17. China 2019. 11 de abril, miércoles. Décimo día de viaje. Hangzhou. Día 2. Primera parte.

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Hoy ha sido un día con altibajos.

Nos hemos despertado con lluvia aunque ha parado sobre las 11 y el ordenador después de agotarse la batería ha vuelto a funcionar. (Y no se ha incendiado esta noche). No volveré a sintonizar la SER.

Para compensar el desastre tecnológico digital Marisa le dedica una buena sesión al analógico  juego de té. (Que no nos llevaremos a pesar de las tentaciones).

 

Ahora tenemos varias tareas pendientes, porque la vida del turista no es solo visitar impresionantes monumentos y degustar exquisitas comidas (de sexo, ni hablo), sino que también tienes que resolver problemas casi domésticos, pero a los que te tienes que enfrentar con el espíritu decidido.

Una de estas tareas es encontrar una tienda de China Mobile, compañía a la que Marisa compró una tarjeta SIM, para que todos los mensajes que le llegan no lo hagan en chino y de paso ver si nos explican algún método para descargar en su teléfono un navegador y un buscador pues los que ella tiene no funcionan aquí. Ya sabéis de las escaramuzas  (por no decir guerra) entre el gobierno chino y Google.

Lo que pasa es que hemos descubierto que algo tan común a los chinos  como “China Mobile” no  lo entienden. Vaya, no me entienden cuando pregunto por ello. Es como si a un español le preguntas por Telefónica o por  Movistar.  O sea, que no es que no sepan donde hay una tienda de ese suministrador de telefonía, es que no comprenden mi pregunta. Muy decepcionante.

Hemos dado con uno que hablaba inglés (su madre es inglesa) y nos ha indicado donde estaba la tienda: según él a unos 500 metros. Hemos recorrido más de un kilómetro y no hemos encontrado nada. Vaya, gracias a él y a otro fracaso de búsqueda hemos batido todos los récords: 29.865 pasos, unos 20 kilómetros. Según la compañía de la aplicación hemos superado al 100% de los de su marca. Y también que hemos ahorrado 1,59 litros de gasolina. Eso ya me resulta más difícil de entender.

Teníamos la suerte de estar cerca de un restaurante que la guía recomendaba muchísimo: interés vano.

En la entrada había una gran sala con más de 50 personas esperando y las iban llamando por un número que obtenían en la puerta del establecimiento. Pero no era un número de orden como los de las charcuterías, pues tenía 6 u 8 dígitos y los clientes tecleaban allí no sé si su teléfono, su DNI  o los pasos que llevaban andados. Me ha parecido una tarea imposible. Pero es que además la forma de realizar el pedido también era complicada: escanea el código QR de la mesa y selecciona el menú y eso se te carga directamente en el teléfono.

La guía advierte que si tienes problemas el personal del local “estarán felices de ayudarte”. Imagino que eso será si está el comedor a mitad de ocupación, pero con aquella muchedumbre esperando…

Así que buscamos y encontramos uno con camareras muy simpáticas y un cliente todavía más, pues le he pedido que me señalase en la carta lo que él estaba comiendo. Y ha sido un acierto aunque el comer costillas con los palillos…

Acabamos la comida y Marisa quiere ir al lavabo. Le pregunta a la camarera por  la “toilet”. No la entiende. Te aseguro que en lo que llevamos de viaje en todos los lugares públicos debajo de la silueta de un hombre o una mujer pone “toilet” al lado de algo en chino, que imagino que será lo mismo. Pues aquella joven no la comprende, así que Marisa hace ademán de lavarse las manos y eso lo entiende todo el mundo. Entonces la lleva a un lavabo donde solo hay eso: un lavabo. Y es que en los restaurantes que están en centros comerciales o similares no suelen tener uno cada uno (piensa que a veces hay 10 ó 15 juntos) sino que comparten los servicios.

Más tarde pasamos por un Carrefour  (“Chalefú” según pronunciación china) y pensamos que allí tiene que haber lavabos.

