Sigo impresionado por el pescador de unicelulares y bacterias y pienso en la máxima de Mao, aunque no sé si es realmente suya o es apócrifa: “No le des pescado a un hambriento sino enséñale a pescar”. Yo añadiría: “Y dile donde hacerlo”.
Primera sorpresa del día: en el hotel se equivocan con la cuenta. No es mala intención porque es la factura oficial del hotel, pero es a su favor. Me cobran una cena dos veces.
Como el autobús no sale hasta las once y media me voy a visitar un mercado que además tiene monumentos funerarios al lado.
Aquí la gente no madruga pues a pesar de que son casi las 9 casi todas las tiendas y restaurantes están cerrados.
En una calle veo algo por lo que he estado suspirando todos estos días: una maquina que machaca ladrillos macizos. (¿Se llamará “machacadora”?). Al fin está ante mis ojos y liberará de la opresión de una tarea dura a los trabajadores indios. Pues no. Elimina algo de trabajo pero sigue siendo horrible.