70. India 2019. 25 de octubre, viernes. Vigésimo octavo día de viaje. Sundarbans día 2. Tercera parte.

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Quiero mencionar al piloto y a su sistema de pilotaje.

El joven está sentado dentro de una cabina (¿puente de mando?)  con una pequeña rueda de madera para manejar el timón y una palanca de hierro con la que controla el motor.

De la rueda del timón parten dos cuerdas una hacia babor y la otra a estribor que rodean el barco y acaban en el timón moviéndolo en un sentido o en otro. Y así si estás cerca de aquella caseta y sin querer pisas la cuerda el barco se queda sin dirección y el joven piloto te avisa diciéndote algo así como “por favor, señor, no pise la cuerda que nos vamos estrellar”. En bengalí, imagino. A mí me tuvo que avisar varias veces.

Y me olvidaba de la cocina: un cuartito en la sentina donde las dos cocineras se afanaban en preparar la comida.

Durante el recorrido nos hemos cruzado con algún otro barco, pocos, con turistas y especialmente con uno que era como el nuestro pero donde solo viajaban dos elegantes jubilados occidentales.

Y de vez en cuando algún barco varado o fondeado esperando la temporada alta para llevar turistas.

En uno de los canales hemos encontrado barcos de carga, pero no muy grandes. Debe haber tráfico de mercancías entre la India y Bangladesh pero no demasiado importante.

Transitando por  aquellos canales vemos una barquita donde parece que están viviendo dentro o por lo menos trabajando en el transporte o en la pesca y pienso en la durísima vida de esa pobre gente.

Me ha explicado Manjit, el guía, que la diferencia entre mareas es de 5 ó 6 metros, así comprendes como quedan aquellas orillas tan llenas de barro y el porqué de la dificultad de subir por los tablones que hacen de pasarelas al barco cuando hay marea baja.

Y hoy también hemos resuelto un malentendido.

Ayer habló de los buscadores de miel y de lo peligroso de su oficio y de que era miel de mango. Pues resulta que fue una confusión mía entender “mango” por “mangrove”, o sea “manglar”.  Así que la miel será buena y famosa, pero sin saber si es de la flores de un árbol en concreto o es de tipo “mil flores”.

Llegamos al “Eco Village” antes de la 5 y a las 6 tenemos un té y música de un grupo local. Son tres jóvenes que lo hacen francamente bien, pero hay que estar sentados en el suelo y mis piernas no lo aguantan mucho rato así que nos retiramos antes de que acaben.

Estoy escribiendo  el borrador en la cabaña mientras se oye una tormenta con su aparato sonoro. Debe ser algo impresionante; solo espero que mañana no llueva pues tenemos que marcharnos de aquí con el equipaje y eso implica coger un ferry, una barca y unos rickshaws antes de la furgoneta que nos lleve a Calcuta.

Cena a las 8 y después de dejar a Marisa en la cabaña regreso al comedor para escribir. Tarea vana pues se sientan conmigo una pareja de jóvenes indios muy guapos, y que han resultado ser hermanos, y Manjit y charlamos sobre la India pero no puedo escribir ni una línea, aunque ha sido una charla muy interesante.

¡Menuda tormenta!

La tomatina.

Ya hacía días que no me preguntaban por el segundo tema que más odio y hoy la joven pareja me pregunta sobre él.

Les contesto que es una pregunta que me jode (bueno, se lo digo en inglés y más fino) y que muchos indios me hacen.

Tienen la idea de que es algo típico español y de que se hace en muchos sitios.

Para que vean la incongruencia del asunto les digo que qué les parecería si varios millones de calcutanos se dedicasen un día a tirarse chapatis, esos panes planos,  a la cabeza.  Que hasta se me ha ocurrido un nombre que les ha hecho troncharse de risa: la “chapatina”.

Y antes de que me preguntasen les he dicho que también odio que me pregunten por las corridas de toros.

El varano y el cocodrilo.

Parece el título de una fábula de La Fontaine o por lo menos  de Samaniego, pero no sé si podré acabar con la obligatoria moraleja de este género literario. Vaya, ni siquiera puedo empezar con el “érase una vez…”

Manjit me explica que los cocodrilos que hay en estas aguas son muy peligrosos,  pues aunque al que vimos le llamaba cariñosamente “baby crocodrile”, era un ejemplar  de cocodrilo marino, “Crocodylus porosus”, del que luego leí en Wikipedia que “Es el cocodrilo de mayor tamaño del mundo y el mayor reptil del planeta”.

Si pudieses ver una ampliación de esta fotografía (o de la anterior del mismo cocodrilo), y no con la ridícula pantalla de 7” de tu teléfono, verías la belleza de este animal.  Te dejo el enlace a la foto original.

Recuerdo que hace tiempo vi un reportaje de naturaleza de esos bichos en Australia y prevenían al personal de lo peligrosos que eran al poder estar en el mar donde la gente no piensa en encontrarlos.

Del varano me explicó que son sus enemigos pero en diferentes momentos de su vida. Así los varanos se comen a los cocodrilos pequeños, pero cuando estos se hacen mayores se comen a lo varanos.

Curiosa cadena alimentaria.

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2 comentarios to “70. India 2019. 25 de octubre, viernes. Vigésimo octavo día de viaje. Sundarbans día 2. Tercera parte.”

  1. LaotraMarisa Says:

    ¡La foto es tan impresionante! Parece de nácar.

  2. alelsoles Says:

    Una apreciación muy exacta.
    Gracias y un beso

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