La historia de Krishna de la crónica 13 me ha hecho recordar a mi amigo Julián (nombre supuesto).
Cuando llegué a Madrid procedente de Barcelona me lo encontré allí por casualidad habiendo realizado el mismo camino que yo de una ciudad a otra. Nos habíamos conocido en nuestra época juvenil siendo yo estudiante y él trabajando ya de ingeniero. Era por entonces un personaje singular sobre todo en lo que tenía que ver con la libido: estaba loco por ligar. Claro que en aquella época de miseria sexual no destacaba por ese aspecto en relación con todos los demás. Lee el resto de esta entrada »
El autobús no tiene espejo retrovisor en el lado derecho (os recuerdo que se conduce por la izquierda) y cuando el conductor se percata de ello busca una solución y aparece con un espejo como de casita de muñecas y lo sujeta con una goma.

Estoy escribiendo este borrador en la habitación del hotel y me siento como si estuviera en mi pueblo. La diferencia es que aquí lo que turba mi sosiego es una canción melódica a varios millones de vatios (o de voltios, no sé) y allí es el “chunda, chunda”, a varios billones de lo mismo. O sea un millón de veces más. Me explico. El hotel da en su parte trasera a una especie de club fino con una piscina, pista de tenis y un edificio. Y nuestra habitación daba a esa zona tranquila y señorial.