosos, te hacen descalzar para entrar. Allí te encuentras una clásica iglesia europea de tipo neogótico con un altar que me recuerda al de las monjas de Santa Ana de mi pueblo.  Incluso en las paredes hay un vía crucis con figuras en altorrelieve que también que me recuerdan a las iglesias de mi infancia.

En la entrada un gran cuadro que creo que representa a Lourdes.  Luego leo la explicación. La primera capilla católica fue fundada en esta ciudad en el año 1859 por un cura francés de París, Mermet de Cachon. Menos mal que no fue un niño español porque con ese apellido se hubiese ganado el cielo en el colegio en su etapa escolar sin necesidad de hacerse clérigo y menos de venir a tierras de infieles.

Dice que es tan histórica como la de Yamata en Yokohama y la de Oura en Nagasaki.

La actual iglesia es de 1924 y dice un letrero que es “resistente al fuego” (por algo lo dirá) y que las tallas de madera “tilolean” (no hay manera de saber de qué madera se trata) del altar y las 14 esculturas de las estaciones del vía crucis son de valor histórico porque fueron presentadas por el papa Benedicto XV. ¡Toma castaña!

Iglesia Episcopaliana.

Y aquí, como en España los bares, todas las iglesias están juntas. Al lado de la católica está la Iglesia Episcopal de Japón. Se estableció en 1874 y el edificio es de 1924. Dice que “es un diseño moderno influenciado por la arquitectura de las iglesias medievales de Europa”. Yo realmente no le veo lo del medievo pero sí parece de la Bauhaus. Desde luego choca totalmente con la católica y también con la cercana ortodoxa rusa que es la que tiene el mejor punto fotográfico.

La guía dice que te cobran por entrar a visitar ésta y además te recomienda que la veas. En turismo me dijeron que no sabían cuando la abrían. Y esperando encontrarme con un severo pope ortodoxo de barba blanca y cobrándome por la visita me encuentro con dos viejecitas japonesas encantadoras que me dan unas hojas donde se explica todas las figuras del iconostasio y encima me regalan dos postales. Les pregunté si ellas eran ortodoxas y me contestaron que sí, lo que me resultó sorprendente porque no sé porqué pero siempre espero que los ortodoxos sean eslavos pero igual que algunos japoneses se hicieron protestantes o católicos otros se harían ortodoxos.

Según la información que me dieron la “Iglesia Ortodoxa de la Sagrada Resurrección” de Hakodate” –tal es su nombre oficial- es “la más antigua de todas las iglesias cristianas”. Pero no sé si se refería a ésta iglesia en Japón o en esta ciudad.

En Japón comenzó su actividad en 1858 cuando se firmó el acuerdo de amistad ruso-japonesa y un tratado comercial. Realmente creo que solo les interesaba el comercio a los rusos, pero dijeron lo de la amistad por hacerlo más suave.

Iglesia rusa ortodoxa.
En 1861 el padre Nicolás llegó aquí como capellán del consulado ruso – que sigue existiendo en un importante edificio- y ahora hay 70 iglesias y catedrales por toda la nación.(Muchas me parecen). El edificio actual, de 1916, es de estilo ruso-bizantino.

Lo más curioso de esta iglesia es que en 1996 el gobierno japonés reconoció la campana de esta iglesia como unos de los “100 sonidos del Japón”. ¡Qué ya son ganas de clasificar! En otro sitio se refieren a ese sonido como “Paisajes musicales”.

Les pregunté a las abuelitas porteras cuántos ortodoxos había y me dijeron que 100, no sé si en todo Japón o solo aquí. Pero desde luego si vienes a esta ciudad no te la pierdas.

Nota sentimental.

Las melodías de los sonidos de las campanas de esta iglesia se llaman “gangandera”. Este nombre me ha recordado el de otra campana que me acompañó toda mi infancia: “la charradera”.  A la hora de entrar en el colegio de los escolapios, un fámulo tocaba esa pequeña campana en la torre de su iglesia. Era un toque nervioso y rápido y todos los chicos corríamos al oírlo.

En mi deambular por el barrio me encuentro un letrero que dice: “lugar para refugiarse en caso de desastre”. Por un lado te das cuenta de que lo tienen todo previsto pero por otro te intranquilizas y piensas que si lo tienen preparado es porque ocurre de vez en cuando y lo esperan.

Una de las características de esta ciudad es que ese cosmopolitismo del siglo XIX parece perdurar en algunos restaurantes y también en algunos de los coches que me encuentro. Así he visto más coches europeos aquí que en ninguna otra ciudad aunque sigan siendo una rareza: un Volkswagen Polo, otro “escarabajo”, un Audi Sport, e incluso un Mini.

Sigo recorriendo la zona y me encuentro un letrero que explica la historia reciente de la ciudad y acaba diciendo: “el barrio  que tiene todos estos edificios ha sido declarado “barrio importante para la preservación de un grupo de edificios””.

Seguimos con clasificaciones excéntricas. Seguro que hay un ente en este organizado país donde van creando esas denominaciones y clasificaciones con un par de cerebros ilustres que les van dando nombre a todas las ideas peregrinas que se les ocurren y que visto lo visto son abundantes.

-“Oye Minamoto, ¿tienes algún apartado de “olores imposibles de recordar? “”

-“Muy bueno Yamasako, ahora mismo lo creamos y que se vayan apuntando”.

Porque si no, no se entiende.

Llego hasta el “Old Public Hall”. Un edificiOld Public Hall of Hakodate Ward. o de la era Meiji increíble en este país  y que, como no podía ser menos, está declarado “Propiedad Cultural Nacional Importante”.

A su lado otro edificio también muy especial: el Museo de Fotografía Antigua, que también tiene una oficina de turismo con dos encantadoras jovencitas.

Claramente es un museo muy poco visitado pues tienen que llamar al portero-vigilante para que me abra la puerta. Interesante si te interesa la fotografía, sino abstenerse.

Este edificio, de 1909, era el “Hokkaido Government Hakodate Subprefectural Office”, el antiguo “gobierno civil” –o algo así- de la ciudad.  Y no me lo podía creer: “en 1985 fue declarado “tangible cultural asset”, que a mí me suena a algo así como “activo cultural que se puede tocar”, aunque parece que quiere decir valioso. Parece que Minamoto y Yamasako existen de verdad.

Y cuando regreso al hotel me dicen que en éste se cena gratis. Es una cosa ligera pero a la que nos apuntamos muchos clientes. Al final va a ser una ganga estar aquí.

Otra ventaja –o desventaja, según se mire- es que como todos los hoteles de esta cadena son iguales y las habitaciones idénticas parece que siempre estás en el mismo.

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