21. Hiraizumi, día 2.

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Hoy voy a desayunar pero con la experiencia de ayer por la noche dejo los ropajes de samurai de estar por casa y me pongo mi ropa habitual. Ha sido igual de incómodo pero no he estado preocupado por ocultar o mostrar mis desnudeces.

Y menos mal que estaba solo porque si no hoy las hubiese pasado canutas pues el desayuno no podía ser más estupendo y mejor presentado pero comer huevos fritos de rodillas en una mesa de 20 centímetros de alta…Pues eso es lo que tenía: un par de huevos fritos, una especie de salchicha de sabor desconocido, una rodaja de algún tipo de carne y juliana de lechuga. En otro plato un trozo de pescado seco con diversos aditamentos imposibles de descubrir su origen, un cuenco con trozos de patata, carne y zanahoria con una salsa espesa y dulce, otro cuenco pequeño con yogur y por supuesto arroz blanco y la sopa imprescindible en todos los desayunos.

Desayuno en el ryokan.

Como hoy además de los palillos me han puesto herramienta occidental (y como no me veía nadie) he comido bastante “inadecuadamente”. Eso sí, estaba todo buenísimo aunque desconociera el origen de muchas de las cosas que me comía.

De Hiraizumi me queda por ver lo más importante: el templo de Chuson-ji.

El día se presenta espléndido y aunque es sábado por la mañana no hay un alma por la calle. Me recuerda una pequeña ciudad alemana donde una vez estuve trabajando unos días donde cuando salía a las 5 de la tarde era como si hubiesen tirado la bomba de neutrones. Pero en Japón no se puede hacer esa comparación.

Chuson-ji.

Se cree que fue fundado por Ennin, el tercer jefe de la secta Tendai en el año 850, pero que fue Kiyohira, el fundador de una dinastía feudal, quien al comienzo del siglo XII construyó el Konjikido, una “pagoda tesoro”, recubierta de oro, y también muchas otras pagodas y templos. De esta manera quería apaciguar a los difuntos causados por varias guerras anteriores. Y también crear un reino utópico siguiendo las doctrinas pacifistas budistas. Mas todo ardió en el siglo XIV.

A pesar de todo lo anterior se han catalogado más de 3000  piezas como “Tesoro Nacional” y “Propiedad de Importancia Cultural”. Así que estamos delante de un verdadero tesoro de la historia, cultura y arte japoneses.

Lo primero que encuentras es Benkeidou que no sé si es un monumento en memoria de Benkei o bien su tumba.

En esa mezcla, que no logro entender, de la religiosidad sintoísta y budista, y a pesar de ser éste un complejo budista, se encuentran templos y manifestaciones sintoístas.  Así hay un tori, esos arcos en forma de letra griega pi, cubierto de piedras en su brazo horizontal como también encontré el año pasado.

Chuson-ji. Torii con piedras encima.
Luego Hondo, el templo más grande, con un pino en su patio que es uno de esos “árboles imposibles”: se sujeta, o mejor no se cae, gracias a un montón de muletas.

Delante del pino hay un pebetero con la arena para clavar en ella las barritas de incienso perfectamente dibujada. Eso es lo que vi hacer en Takayama a un monje hace unos días y dejan la superficie preciosa.

Chuson-ji. Pebetero.

Con estos templos siempre tengo que andar vigilando qué hace el resto del personal con los zapatos pues todavía no sé de qué depende el que en algunos se pueda pisar las escaleras de acceso y en otros no aunque nunca puedes entrar calzado en el interior.

Los fieles varones se quitan los zapatos sin deshacerse los cordones y llevan todos cordones; ni un mocasín. Quizás se compren un par de números más grandes debido a la cantidad de veces que se los tienen que quitar.

Hay árboles que están a punto de florecer y de nuevo el mismo lamento: dentro de unos días esto será un espectáculo impresionante.

El año pasado en los templos del sur, aquellos del “camino de santiago budista” una señora me regaló una tablilla y Marisa me ha pedido que le traiga alguna más. En uno de los templos he visto unas en dos bandejas; unas muy dibujadas y las otras con casi nada pero con un precio único. Así que ante la duda, las más completas. Pago y cojo dos. Entonces sale un monje que me debía estar observando y me dice que deje las tablillas. Le digo que ya las he pagado. Y él insiste. Pero porqué tengo que dejarlas. Ya sé que son para ofrecerlas a Buda pero yo las quiero para mí. Por supuesto él no hablaba inglés y yo tampoco japonés. Todo con el buen rollito budista, pero a mí me tenía un poco mosca. Porque si las pago y me las llevo a casa en lugar de echarlas en una caja a él le debía dar lo mismo. Y de repente se me hace la luz: las que he cogido eran de la bandeja donde las ponen los fieles después de haber cogido una tablilla “virgen” y haber escrito sus peticiones. No sé que hacen con ellas pues allí había un buen montón; quizás las quemen y el humo con la petición…bueno ya sabéis el montaje de los favores a los diversos dioses e intermediarios que al final siempre cuesta pasta. Pues después de todo esto yo venga hacer reverencias y le doy las dos “llenas” y me llevo dos vacías. He pensado que quizás debería haberle pedido al monje que me escribiera algo pero luego he recapacitado e igual me pasaba como a los de los tatuajes de alfabetos desconocidos y me ponía algo así como “éste es un gilipollas”. Que lo he sido.

