5. India 2019. 29 de septiembre, domingo. Segundo día de viaje. De Delhi a Calcuta. Segunda parte.

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En inmigración hay una cola larguísima  y tenemos la suerte de que el funcionario que controla la cola de diplomáticos se queda sin clientela  y nos mandan allí.

El joven se sorprende de que vayamos a estar un mes. Le pregunto que de donde es y me dice que de Manipur, uno de los estados del nordeste. Le digo que conocemos algunos de ellos, pero no el suyo y que queremos ir a Nagaland. Se alegra de ver a alguien que quiere ir por allí.

Tiene una cámara para fotografiar a los recién llegados, pero es como una caja de 15×15 cm con agujeritos que deben ser las lentes y una pegatina en medio con la figura emblemática  de este país: unas manos juntas perpendiculares. Me señala la cámara  y yo idiota pongo las manos como en  la pegatina.  Muy educado me dice que no, que solo mire la cámara para la foto. Pero no se ha reído. Menos mal.

Las maletas tardan una eternidad y allí en la cinta nos enteramos que las tres jóvenes españolas con tres niños muy pequeños  que había localizado en el vuelo van a reunirse con sus maridos: son futbolistas profesionales aquí.  Y es que me tenían muy intrigados por el motivo del viaje. Incluso había pensado que eran de alguna secta.

La primera misión es conseguir rupias  y ya empieza el chalaneo  de los comerciantes.  Si te sienes incómodo con el regateo  no vengas aquí, mejor vete a Japón.

Cambiamos lo suficiente para desenvolvernos hoy y mañana hasta que consigamos mejor cambio.

Veo una oficina del turismo bengalí y pregunto para reservar un tour para visitar los “pandals” de Calcuta en la “Durga Puja”, pues en nuestro viaje anterior fue muy interesante  hacerlo así y además facilitaría que Luis tuviese una visión general de todo el festival.

La amable joven me dice que lo haga por internet, que ella no puede hacerlo. Le explico que lo he intentado (lo hice en casa antes de salir) pero que no puedo llegar esta el final de la transacción. Entonces, ingenua, me da un folleto y me subraya un teléfono para que llame. Le insisto en que quiero ir a una oficina con gente. Al final me da la dirección donde ya habíamos estado en viajes anteriores.

Y el colofón en aquel aeropuerto, pequeño y con poco tránsito, a pesar del tamaño de la ciudad, es coger un taxi para ir al hotel.

En todas las grandes ciudades indias en los terminales de transporte y aeropuertos suele haber un quiosco de “taxi prepagado” donde se supone que vas a pagar lo justo y que no te van a engañar, y más aquí que dice que está gestionado por la policía de la ciudad o barrio a la que pertenece el aeropuerto.  Pues primera en la frente.

Cuando nos preguntan por este país si es seguro, Marisa siempre dice que sí, que no te van a robar, ni asaltar, pero seguro que te van a engañar. O por lo menos lo van a intentar.

Hay dos quioscos pegados el uno al otro con la misma descripción. En uno hay 4 ó 5 en la cola  para pedir un taxi y en el otro nadie.   Al llegar nosotros nos llaman del quiosco sin gente. Le digo donde quiero ir y uno que está a su lado me dice que 1100 rupias. “De acuerdo. Dame el recibo”. Porque te tienen que dar un papel donde dice el destino, lo que ha pagado y el número del taxi, que debes coger en la calle.

Que no hace falta ningún papel, que le acompañemos y que ya pagaremos al llegar.

Me voy al quiosco de la lado y me dice que 350 rupias.  Le pregunto por la diferencia de precio con el otro y me contesta que es que era con aire acondicionado. Vaya, no ponía nada de esto, pero ha salvado la cara del otro.

Este sí me da el recibo.

Así que ya tenemos el primer intento de engaño comercial en este viaje.

Esta vez hemos “vencido” pero no siempre será así.

El taxi es un renqueante “Ambassador” muy viejo que conduce un señor acartonado que no dice una palabra en todo el viaje. Mejor, porque con los que hablan algo de inglés  tienes el peligro de que te lleven adonde no quieres ir. Que ya me ha pasado.

Y Calcuta, nuestro primer contacto, está como esperabas que estuviese esta ciudad: una circulación imposible, llena de coches en sus últimas boqueadas, con muchísima polución, gente andando por las aceras y a veces por la calzada y todos los conductores tocando el claxon sin parar.

En una hora llegamos al hotel.

Este tiene una fachada  muy extraña, del que la guía dice que recuerda a una tarjeta perforada de los antiguos ordenadores.

La habitación amplia, con una mesa tipo oficina moderna para escribir, un gran sillón que no utilizaremos, una ventana enorme, de esas de techo a suelo y un dibujo psicodélico que va de una esquina de la habitación hasta la cabecera de la cama.

Al recepcionista le pregunté, ingenuo de mí, si la habitación tenía buenas vistas pues estamos en la planta 5ª de un edificio de 7. Me contesta que en este entorno no hay buenas vistas.

Como hay una cortina que cubre enteramente la ventana solo se vislumbra un solar en construcción.

Ya aposentados vamos en busca de la cena. Tarea casi imposible.

Nuestro hotel está en una calle de muchísima circulación con viviendas y grandes edificios, pero con poca actividad comercial. Vaya “actividad oficial”, porque sí hay  puestos callejeros allí donde la acera lo permite y pequeños comercios en algún “casi agujero” de la pared. Además es de noche  y la acera está llena de socavones y de cables en cualquier sitio, por lo que muchas veces debes transitar por la calzada. Vaya, una delicia.

Al final damos con un restaurante bastante grande, de tipo familiar,  de una cadena que ya conocíamos de Delhi.

Una cena india acompañada de dos pizzas pequeñas.

Como el sitio es grande, limpio y tiene el menú en inglés  yo creo que volveremos, aunque no sepamos que tiene cada plato, pero te puedes acercar a la barra donde los preparan y preguntar por el nombre.

Regreso al hotel para el primer sueño reparador en la India.

Tamaño habitación.

Mide 23 m² y sin baño, ni pasillo 15 m². No está nada mal.

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