69. China 2019. 4 de mayo, sábado. Trigésimo tercer día de viaje. De Hong Kong a Madrid.

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Y finalmente la última etapa del viaje, o más bien la penúltima pues aún tendremos que ir de Barajas a casa, pero eso ya no es “viaje”; pues ahora la última de Hong Kong a Madrid.

 

 

 

En este avión hemos decidido viajar “separados” como ya hicimos en la ida: Marisa en el pasillo y yo en la ventanilla. Tenemos la vaga esperanza de que no haya nadie en medio dado el día  que es hoy, 4 de mayo y sábado, pero el avión , aunque enorme, va totalmente lleno.

Nuestro compañero es un canario de Tenerife que viene de una feria de Cantón, que parece ser la más importante de China, por lo menos en el sector textil, que es el suyo.

Es curioso porque dice que ha ido muchas veces a China desde hace 20 años, pero nunca por turismo.

Ha sido muy interesante pues tiene otro punto de vista diferente del nuestro.

También ha estado en la India y por el mismo motivo y nos dice una frase que Marisa repite con frecuencia: “A la India se la ama o se la odia”. Lo que pasa es que Marisa la acaba en plan resignado con “y Angel  la ama”.

El avión lleva un pasaje eminentemente chino, pero no con aspecto de ir a trabajar a Cobo Calleja, sino de turistas mayores o que quizás van  a ver a sus hijos a España.

Cena ligera y sin posibilidad de elección pues debemos ser de los últimos y a dormir  que este es un viaje totalmente nocturno.

Salimos de Hong Kong a  la una menos diez  de la noche y llegaremos a Madrid después de recorrer  11.145 km en 13 horas y 17 minutos.

Así que hay que aprovechar para intentar cambiar los ritmos circadianos, pues en cuanto lleguemos  ya habremos recuperado esas 6 horas de diferencia horaria. Y afortunadamente estoy hecho para dormir en los aviones, bueno realmente en cualquier sitio, y así lo hago.  Lo que no contaba es con los tres chinos de detrás que en cuanto se han despertado, a la hora china, se han puesto a hablar a gritos, que les he tenido que decir que bajasen el volumen. Lo han bajado pero no han dejado de hablar.

En este avión puedes leer en la pantallita  noticias de actualidad, y aunque la mayoría son de Hong Kong y de carácter político, hubo una que me llamó especialmente la atención: se trataba de la situación penal de un abogado defensor de los derechos humanos en China. A este hombre le están poniendo problemas para recibir visitas de su familia, especialmente de su mujer. ¿Qué hizo ella y tres amigos? Pues se afeitaron la cabeza, porque en chino la palabra “wafu” quiere decir “completamente calvo”, pero es un homónimo de “tener un estado  ilegal”.

Y lo anterior me dio una idea que brindo a los independentistas: afeitarse la cabeza.

El problema sería saber si el “lawlessness” es el estado español o el catalán.

NB

No me fío de mis interpretaciones de lo que leo y busco al llegar a casa “wafu”  en el traductor de Google: “rana rica”.

 

Llegada a Madrid y esta vez sin nuestro fiel hijo que nos esperase, consecuencia de haber regresado en el puente madrileño del 2 de mayo.

No he podido dejar de comparar el celo de los policías de los controles del aeropuerto de Shanghái con la pareja de guardia civiles que hoy vigilaban la salida de los pasajeros en la parte de la aduana: charlando entre ellos y sin fijarse en ninguno de nosotros.  Y eso que nuestro vuelo podría ser de esos que llaman “calientes”.

Es que veo un programa de televisión que se llama “Control de fronteras” y allí muestran el cuidado de los que vigilan sobre todo los vuelos procedentes de Colombia, por la cocaína, de algún país del este, por el contrabando de tabaco y de algún africano por los alimentos prohibidos que traen.

Pues hoy podría haber pasado un rebaño de pangolines y no les habrían hecho ni caso.

Vaya, delante de mí un chino recoge su equipaje de varios bultos de la cinta y lo recompone antes de salir: una de las cajas es de comida diversa y cuando sale se ve claramente su contenido pero allí están los que debían vigilar charlando animadamente entre ellos.

NB

Sí, la foto no es de Barajas, que es de Calcuta, pero no sé si hoy no podría haber pasado por aquí.

En tren de la T4 a Atocha  charlo con una china  que vive en Valencia  y que también viene de Shanghái. Me cuenta  que cuando su madre viene a visitarla les pregunta a sus nietos que viven en China que qué quiere que les traiga cuando regrese de España: “¡cholizos, traénos cholizos!”.  Y así vuelve con una maleta llena de ellos. Y nosotros preocupados cuando entramos el año pasado en Shanghái por llevar dos kiwis y además llegando desde Hong Kong por tren.

Y ya se ha acabado todo, menos estas crónicas que seguirán unos días.

Ahora  esperar un año más para volver a China.

 

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