12. China 2019. 8 de abril, lunes. Séptimo día de viaje. Shanghái, día 1.

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Efectivamente hoy ha salido el sol.

Empezamos el día cambiando de habitación: la que nos dieron ayer por la noche acabó ensombreciendo todavía más nuestro decaído ánimo.

 

 

Nuestro alojamiento está muy cerca de la elegante “West Nanjing Rd” y de la bulliciosa “People  Square”, pero está situado en una callejuela que parece de otra ciudad, vaya de un pueblo del interior de China, o así me lo imagino.

Tenemos una gran necesidad de conseguir dinero chino y la joven de la recepción nos indica un banco cercano.

Es un establecimiento muy elegante, tipo “banca privada” y una joven uniformada nos atiende y nos explica que se cambia moneda solo a los clientes de ese banco. He entendido que era por problemas con el “China Bank”. Aunque quizás me ha hablado del FMI o de Rumasa.

Encontramos otro. También solo para clientes aunque tienen unas máquinas que si lo hacen. Es la primera vez que lo pruebo y no está mal la operativa aunque la tasa de cambio es regular.  Si lo utilizas necesitas el pasaporte que lee la máquina. O finge leerlo, no sé. Tampoco puedes sacar dinero de sus cajeros si no eres cliente. Pero ya tenemos suficiente como para ir a comprar el billete de tren.

En la entrada del metro nos compramos algo para desayunar, pues en este hotel no te lo proporcionan. Marisa un tipo de bizcocho, yo acierto con una especie de torta rellena de ajos verdes. Lo del relleno lo descubro al primer mordisco. Marisa me advierte que durante todo el día  no me acerque a nadie. O sea, que no acierto.

Llegamos a la estación en la que ya somos unos expertos después de las búsquedas y caminatas de ayer, compramos el billete y recargamos la tarjeta de metro en el único sitio atendido por una persona que hemos encontrado y como ya  es tarde nos quedamos a comer allí. Porque en aquel vestíbulo, además del abundante e inútil servicio de información turística hay un montón de restaurantes.

Elegimos uno de comida taiwanesa. Marisa dice que le encanta esa comida y que tendríamos que ir a Taiwán.  Y es que ayer toda la peripecia de la estación al llegar me dejó un poco acojonado. Porque si en Shanghái nos pasó lo que nos pasó y ya conocíamos la ciudad del año pasado y me parecía que estaba bastante occidentalizada, no quiero ni pensar (vaya, sí que lo pensé, y mucho) lo que nos puede pasar de aquí en adelante.

Aprovechando que estamos en la estación voy al banco que ayer estaba cerrado y que hoy sí está abierto. Hay una empleada y media docena de máquinas, pero no se puede cambiar. Un extranjero mayor que ve mi desolación me dice que en los hoteles cambian. Y es que él iba hasta con traje y yo ya me conozco a qué hoteles va alguien así, pero no he querido decirle que yo estaba en uno de los jóvenes del YHA chino.

Tiene un acento alemán que tira de espaldas y le pregunto si es de ese país: no, de Austria. Me pregunta por el mío y luego si soy de Barcelona. Parece que todos los españoles tenemos que ser catalanes con lo poco que les gusta a bastantes de ellos serlo.

Creo que la próxima vez que un austriaco me pregunte si soy de Barcelona le preguntaré a él si toca el violín.

Entonces le explico lo de mi vida entre Madrid y Barcelona y de manera sorprendente me pregunta si estoy a favor de la independencia. Él parece estarlo, pero me dice que es imposible por el tema económico. ¡Mira que independentista más práctico! Me hubiese gustado preguntarle qué opinaría que Carintia se separase de Austria, pero él ya se estaba marchando.

En la estación un letrero luminoso en el exterior de los lavabos muestra la situación de estos en relación a su ocupación.

Hoy va ser un día de poco turismo y de muchos negocios, así que el próximo paso es ir a un edifico de 5 plantas que está lleno de tiendas de fotografía. Lo descubrí el año pasado y allí nos arreglaron el zoom que normalmente utiliza Marisa, y ahora traemos otro con un problema semejante.

En el camino encuentro una gran avenida que tiene prohibida la circulación de motos. Y es que en Shanghái son un problema, por lo menos para los peatones: son eléctricas con lo que no hacen ruido y se saltan todos los semáforos. Y hay muchas. Y encima por la noche no suelen llevar luces.

Acabamos el día en nuestro barrio del año pasado, en East Nanjing Rd. Sigue siendo una maravilla y también llenísimo de gente y con sus trenecillos recorriendo la calzada.

Aunque me sorprendió el año pasado me sigue haciéndolo este: la cantidad de letreros luminosos a lo largo de toda la calle. ¡Y además en chino! ¡”Cómo no podía ser de otra manera”!, que apostillaría un político español.

También en esta calle, pero pegado a “People Square”, hay un edificio nuevo que no estaba el año pasado, o mejor, que estaba en construcción: un gran centro comercial dedicado a una sola marca deportiva. Es algo notable, vaya, como casi todos los edificios modernos de esta ciudad.

Queremos llegar hasta el Bund, pero hemos pasado de la primavera china a un tiempo muy desapacible e incluso con alguna gota de lluvia así que cenamos en nuestro restaurante favorito que está en ese entorno. Este lugar lo conocimos el año pasado y nos encanta porque es autoservicio y podemos escoger lo que queremos y lo vemos cocinando.

Regresamos al hotel y vemos a un grupo de bailarines que nos ha recordado a algunas escenas de Tokio y a su lado un grupo, quizás de 60 ó 70 personas mayores bailando, pero en plan de hacer ejercicio. Y eso que es de noche. En lugar de ir a un gimnasio lo hacen en la calle y seguramente más divertido. Mañana si podemos iremos a ver a los que bailan por la mañana en Nanjing Rd.

Parce que está bajando la niebla, o quizás sea la polución atmosférica, y ese fenómeno produce un halo mágico alrededor de algunos rascacielos.

Al acabar el día compruebo que el pastel de ajos matutino me ha acompañado toda la jornada.

PS

Marisa forma parte de una secta no destructiva: “los contadores de pasos”. Que dicho así parece el título de una novela policíaca nórdica.

Se distinguen porque llevan un reloj de la marca Xiaomi en la muñeca y cuando se reconocen se preguntan los unos a los otros que “cuántos llevas hoy”.

 

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