64. India 2019. 23 de octubre, miércoles. Vigésimo sexto día de viaje. Calcuta (y algo de Bronchales). Primera parte.

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Marisa cuando se despierta acostumbra a leer noticias españolas  y hoy me ha sorprendido diciendo: “Ha nevado en Bronchales”. Y eso estando en la muy calurosa Calcuta  suena a como si te dijesen que “las naves de la armada imperial están invadiendo Calamocha”.

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La foto de arriba corresponde a la famosa dolina de Bronchales.

¿Qué no las has visto? Peor todavía: ¿no sabes que es una dolina?

En Wikipedia dice que “En español se la conoce como «torca»”.  Claro, ahora ya lo sabías. Pero por si acaso te dejo el enlace.

(Aquí tienes el enlace a la fotografía original para que puedas ampliarla y veas su tamaño comparándolo con la amiga que anda por su superficie).

Cuando estuve estudiando en Teruel había uno que era de ese pueblo y entonces cuando había uno  solo de un pueblo la gente lo llamaban por el nombre de él. No había ninguno de La Almunia de Doña Godina.

Afortunadamente nosotros éramos dos del mismo sitio. (Y el otro llegó a ser un personaje importante).

Desafortunadamente a mí me llamaron siempre por un horrible mote. (Que no voy a desvelar).

Luego mucho más tarde conocí Bronchales y resulta que tiene el secadero de jamones a mayor altitud de España. Cuando te digan que es el de Trevélez no te lo creas: es el de Bronchales a 1573 m, frente a los 1473 del granadino.

Y finalmente ese pueblo fue noticia casi mundial cuando un joven de la localidad cogió su coche de madrugada, creo que un Citroën Saxo, echó unas bombonas de butano dentro y se fue a Madrid, a 270 km. Cuando llegó buscó la sede del PSOE y como no la encontró buscó la del PP y metió su coche dentro con el butano con ánimo de… pues no se sabe porque ideas muy claras no las tenía. Por lo menos esa madrugada.

Gracias a su gesta ahora hay unos magníficos bolardos en la entrada de ese edificio.

Pues bueno, nieva en Bronchales.

Y vuelvo a Calcuta.

Como ayer ya  contratamos el viaje a los manglares de Sundarbans hoy tenemos el día libre y vamos a visitar la casa de Rabindranath Tagore, pues Marisa ha leído que es muy interesante, pero antes queremos volver al mercado de las flores, pues en nuestra primera visita acababa de llover y además, quizás por ser la Durga Puja, aquello estaba imposible.

Intentamos coger un coche con la aplicación que nos descargamos en Guwahati. Todo parece muy fácil cuando te  relacionas con el robot de la compañía hasta que te llama el conductor para preguntarte donde estás exactamente y claro en Bengala el conductor habla bengalí y en ese idioma solo sé decir dos palabra, “Kolkata” y “Bishnupur”, y no son demasiado prácticas para estos casos. Vaya, para ninguno.

Así que tengo que echar mano de los vigilantes del edificio donde vivimos. Y es muy divertido ver y oír como a gritos (no haría falta el teléfono) y moviendo mucho las manos le indican al perdido chófer donde estamos.

No sé si algún día podré utilizarla  yo solito, porque mira que es práctica.

Llega el coche y vamos al mercado de las flores.  No está tan saturado de gente y de barro, pero sigue siendo un espectáculo fascinante. Quizás más que la vez anterior, pues puedes moverte mejor y sin preocuparte tanto de donde pones los pies.

Además hoy, más tranquilos, nos hemos podido acercar al ghat que está allí al lado y es otro espectáculo.

La India no deja de depararte sorpresa tras sorpresa.

Desde ese ghat, que está debajo del puente de Howrah, se ven los cientos de personas que lo atraviesan continuamente. Impresionante.

Regresamos al mercado y aquello es una fiesta para los ojos y para los oídos. Tendría que serlo también para el olfato, pero aquellos millones de flores no huelen a nada.

¿Cómo sabrán los fieles que ofrecen esas flores que los dioses prefieren la apariencia y no el olor? Porque son ejemplares perfectos y encima los embellecen más añadiéndoles otras flores con colores y formas que los complementan. Pero ni un aroma. ¿Serán los dioses del panteón hindú anósmicos, como las personas que no tienen olfato?

(Tengo un amigo con esta característica, pero cuando pide un “gin tonic” siempre lo pide con Seagram’s. ¿Serán así los dioses, que han perdido el olfato –si alguna vez lo tuvieron-, pero les gustan las cosas buenas?).

Hay un puesto que debe ser una exclusiva:  un vendedor de hielo.  Y además a la antigua usanza, nada de la mariconada de bolsas de cubitos como los de las gasolineras: un fuerte mozo con grandes bloques de hielo que va troceando con un cuchillo. Lo que no sé es para que se utilizarán.

Otro vendedor, pero este nada sorprendente y menos viniendo nosotros de Asam: un “paanwala”.

Y como siempre en los lugares populares una cocina de carbón y  muy fotogénica y con cosas que deben ser muy apetitosas pero terriblemente picantes.

Y siempre acabamos el espectáculo en la barandilla final del puente de Howrah que sobrevuela el mercado.

Desde allí observamos que llegan camiones  cargados de grandes fardos todos casi iguales y donde no cabía ni un capullo más descargan una docena de esos enormes paquetes. Los abren y rápidamente colocan su contenido en forma de rosario en el cuello y espalda de unos “hombres anuncio” que imagino los van a vender por allí cerca.

No es un ballet porque son rudos descargadores, pero tienen un ritmo y una fuerte presencia.

NB

Encuentro a un señor con una camiseta a rayas rojas y blancas  y con un escudo que dice: “Atlético de Kolkata”.

Y lo de “Atlético” escrito así, con acento y todo. ¿Será una sucursal del español?


 

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