13. China 2019. 9 de abril, martes. Octavo día de viaje. Shanghái, día 2. Primera parte.

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Hoy hemos tenido el peor enemigo del viaje después de la peste bubónica: la lluvia.

La verdad es que la previsión meteorológica la anunciaba, pero al salir del hotel estaba solo medio nublado, así que nos hemos provisto de la mitad de los elementos precisos: paraguas, pero no el calzado adecuado.

Hemos decidido hacer un recorrido solo a pie desde donde nos alojamos, al lado de “West Nanjing Rd”, pasando por “People Square”, luego “East Nanjing Rd”, para acabar el Bund y desde allí seguir hasta los jardines de Yuyuán. Algo similar hicimos el año pasado, pero entonces empezando a mitad del camino.

Veremos como va la cosa pues los años no pasan en balde. Y además ayer hicimos más de 22.000 pasos. (De ahí la explicación con la que acabé la crónica  de ayer).

Al pasar por delante de la salida de metro por donde entramos ayer veo a un grupo de media docena de chicas jóvenes y todas están comiendo el pastel de ajos como el que desayuné ayer. Por cierto que me parece que les añaden algún laxante.

Al cruzar una calle importante veo un curioso letrero: prohibido circular bicicletas. La verdad es que se ven muy pocas y las que hay son casi todas eléctricas.

Ayer vi otra prohibición para bicis y motocicletas. Una excelente idea dada la peligrosidad de estas últimas para los peatones, aunque me parece que lo hacían más para no entorpecer a los automóviles.

Pero sí vemos un triciclo de barrendero: no se puede ser más ecológico.

Al pasar por “East Nanjing Rd” vemos un negocio que el año pasado nos sorprendió bastante: han colocado en una calle lateral un coche descapotable antiguo y hay 4 ó 5 empleados disfrazados de mafiosos chinos de los años 20 (siglo XX por supuesto) o algo así. Entonces un señor contrata el servicio y lo disfrazan como ellos  y le hacen varias fotos, algunas en el coche y otras en un rickshaw mientras 2 ó 3 de los empleados actúan como figurantes.  Después el cliente va a un cubículo cercano donde imagino que le entregan el resultado del posado gansteril.

Marisa el año pasado ya hizo varias fotos y hoy al pasar volvían tener clientes.

Primero un señor normal, vaya, dentro de lo normal que puede ser alguien al que le guste  disfrazarse de algo que no sea cofrade de una organización de Semana Santa, o de jóvenes folclóricos que lo hagan para “honrar a su santa patrona”. Pero luego han tenido de cliente a un señor normal, mayor y pequeñito.

Una de las caracterizaciones es con un gran puro en la mano. Imagino que será de cartón piedra y que no lo chuparán.

Otra es sentado en el coche con un fusil ametrallador. Entonces un figurante va a darle el fusil al cliente, pero el jefe le dice que no, que le dé una jaula con un periquito. ¡Pobre abuelo! Ha quedado de lo más ridículo.

¿Por qué al personal le gusta parecerse a un facineroso y no a los pastorcitos de la cueva de Iría, por ejemplo?

Para olvidarnos de los problemas monetarios, vaya, de la falta de yuanes, vamos a cambiar a un gran banco de esta calle donde lo hicimos el año pasado. Y aquello es lentísimo. Quizás he estado media hora.

Han entrado un grupo de brasileños y han estado hablando a gritos sobre la política de su país. Horrible. ¿Cómo no se dan cuenta de que no están solos en el mudo? Los chinos gritan mucho, pero estos brasileños más todavía.

Volvemos a ver ropa tendida en las fachadas de casas en calles que son muy importantes y transitadas.

También vemos  grupos del IMSERSO chino. A estos pobres abuelos les ponen un gorro de visera del mismo color como hacían en Japón con los niños de las escuelas cuando iban de excursión con el colegio. Confío en que a los prebostes del IMSERSO español no se les ocurra una idea semejante.

Ayer vi una tienda de Zara en East Nanjing Rd y como siempre me llenó de satisfacción y orgullo y hoy he visto un letrero en un gran edificio de oficinas que todavía me ha alegrado más: “Inditex Talent Centre”. No sé a qué se dedicarán, pero debe ser algo importante; no me importaría haber trabajado allí, aunque solo fuese para decirlo cuando me preguntasen: “¿Y tú donde trabajas?”.

Lo que no sé es que pinta “Maternal and Infant Services Group”, cuyo letrero está al lado de anterior. Y además tienen un nombre horrible: “Babysky”. ¿Tú dejarías a tu bebé al cargo de una organización que se llamase “Babysky”? Si es que parece como un sacamentecas eslavo o un malvado de las pelis de James Bond. Y además es lo contrario a lo de antes con tu trabajo: “¿Y tú donde trabajas?”. “En Babysky”. “¡Anda ya!”.

Confío en que no sea una filial de Inditex.

Una vez en Nueva Zelanda el conserje del hotel nos dijo que si volvíamos alguna vez que reservásemos directamente con ellos y no con un empresa de reserva de hoteles, que nos harían mejor precio.  Ahora tenemos contratado a través de una de esas empresas un hotel  para cuando regresemos a Shanghái y como está en este entorno, camino del Bund he pensado que merecería la pena echarle una ojeada, por el hotel mismo y por sus condiciones.

La entrada no le ha gustado nada a Marisa pues parecía más una funeraria de lujo, vaya, la imagen que tenemos de ellas por las películas, que un hotel, sobre todo viniendo de uno como el que estamos  que le recuerda a los reductos mochileros de algunas ciudades de Asia.

Llegamos a la recepción les hago la pregunta del precio contratando, llaman a un joven se lo planteo claramente y resulta que su mejor precio sigue siendo superior al de la agencia.

Hace poco leí una queja de hosteleros sobre como les apretaban las tuercas con los precios este tipo de compañías. Visto lo de hoy no me extraña.

Vemos un gran mural con una fotografía de esa calle y delante una mamá con un niño que componen una preciosa estampa.

Me recuerda una fotografía que Marisa hizo hace años en Barcelona, aquella irrepetible por la pareja protagonista y porque el fondo era nada menos que de Franco, sí “El Caudillo”, en su visita a esa ciudad.

NB

Yo recuerdo haber visto dos veces a Franco: la primera más que verlo fue entreverlo en mi pueblo siendo yo un niño, pues pasó como los americanos en “Bienvenido, Mister Marshall”, o sea sin parar a pesar del caluroso recibimiento que le dábamos los escolares desde la carretera.

Pasaron los años y en los 60 lo volví a ver al final de la Vía Layetana de Barcelona,  seguramente un domingo, cuando iba, él, a  embarcar en su yate Azor.

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