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Quien haya visto «El chico» de Charlot y crea que la naturaleza imita al arte, o al menos se inspira en él, entenderá muy bien porqué un partidario de la «kale borroka» pone una cristalería. La película, sin embargo, no le aclarará el dónde abrirla. Para llegar a esa sima, se necesita algo peor que picardía.
Los publicitarios creadores del anuncio de un coche, han narrado en un corto de 30 segundos una historia que capta visualmente la atención. Un barco pierde en el Pacífico un contenedor lleno de patitos de goma y doce o catorce años más tarde, miles de ellos aparecen en las costas de Escocia. Como la mayoría de las historias publicitarias, que no buscan exactamente la verdad, esta es tanto más falsa cuanto que el narrador aparenta enfáticamente contarla como cierta. Basada en un hecho verídico, tal como se narra es tan falsa como el cariño de las amas de casa por Don Limpio.
Los editores y creadores de coleccionables, en especial los que se distribuyen a través de los quioscos de prensa, tienen la tentación de vender, junto con ellos, un diario a precio rebajado. Quizá descreen del valor de su producto en solitario.