68. China 2019. 3 de mayo, viernes. Trigésimo segundo día de viaje. De Shanghái a Hong Kong. Segunda parte.

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Llegamos al aeropuerto y pasamos el primer control de equipajes: solo maletas y bolsos grandes, nada de quitarse relojes y cinturones.

Llegamos a facturación  y antes de entregar los billetes me dicen que debo pasar a un sitio por donde desaparecen las maletas en la cinta transportadora, detrás de los mostradores de facturación.

Resulta que allí vuelven a comprobar el equipaje facturado y han descubierto algo que parece un cuchillo, según me muestran en la pantalla.

¡Rayos, una de las malditas compras!

Resulta que compramos un afilador de cuchillos, vaya una chaira,  y parece un arma.

Se los intento explicar pero me dicen que abra la maleta. Se los enseño y todos contentos. No sé si es que no se pueden llevar armas blancas en el equipaje facturado o es que podría ser un objeto de valor histórico.

Esto de no poder comunicarte  es una putada.

NB.

La muñeca de la foto de más arriba menos mal que no la llevaba en la maleta que sino no me imagino lo que hubiese aparecido en la pantalla de los policías.

Antes con la joven de facturación también he tenido dos malentendidos.

Me dice algo así como  “las maletas, ¿algo mecánico?”.  Y como salió una norma sobre la prohibición de las “maletas inteligentes” que llevan baterías de litio, pensé que se refería a algo semejante, aunque nuestras maletas  no son nada inteligentes, son más bien tontas y pesadas.

Intento explicarle que no llevo nada metálico en especial salvo una navajita “Opinel” que me regaló un amigo hace años, pero menos mal que no me he metido en ese jardín, porque me lo ha vuelto a repetir y debía ser algo así como “¿las maletas van a Madrid?”.

La segunda intervención ha sido el nombre de la aerolínea. No sé cómo se pronuncia en chino y cuando hemos llegado a la sala de embarque buscando el mostrador que nos correspondía no he logrado entender el nombre por la megafonía, así que se lo pregunto a la joven.

“¿Por favor como pronuncias tú el nombre de la compañía Cathay?”. Y detrás Marisa  diciéndome: “Escríbeselo en mayúsculas, que no te entienden”.

Porque Marisa es una de las personas que menos cree en mi capacidad de comunicación. Pues bien la joven me dice algo así como “café”.  Que no, que no quiero café, que pronuncie ella “Cathai, Cazai, Chafai,…”, bueno todas la variantes fonéticas que se me han ocurrido. Y detrás Marisa: “que se lo escribas en mayúsculas, que no te entiende”.

La chica sigue con lo del “café” y al final he creído entender que “Cathay” se pronuncia “Cafei”.  Pero no estoy seguro del resultado.

Después de facturar pasamos otro control de equipajes y finalmente ese donde debes poner todo y luego te cachean.

Así que  hemos pasado 4 controles (hoy también el de la cinta transportadora de la facturación) y nosotros ya llevábamos el del metro. Lo dicho, aquí no se escapa ni Dios. Pero por lo menos no te hacen quitarte el cinturón, que a mí se me caen los pantalones.

La sala de espera es enorme y está casi vacía, no sé si es que los vuelos internacionales suelen ir a la T2 de este aeropuerto o al más famoso de Pudong, pero este ahora es un desierto. Eso sí con unos baños impolutos.

Y como estamos en China hay una máquina de agua potable, pero con dos opciones: 25 y 90 ºC, y además un botón para bloquear este último para los niños.

Así para agua templada basta con apretar el botón, pero para la caliente hay que desbloquear el botón correspondiente para los niños. Y además que los mantengas a dos metros del aparato.

Y un detalle tecnológico: entre cada tres asientos hay una regleta con dos enchufes  eléctricos,  dos tomas  HMDI y puertos USB. ¿Cuándo veremos esto en Barajas?

Y nuestro avión está como el aeropuerto: casi vacío. No recuerdo haber viajado en un vuelo con tan pocos pasajeros. Es un A330 de unos 300 pasajeros y no iremos más de 40 ó 50. Que parece de una de esas leyendas de “cargos fantasmas” de las islas del Pacífico.

Quizás por ir tan vacíos entramos en una zona de turbulencias  y el avión da unos buenos saltos, que hasta Marisa, que nunca se asusta,  me coge la mano.

Una cena ligera con un mal entendido por en medio: “¿Quiere pollo o pasta?”.  “Pollo”. Pues pollo con pasta. Y según Marisa se come peor que en las cataríes.

Claro, también hay que tener en cuenta que este vuelo desde Shanghái a Hong Kong no es de la propia Catahy Pacific, que es de Cathay Dragon, una filial de la primera, con base también en Hong Kong, pero clasificada como “regional”, aunque opera en 14 países.

Ya ves en la foto que su emblema es de color rojo siendo el de la compañía “madre” azul.

Llegamos a Hong Kong y seguimos estando en la China, pero ya es otra cosa. No digo que mejor, ni peor, otra cosa. Y ya hay más movimiento aunque sigo pensando que es un día atípico para viajar habiendo sido el miércoles fiesta y entrando en un fin de semana.

Aquí las últimas compras. Vaya, espero que lo sean. Cada vez odio más las compras. Aunque el editor de este blog le decía a sus hijos (y ya he debido escribirlo antes)  que solo se debe odiar al desorden y al pecado.  Aunque quizás sea apócrifo, como el evangelio de Santo Tomás. Yo se lo repetía a los míos (citando al autor, por supuesto) con resultado desiguales.  Por el desorden y por el pecado.  Si me leyesen ellos ya me entenderían.

Tenemos una espera de 5 horas que dedicaré a la escritura.

Aquí vuelve a haber los dispensadores de agua pero con la opción de agua fría, además de la caliente y la ambiente. Y también un “candado” para que los niños no se quemen.

Además en el dispensador de vasos hay un mensaje conservacionista: “Se ‘verde” y tráete tu propio recipiente”.

Un consejo sobre lo sanitarios de este aeropuerto: son estupendos pero los inodoros son un poco inteligentes  y proceden a “tirar de la cadena” cuando te vas. Y así puede ocurrir que crea que te has ido por un movimiento sospechoso  pero sigas ahí sentado y puedes recibir un lavado inesperado y acabar mojado cuando no te lo esperabas, pues el agua sale a bastante presión.

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