71. La India 2013. Día 3 de noviembre. Delhi. Diwalli.

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Hoy es nuestro último día en Delhi y en la India.  Y afortunadamente no tenemos que comprar nada más.  Y además de Diwali es domingo;  no sé porqué pero siempre regresamos de la India en domingo y lo dedicamos a pasear por la Puerta de la India, pero este año hemos decidido hacer algo diferente.

En el desayuno también pierdo una costumbre de todos los años: no leo el “Matrimonials” del  periódico pues en este restaurante no lo tienen. Decido comprarlo más tarde  pensando en mis lectores y su búsqueda del amor, pero se me olvida. En las calles del barrio están colgando las últimas guirnaldas en las puertas de algunos establecimientos

Volvemos al hotel para hacer el equipaje y comprobamos que, como siempre, llevamos demasiadas cosas.  Afortunadamente el invento que utilizamos para llevar las mochilas nos permite un extra de volumen, cabe todo y  acabamos haciendo una obra de arte.

Lo dejamos en la recepción del hotel y nos vamos a pasear por  Chandni  Chowk, donde ya  estuvimos ayer pero comprando. Hoy vamos de turistas. Queremos tener un día tranquilo y relajado sin ninguna obligación como despedida del movido viaje.

Es un recorrido impresionante. Las callejuelas que parten de la principal y que se cruzan y retuercen por ese barrio  están hoy llenas de gente. Es la fiebre de las compras del Diwalli, que tanto recuerdan a nuestra navidad, por lo menos en lo del consumo.  De vez en cuando un grupo de blanquitos acompañados por un guía indio. Siempre me sorprende  que se necesite de un guía pero en estos lugares todavía más. Imagínate que para pasearte por un barrio comercial  de Barcelona o por la Gran Vía de Madrid necesitases hacerlo acompañado de un señor. Porque siempre son señores. ¿Qué les deben explicar? Porque aquí no hay monumentos, ni nada que se pueda contar, excepto  ver y oler y oír el ambiente. De los dos sentidos que faltan, el tacto lo sufres, aún a tu pesar, por la cantidad de personal que deambula por allí y para el gusto tampoco necesitas ninguna ayuda: vas a comer al Karim el mejor pollo de todo Delhi. Pero hay gente que precisa llevar a alguien que le diga por aquí y por allí. Y quizás por la cara que ponen algunos, como de ir de expedición por una isla de cortadores de cabezas, pues a lo mejor es que les da un poco de miedo.

Y a pesar de que es domingo y Diwali está todo abierto. O quizás por eso precisamente. Y la suciedad que tampoco sabe de días y festividades.

Marisa hace fotos maravillosas y el personal  le pide que les fotografíe.  Y encima le dan las gracias. Hasta que llegas al territorio musulmán y al primero que intenta hacerle una fotografía estando en la parte exterior de un restaurante haciendo unas pastas le dice que no: es musulmán. (Esa es su explicación pues se lo he ido a preguntar).  Todo el  mundo tiene derecho a que no le fotografíen pero que eso sea debido a una religión…Sé de la iconoclastia de Mahoma, pero eso fue en el siglo VII. A cambio en la calle vemos unos grandes calderos vacios y limpios,  los fotografía Marisa y a los que están sentados allí. Les pregunto si son hindúes y si aquello es un restaurante, pues por los utensilios  y la gran cocina lo parece, pero no hay donde comer: es una empresa de servicio de comida a domicilio y acaban mis preguntas  con un  “somos musulmanes por la gracia de Ala”. Pues “salam aleikum”. Y “es que hay gente pa tó”.

Durante el paseo hago algunas fotos de los tendidos eléctricos callejeros: mi amigo Javier no se lo creería.

Y de nuevo se revela esta ciudad como el lugar menos indicado para un escrupuloso: el mejor pollo en el restaurante indicado pero sin agua en los mingitorios.

Cerca de la Jama Masjid, la “Mezquita del Viernes”, que algunos llaman la “Gran Mezquita”, está como siempre el negocio de la pequeña chatarra de los coches. Unos se afanan en recuperar los altavoces o las bocinas y otros se atreven con los cigüeñales y piezas mecánicas. Y da la  impresión que para ellos no hay Diwali.

Y también en aquel entorno, en una calle, están todas las tiendas de cohetes y otros explosivos de Old Delhi: “Fireworks, crackers and sparkles”.   La gente se arremolina para comprar como si fuese una cola de billetes de una  estación de ferrocarril. Es algo impresionante.

