72. La India 2013. Día 4 de noviembre. De Delhi a Madrid pasando por Londres. Primera parte.

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Acostumbrados al antiguo aeropuerto y a sus anacrónicas reglas esta nueva etapa nos parece algo increíble. Solo te piden el pasaporte y la acreditación de que tienes billete; en nuestro caso un impreso de ordenador.

Nada más entrar un control del equipaje con maquinas de rayos X, pero como aquí es “otro nivel” (comparado con el metro por ejemplo) pues lo controlan un par de oficiales que al final te hacen firmar. Ni idea de lo que firmé pero no te vas a poner estupendo en aquella situación. La oficial parece del nordeste y acierto al preguntárselo. Es de Nagaland. Y se queda un poco sorprendida por mi interés antropológico. El oficial no quiere ser menos y me dice que es de Bihar, y que qué me ha parecido la India.  Un pequeña charla que ha sido un buen final de este país.

En las tiendas libres de impuestos la demencia de los precios como si estuviésemos en Europa. Echo una ojeada  en la tienda del té y es una locura: una cajita de 100 gramos de té negro a 37$: unos 270€ el kilo.

Y ya a punto de salir del país tengo la última bronca: acostumbro a gastarme las últimas rupias entre la librería y una farmacia que hay dentro del aeropuerto. Allí me interesan sobre todo las medicinas ayurvédicas.  Nada más empezar a fisgar entre esas estanterías se me acerca solícito un mancebo, e imagino cuál va ser su táctica, pues ya la emplearon el año pasado,  pero me dejo querer. “¿Quiere algo para reforzar el cerebro?”. La verdad es  que es un poco insultante pues no le había dicho ni una palabra. Es como “¿tiene problemas con su cabeza? Debe ser porque es mayor”.   Lo raro es que no me ofreciesen un elixir para la libido. (Hasta este momento en que el Word se ha quejado, siempre creí y así lo pronuncié que era una palabra esdrújula).  Total, que el tío me lleva sibilinamente hasta un estante con productos reforzantes cerebrales, “muy buenos, muy buenos”, pero que eran “made in USA” y por tanto muy caros. Le corto y le digo que quiero productos indios. Y en aquel mismo momento pierdo todo el interés mercantil para él  y me deja sin decir una palabra.  Así que me gasto las últimas rupias en diferentes productos con nombres tales como “shallaki”, “guduchi” y “shigru”, que solo con esas palabras ya parece que tengan que curarte por el sonido, como si fuesen un mantra medicinal y mágico.

Voy al mostrador, pago y el mancebo cajero empaquetador  me da una bolsa a rebosar. “¿Me das otra bolsa por favor?”.  “Solo una bolsa por persona”. “¿Y si hubiésemos comprado mi mujer y yo nos hubieses dado dos bolsas?”. Trifulca verbal y al final me da las dos. Y cuando me marcho le digo: “Y si no te gusta este trabajo vete a conducir un rickshaw”, trabajo que en la India se considera de muy baja condición. Puso una cara malísima pero no dijo nada. O por lo menos que yo le oyese y entendiese.

Luego conseguimos meter todos los “guduchis” en el equipaje de mano pero Marisa no me dejó que regresase a devolverle las bolsas.

Veo una familia de la que se podría hacer una novela. Seguro. O una peli.

Un señor que se parece a Stephen Fry, o sea, alto, desgarbado, y muy británico. Co él van dos pelirrojos jóvenes, también  altos y muy larguiruchos y con aspecto de estudiar en un “college” de esos famosos. Y feos. (Ellos,  no el “college”).  Y lo más curioso: dos abuelos, pero abuelos de verdad, no como Marisa y yo.  El parece un misionero de antes de la segunda guerra mundial y va en silla de ruedas. Y la abuela, que parece que esta mejor que él, pero que también va en otra  silla de ruedas.  Hay gente que creo que se dejan querer con esto de las sillas de paralíticos, pues así los llevan de un lado a otro y eso en la terminal T5 de Londres no es ninguna tontería y además los cuelan al hacer el embarque, así que creo que cuando yo tenga un aspecto más achaquiento también voy  decir que no puedo nadar y que me lleven.

Pues viéndolos pensaba en el valor que hay que tener para viajar por la India en esas condiciones. Por los abuelos y por el padre de los jóvenes.  A no ser que el hijo-padre  haya venido aquí a rescatar a la pareja de ancianos y devolverlos a la “sweet England”. Solo faltaba que allí, durante  la espera  hubiesen cantado los cinco que “there’s  not place like home”.

Cuando vamos hacia la sala de embarque nos adelanta una tripulación y me quedo muy preocupado porque  uno que parece el capitán, pues lleva muchas tiras doradas de esas en la manga (no sé como se llaman) y además es de porte distinguido, como de ser él quien manda, lleva la cara como si le hubiesen dado una paliza o salido de una operación de cambio de rostro, como las de los mafiosos para que no les reconociesen.  Y claro así no sé cómo va a conducir el avión, que no debe poder ver más que un poco por delante.  Menos mal que al llegar a nuestra sala veo que siguen hacia otra.

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Una respuesta to “72. La India 2013. Día 4 de noviembre. De Delhi a Madrid pasando por Londres. Primera parte.”

  1. Otramarisa Says:

    Je, y ¿qué tiene que ver que te lleven en silla de ruedas en un aeropuerto con que no puedas “nadar”?
    Me da pena que termine este viaje y sólo me consuela saber que tienes otros pendientes que contar.

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