El jueves 2 de octubre volvía a casa en tren. Dos paradas después de subirme entraron siete personas, una adulta y seis adolescentes, todas con alguna identificación de símbolos palestinos, pañuelos, banderitas y banderas; había terminado una manifestación cuyo comienzo vi en la calle de Atocha y volvían a casa contentos. Al verlos me puse a leer en el móvil un libro de Richard Osman. Una joven con una gran bandera al cuello se sentó frente a mí. Estaba eufórica y me dijo educada y entrometidamente ¿Qué opina del genocidio de Gaza. Que es una guerra muy cruel. Porqué no la llamas genocidio Porque sería el genocidio de comienzo más difícil y de final más fácil de todos los habidos y en especial de aquel para el que se creó la palabra. Y esa mierda qué quiere decir (ya no era tan educada). Pues que en todos los genocidios las víctimas estaban desarmadas y entre todas procuraban salvar a mujeres y niños y duraban bastante tiempo; en éste las víctimas estaban armadas y disparando bastante y no cuidaban a las mujeres y los niños de los demás a los que casi con seguridad no impedían que se les acercasen y que el final sería inmediato en cuanto Hamas depusiera las armas. Sionista nazi nos tenemos que bajar. Seguí en el tren una parada más. Ya no pude y no me hubiera atrevido tal como iban las cosas a decirle que no me gustan los secuestradores ni los soldados encapuchados ni la propaganda masiva de uno sólo de los combatientes ni las dictaduras que se enfrentan a las democracias (por muy imperfectas que sean y por muy enloquecidos que sean sus políticos que aunque no lo parezca algún día serán sustituidos), ni las teocracias que utilizan peones de miseria y de rencor a los que podrían ayudar de muchas maneras. Pude decir sionista sí, nazi jamás Hamas. No creo que apreciase mi mal humor.