Dejamos las multitudes y nos metemos por callejuelas por las que apenas cabe una moto (¡jodidas motos!). Lo más curioso es que hay palacios en aquel entorno, reconvertidos la mayor parte de las veces en casas de vecinos y en otras en total abandono y ruina. Solo vemos uno con buen aspecto: es una oficina gubernamental. Y es que no me imagino a ningún   rico actual viviendo en aquel barrio.  Pero bien pensado tampoco me imagino a ningún poderoso viviendo en aquel barrio en tiempos pasados. Y si no fuese por las motos y sus claxons parecería que estás en el siglo XVIII. O antes.

Pasamos una vez por delante de  la “Sisgangj Gurwara”, el precioso templo sij de Chandni Chowk. Hoy está todo bloqueado, los coches, los rickshaws, la gente, mucha, mucha gente…y de repente te cruzas con uno de los guardianes del templo, con una lanza y un cuchillo… Pues lo mismo que los iconoclastas y Mahoma, pero en sij. Y también nos encontramos a un joven sij en un puestecillo que nos permite llamar gratis desde su teléfono celular.

Consejo telefónico: en la India en 1997 había solamente 12 millones de líneas de teléfono,  pero hoy lo tiene todo el mundo, y además creen que tú estás dentro de ese “todo el mundo”. Siguiendo ese razonamiento te dan su número y esperan que tú les llames. Les dices que no tienes y entonces te contestan que vayas a un PCO, que hay por todas partes.  ¿Y qué es una o un PCO? Si acudes a internet  te puedes encontrar múltiples significados que no te sirven para tu propósito, pues es un puestecito con ese letrero donde además de una peluquería, o venta de golosinas infantiles, o cualquier cosa que se te pueda ocurrir tienen un teléfono y un aparato medidor de lo consumido. Son siglas de “Public call office”,  pero no se te ocurra preguntarle a nadie por eso, con lo aficionados que son los indios a las siglas debes decir un “pisio”. Por supuesto todo el mundo te dará información de uno que hay por allí cerca.  A mí me mandaron una vez en Tezpur a una sastrería. Lo que ocurre es que como ahora todo el mundo tiene un celular muchos siguen con su letrero pero no funcionan como tales. Así que no confíes en encontrarlos tan fácilmente como se creen los indios que lo vas a hacer.

Y llegamos al metro y es la parada de Chandni Chowk y además es Diwalli. Y estamos en la India: otra multitud para comprar el billete. Nuevo consejo: aprende a sacar los billetes en la máquina, porque en algunos casos no hay ventanillas para vendértelos o en otros como aquí,  aunque solo hay una máquina como la gente no se siente muy segura con ella apenas la utilizan. Bueno, este “apenas” es relativo en relación a la gente que hay en las ventanillas.

Y cuando llegas al vagón otro consejo: haz valer tus derechos si eres mujer, mayor (recuerda que a partir de los 60 años eres aquí “Senior citizen”), o minusválido físico. En todos los vagones hay asientos reservados para esas personas.  Por supuesto que no respetan las normas, ni esperes que te cedan ese asiento motu proprio, pero si los reclamas se levantan.  La verdad es que mi inglés no es muy “polite” y así si dudan de ceder el asiento  a Marisa   donde hay un letrero que dice “For ladies only”, suelo decir al varón que está sentado: “¿Eres una mujer?”. Creo que no les gusta la pregunta  y se levantan un tanto desconcertados. Que conste que no he hecho levantar a nadie por mi condición de mayor.

Y con el metro y un rickshaw llegamos por fin a la casa de nuestra amiga Srmiti donde vamos a celebrar el Diwalli, por primera vez en nuestra vida, junto con unos amigos suyos.

Ha sido una fiesta preciosa y además para nosotros muy interesante.

Cuando acaba uno de los amigos nos acerca a una parada de metro. A pesar de que son solo las 9 tenemos el primer sobresalto: no hay servicio. Salimos a la calle y apenas hay coches y desde luego ni un taxi. Intentamos coger algún rickshaw que pasa pero no hay manera. Y un par de jóvenes nos ayudan en nuestro problema: paran un rickshaw y gestionan con el conductor el precio.

De nuevo me vuelvo a encontrar con gente maravillosa en este país.

Nuestro barrio está casi vacío pero las pocas personas que quedan no paran de tirar cohetes y petardos.  Y antes ha debido ser terrible pues hay humo por todas partes como si hubiese habido una batalla con mucha artillería.

Llegamos al hotel y el recepcionista, nada amable hasta aquel momento, nos regala un par de cajas de galletas con un “Happy  Diwali”. Es un problema cargar con ellas pero no podemos rechazarlas.

Parece que hay problemas de taxis dada la noche que es pero desde la recepción nos  gestionan uno y nos vamos al aeropuerto.  El taxista es de Bihar y está sin su familia en Delhi.

Y así lo que tenía que haber sido un día tranquilo y aburrido se ha transformado en un día de lo más movido e interesante. Y con esta sensación de “Happy Diwali” llegamos al aeropuerto.

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