56. Hong Kong-Macao-Shanghái. 2018. 16 de abril, lunes. Vigésimo octavo día de viaje. Shanghái, día 8. Primera parte.

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Starbucks Reserve Roastery

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Hoy hemos visitado tres templos y los tres muy interesantes: el templo de Jing’an, que me ha llevado a desconfiar totalmente de la humanidad y del destino que nos espera, el templo del Buda de Jade, donde hemos visto una de la estatuas de este personaje, que no sé al final si es un dios, un semidiós o solo un filósofo, y al final del día el templo de Starbucks, erigido al Dios del consumo, que me ha llevado de nuevo a los más tristes presagios.

 

 

 

Hoy el día ha amanecido fresco, un poco nublado pero sin amenaza de lluvia, o sea un día precioso para un buen turista.

Pasamos cada día  desde el hotel hacia  el metro por delante de un puestecito de limpieza y planchado de ropa que lleva una pareja y siempre esta uno de ellos planchando. Hoy he comprobado que el “secado” lo hacen en la calle: se valen de una larga pértiga y cuelgan las prendas en los enormes tendedores perpendiculares a las fachadas que tanto me han sorprendido.

En el metro (ya no es hora punta) compruebo que el 70% de los pasajeros miran el teléfono celular, algunos pocos hablan entre ellos y nadie lee nada ni en papel, ni en libro electrónico. Y tampoco nadie duerme.

Las estaciones del metro me siguen sorprendiendo por lo grandes que son, lo ordenado que está todo para que se circule de la forma adecuada y lo limpias que están.

La gente no es demasiado educada según los patrones europeos y menos los japoneses: no suelen esperar a que salgan de los vagones antes de entrar y nunca respetan las normas de los asientos con “prioridad”. Pero se viaja muy bien, muy rápido y muy barato, pues  aunque la tarifa depende de la distancia todos los viajes que hemos hecho hasta ahora nos han costado 3 yuanes, unos 40 céntimos de euro.

La primera etapa es el templo de Jing’an. La guía dice que aunque el templo original es de 1216 está muy restaurado. Yo te diría que no “muy”, que “todo”.

Sorprende que aunque es un complejo muy grande (nada que ver con los templitos de Hong Kong) está rodeado de grandes rascacielos, lo que crea un singular contraste.

También dice la guía que mientras el humo producido por el incienso quemado allí no puede competir con las emisiones de los coches, sí que emite un aire de veneración. Pues no sé yo, porque es que hoy estaba a rebosar de fieles y todos quemado palitos que confío en que sean de alguna mezcla de productos químicos y no de verdadero incienso.

Porque la guía informa que este templo fue desprovisto de sus estatuas religiosas y convertido en una fábrica de plásticos durante la Revolución Cultural y yo me preguntó que qué se hizo de aquella “revolución”, porque ahora están rezando como en Fátima en los años 50. Pues allí no solo había gente mayor, es que también había muchos jóvenes, algunos con traje como de su primer trabajo en una multinacional y todos con sus palos encendidos y sin parar de hace reverencias.

Este es un buen lugar para dejar de creer en el progreso de la humanidad. ¿Cómo puedo confiar en un joven así que a los 20 ó 30 años quema palitos en honor de no se sabe quién y de que, por ejemplo, intentará salvar los bosques primarios de Camboya o de Birmania a través de una cuota en una ONG?

Veo a un grupo del IMSERSO  chino con gorras naranjas  y yo, debido a la caída de las temperaturas, voy con un forro polar del mismo color  y creo que me podría colar con ellos. Bueno, aquí no ha hecho falta, pues aunque la guía dice que la entrada cuesta 50 yuanes, hoy por lo menos es gratis.

Luego lo he preguntado en una oficina de turismo y me han dicho que era excepcional pues era debido a algo del calendario chino que no he logrado entender. Quizás era por ello la gran afluencia de personal.

Te paseas por aquel complejo y de repente te encuentras un letrero que dice “Tourists stop”, ¿y cómo sabrán que soy un turista y no un extranjero que trabaja en China? Si yo, por ejemplo, me encontrase ese mismo letrero en la iglesia de Cariñena, ¿qué haría?

Porque quizás sea un budista ferviente y más allá de ese letrero, subiendo las escaleras está algo muy importante para mi vida, pero como soy turista…

Además este es un país, que como Japón o Corea tiene mucho turismo nacional. ¿También considerarán “tourists” a los “turistas chinos”?

También un letrero te advierte de la prohibición de fumar y de llevar mascotas. Mira, eso es algo que echo en falta en las iglesias católicas: no dice que no puedes entrar con tu perrito o con tu zarigüeya.

