Cuando estuve en Otaru escribí que el arenque tenía para mí el aroma de la nostalgia del tiempo pasado (que no siempre fue mejor). Y cuando digo “aroma” no lo digo en sentido figurado sino real. Los vendían en unas cajas circulares de madera de unos 50 ó 60 centímetros de diámetro llamadas tabales y de vez en cuando era mi merienda infantil: una sardina de cubo, que así también se llamaban, con un trozo de pan. (more…)