En la entrada tres jovencitas empleadas y les preguntamos por la “toilet”. Ni idea. Entonces se nos acerca uno que debía ser como un encargado y se presta a ayudarnos. Tampoco entiende lo de “toilet”, pero Marisa le dice por señas lo de lavarse las manos.  Sospecho lo peor, que no llevará a los jabones, y le digo que no, y hago ademán de hacer pipí, pero en forma contenida pues Marisa se temía que hasta me abriese la bragueta.  Vuelvo a hacer el signo de la micción masculina, ya sabes, el dedo pulgar hacia arriba y el índice en un ángulo de 90º y con la mano a la altura del escroto y lo adorno con el sonido de “pissss”.

Al señor encargado se le ilumina la mirada y empezamos una loca cabalgada (casi pierdo a Marisa un par de veces) atravesando el enorme “Chalefú” como si nos persiguiese el Sr. Roig  de Mercadona. Se para en un lineal y con cara de satisfacción coge y me entrega un frasco de jabón líquido de manos. Le digo que no, que no. Ahora pienso que si sigo con mi mímica miccional me lleve donde los pañales para abuelos. Así que se lo escribo en un papel, coge su teléfono y transcribe “toilet”, y cuando le aparece en chino sonríe y me escribe en mi papel “WC”.

Volvemos al punto de partida, donde lo encontramos, y nos deja delante de los servicios. Entonces sonriente le muestro la palabra “toilet” escrita con grandes caracteres en aquel letrero. Y le doy mil veces las gracias.

Moraleja: la próxima vez dibujaré un muñeco haciendo pipí.

Hoy hemos estado dos veces en el lago, al final de la mañana antes de comer y al final de la tarde.

Por la mañana tenía una neblina que lo volvía a hacer muy fotogénico. Además había muchísimas barquitas navegando por él.

Delante de una de las barcas grandes que dan una vuelta por el lago una virtuosa joven interpreta una dulce melodía con una especie de arpa horizontal.

Algunas de esas barcas representan un gran dragón y son espectaculares.

En una entrada del lago que forma como un estanque hay una escultura de un buey dentro del agua. Si la miras un buen rato da un poco de angustia pues parece que quiere salir y no puede.

Hoy hasta tenía una garcilla bueyera en su grupa. Estas aves se alimentan de garrapatas y otros artrópodos que están encima de los bueyes. Pues esta o formaba parte de la escultura o se iba a morir de hambre.

En una calle vemos varias pintadas en una larga tapia, pero en plan artístico, aunque tengan delante una serie de contenedores de basura. ¿Por qué aquí no hay ni una pintada? Por ejemplo, el metro, por lo menos en la línea 1 que es la que cogemos nosotros: tiene el interior de los vagones de color blanco y están impolutos.

¿Qué les harían a los aclamados artistas callejeros que en una noche decoran varios vagones de metro o de ferrocarril en España?

Por cierto, que en China (ya lo descubrí el año pasado) los policías que patrullan las calles no van de incógnito: por la noche llevan en su hombrera derecha una luz roja y otra azul que parpadean continuamente, así que enseguida ves donde hay uno.

Siguiendo con el tema policial también me ha sorprendido que en la estación de ferrocarril de esta ciudad haya algunos policías que llevan un escudo, como de metacrilato, redondo y más bien pequeño. Y se pasean de esta guisa. Realmente parece más para un juego que para evitar una agresión. Y más aquí que todo está tan controlado y tranquilo.

En una pared un moderno “dazibao”.

Cuando estaba en la universidad, allá por los 60, durante el “mayo del 68” (pero menos) se puso de moda colocar grandes  “dazibaos” en la pared del “patio de letras” donde ponían a parir a algunos catedráticos, no sé si con razón o sin ella. Entonces era compañero de curso del hijo de uno de los más vapuleados y mi condiscípulo pasó de ser un tío alegre y dicharachero a un chico taciturno y esquivo, sobre todo cuando tenía que pasar por delante de uno de aquellos panfletos.

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