Con la misma entrada que pagas para ver el Konjikido se puede visitar un museo donde se muestran algunos de los tesoros del complejo.

Nada más entrar tres Budas impresionantes y preciosos del siglo XII.  Por primera vez en este viaje puedo ver esculturas de cerca y con luz pues generalmente siempre están escondidas en lo más profundo y oscuro de los templos.

Además aquí se pueden ver varios sutras Issai-kyo del siglo XII escritos en oro y plata sobre papel azul oscuro: una maravilla. Hay uno de unos 180 centímetros de alto y 70 de ancho, Konkomyo Saishoo-Kyo escrito en forma de estupa. Pienso que en el siglo XII debía ser como los que hacen ahora la torre Eiffel de palillos. O sea una capullez. Y encima mira que debía ser difícil rezar con él. Aunque si lo miras sin las gafas de leer o no sabes japonés queda precioso.

En este museo a todas las figuras de Buda les han puesto delante una bandeja con una pirámide como de caramelos “mashmelos”.

A pesar de tener pocas piezas están todas tan bien presentadas que merece la pena su visita. Me recuerda en pequeño al Nacional de Tokio.

Y así llego a la estrella del recorrido: Konjikido. Realmente espectacular.  Es un templo pequeño, recubierto completamente de oro y con muchas figuras en su interior. Cuando se hizo en el siglo XII ya se construyó otro templo encima de él para protegerlo de la lluvia y el viento. (Ahora se cree que eso se hizo en el XVI y que antes sólo tenía un sombrajo).

Llego a un templo sintoísta. Hay un círculo vertical y los fieles pasan por su interior, echan una moneda, sacuden los cascabeles que están al final de una maroma, dan dos palmadas, rezan dos segundos y vuelven a dar dos palmadas.

Al lado hay 12 capillitas con un animal dibujado en cada una; el personal va a la suya y hacen lo mismo que en la grande. No sé que relación tienen con esos animales o si es algo tipo horóscopo pero uno de ellos es un hipocampo. Que debe ser una putada que a tu hermano le haya tocado ser tigre y a ti un caballito de mar que además de su aspecto es de los pocos que los que se quedan embarazados son los machos.

Chuson-ji.
Hay bastante gente en todo el complejo sobre todo comparada con la que me he encontrado estos días. Quizás porque hoy es sábado.

He leído que quieren que la UNESCO declare a Hiraizumi como “Patrimonio de la Humanidad”. A raíz de ésto uno guiado por un optimismo digno del Sr. Rodríguez escribió: “Se espera que la filosofía de paz que guió las obras de la familia Oshu Fujiwara, quien gobernó Hiraizumi en el siglo XII sea reconocida en todo el mundo”. Esto viene porque en esta parte de Japón hubo dos terribles guerras en el siglo XI. El primer señor feudal del clan Fujiwara, Kiyohira, perdió a su padre, esposa e hijos y se dio cuenta que el odio y la venganza nunca le curarían la pena. En lugar de esto   rezó a Buda para consolar los espíritus de todos los muertos.

Leyendas de Hiraizumi.

Nada más entra en el complejo de Chuson-ji lo primero que encontré fue el Benkeidou. Benkei fue un gigante escudero o criado de Minamoto no Yoshitsune un héroe y general famoso hasta que su hermano mayor, Minamoto Yoritomo, se volvió contra él.   Éste es un personaje muy importante pues fue el creador del sogunato.

Yoshitsune y Benkei debieron huir y al final llegaron a Hiraizumi donde fueron traicionados. Lucharon con sus gentes valientemente, pero viendo que iban a perder, hizo arder su casa y se retiró a la capilla para rezar; se suicidó de forma ritual después de liquidar a su familia. Para evitar que los enemigos entrasen Benkei se apostó en la puerta y fue atravesado por muchas flechas muriendo en esta posición.

Su muerte y que Yoshitsune tenía 31 años, hicieron a ambos personajes de leyendas populares.

Todo esto ocurrió en un lugar que creen que está entre Chuson-ji y las ruinas del templo de Muryoko. Ahora hay un memorial, Takadachi Gikei-do, que no visité.

Mi guía añade en un toque entre divertido y macabro que los que murieron eran sus dobles y que escaparon a Mongolia donde Yoshitsune acabó siendo Gengis Kan.

Otra leyenda, más bonita. Había un ciruelo en el templo de Sumadera, cerca de Kioto, que tenía una tablilla puesta allí por Minamoto no Yoshitsune que decía: “”Cualquiera que corte una sola rama de este árbol, perderá inmediatamente un dedo”. Tal era el amor del héroe por las flores.

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