Los fieles después de quemar varios palitos y hacer unas cuantas reverencias  hacia varios sitios (imagino que a los cuatro puntos cardinales, pero no veo a ninguno buscando la información en un compás) dejan los palitos en un gran pebetero. De vez en cuando un sacristán pasa por allí y con unas grandes tenazas los echa dentro de un caldero y a veces echa aceite, no sé si con fines litúrgicos o para que arda mejor.

Después el fiel, ya sin los palos encendidos, se dirige a una o varias de las estancias donde hay figuras de Buda y se arrodilla y luego se postra en unos grandes cojines que hay para ello. Y como son tan ordenados hacen una fila compacta detrás de cada cojín cuando hay más afluencia de fieles que cojines.

Observación antropológica o teológica. No sé.

En una fila de bastantes cojines los centrales tenían más cola que los laterales, e incluso el lateral derecho a veces estaba vacío habiendo cola en los centrales. ¿Habrá alguna influencia direccional en la gracia santificante?

Creo que es un tema digno de estudio, pero que dada mi edad y las cosas que tengo que hacer antes de irme no me permitirán dedicarme  a ello.

Otra de las características de este templo es que los fieles no paran de echar monedas en grandes cepillos que hay delante de cada altar. Y eso produce una música especial. Pero, ¿por qué echarán monedas y no billetes que no hacen ruido?

Pues lo cepillos tienen una boca metálica que si fuese de otro material menos sonoro sería más discreto el ruido, pero quizás los fieles quieren eso, que se les oiga, como hacen los de las motos en España. (En Shanghái lo tienen mal los amantes del ruido motociclista: son todas eléctricas).

La verdad es que he visto  otro cepillo donde solo echaban billetes, pero en este no se arrodillaban sino que escribían algo en unas maderas colocadas allí para esto. Observo un rato y el donativo era mayor: de 50 a 200 yuanes.

Incluso he visto un sillón metálico, tipo ceremonial, donde depositaban algunas monedas, pocas, pero en el asiento y en posición vertical.  Se me escapa el significado excepto que sea una tontada que tenga que ver más bien con algo de tipo supersticioso que religioso.

Delante de uno de los pabellones hay unos relieves de bronce y el personal pasa las manos por sus figuras y lo hacen con mucha devoción. Marisa dice: “Mira, como en la Virgen del Pilar”. (Para nosotros eso quiere decir en Zaragoza). Pues a mí me da mucho miedo, porque no se trata de viejecitas beatas, que son jóvenes que tocan, y a veces frotan con fervor sus manos por los bronces.

También tocan mucho unos relieves que hay en una escalera, Pero estos de granito. Parece que es un fervor de mucho tocar.

Pero estamos en los tiempos que estamos y hay un lugar donde el personal hace los donativos con el teléfono. Yo a eso le veo un inconveniente, porque tú echas las monedas en el cepillo, pongamos que 20 piezas de 10 céntimos cada una, o sea unos 2 yuanes y quedas cojonudamente delante del respetable, porque lo que se oye es un “clinc, clinc, clinc” un montón de veces, pongamos por ejemplo 63, pero si hace telemáticamente, Dios, o la aplicación de la donación, te pueden devolver un mensaje diciéndote que eres un tacaño, que con 2 yuanes no se llega a ninguna parte.

Pero no lo tengo claro del todo, pues delante del cepillo de madera con el código QR había un par de libretas donde escribían algo, no sé si la cantidad del donativo o la intención por la que lo hacían.

Cuando ya estamos a punto de marcharnos aparecen unos 20 monjes pelados, bien alimentados, alguno incluso gordito, cantando bastante mal y tocando unos tamborcitos y timbales. Se sitúan en la plaza central del complejo y yo esperaba que hiciesen algún acto solemne y llamativo como ha sido su entrada. Pues nada, en 5 minutos se van por donde han venido. Creo que no he visto una ceremonia budista más parca y mal escenificada.

Y casi se me olvidaba: la estrella del templo es una figura de Buda de casi 9 m de alto de plata y otra de jade blanco birmano de casi 4 m.

El complejo todavía está en obras, pero tienen en su parte posterior un restaurante donde hemos comido muy bien, del que la guía dice que sus platos están “libres de carne”, pero yo diría que en mi sopa había trozos de ella. Este restaurante tenía un salón como los de las películas de las universidades inglesas: largos bancos con unos 20 comensales cada uno, donde en cuanto te levantabas se sentaba otro. Creo que no he visto un restaurante con tanta gente comiendo al mismo tiempo: creo que más de 300.

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