56. India 2019. 20 de octubre, domingo. Vigésimo tercer día de viaje. Majuli. Día 3. Primera parte.

by

Piensas en Calcuta estando en Majuli y es como si estuvieses en otro sistema solar.

Se ha ido la electricidad y estoy escribiendo sentado en la galería del hotel. La temperatura debe andar  por los 28ºC, debajo de mí un pequeño estanque de unos 30 por 40 metros con algunos patos y en el camino de tierra que lleva desde la carretera hasta el hotel hay un par de jóvenes sentados en un columpio charlando. Salen unas señoras indias vestidas de indias  y se quedan con ellos y mirándome, pues aunque esté  en el segundo piso debo ser para ellas un ejemplar extraño.

Al poco se van todos y es de una placidez casi celestial: algún niño, alguna vaca… Además esta falta de fluido eléctrico ha hecho que no funcione un gran altavoz que está en el restaurante del hotel y que unos jóvenes y tardíos comensales han puesto en marcha.

Esta mañana al acabar el desayuno y mientras hablábamos con el manager se ha levantado de una mesa un señor enjuto vestido con una faldilla blanca y me ha dicho que me había visto el otro día  en la satra de Auniati y que yo iba de un lado para otro y Marisa haciendo fotografías.

Ha resultado ser un monje de ese monasterio, así que he aprovechado para hacerle una pregunta crucial: si los monjes de los monasterios neovisnuitas  de las satras llevaban o no calzoncillos.

Se ha quedado muy sorprendido por la pregunta,   pero se ha reído a gusto, igual que el manager del hotel: “No, porque así somos más libres”.

Entonces  le he argumentado que tendrían que ir desnudos como algunos santones del Himalaya, pero no ha seguido mi razonamiento.

No me he atrevido a preguntarle qué pasa cuando tienen una erección, porque la faldilla que llevan parecerá entonces una tienda de campaña de la Cruz Roja.

Sí le he preguntado por cuántos eran: 400.

Como ha regresado a la mesa donde estaba antes con otras personas no he podido explicarle mi teoría de los múltiplos de 100 en el número de monjes de los monasterios indios.

Ayer, tras el fracaso de la puesta de sol el mánager del hotel, Monjit, nos propuso llevarnos con su coche hasta un punto que estaba a 2 km y desde allí andar hasta una aldea que estaba a otros dos y regresar al hotel por nuestra cuenta.

Me pregunta algo así como “¿podéis andar 8 km?”. Pues sí. Vaya, ayer los hicimos y de noche y para no ver nada.

Esta mañana me lo vuelve a decir, le pido que me dibuje un mapa y nos vamos con él.

En toda la isla hay grandes charcas que imagino que cambian bastante de tamaño según sea el caudal del río o las lluvias de los monzones.

Muchas de ellas están cubiertas en su gran parte de jacintos de agua  que si están floridos forman un gran banco de flores flotando en el agua. Preciosas.

En casi todas estas pequeñas lagunas hay estrechas canoas hechas de una pieza de un tronco de árbol. En las que están totalmente cubiertas de vegetación  hay pequeños canales por donde deben circular esas canoas.

En el camino vemos a un grupo de mujeres, quizás más de una docena,  dentro de uno de estos charcos: están pescando.

Lo hacen con unos grandes cedazos de bambú que continuamente meten dentro del agua y sacan.  Si hay algún pescado, siempre muy pequeñito, lo echan en una gran bolsa.

Su actividad es incesante y el trabajo parece bastante duro pues están con medio cuerpo dentro del agua.

Monjit me dice que son gente pobre y que pescan para su alimentación, aunque en los mercados se ven esos pececitos pequeños.  También son pequeñitas  y escuálidas  las “pescadoras” y no hay ni un solo hombre excepto un barrigudo que estaba a unos 50 m observándolas. No sé si será el comprador de la pesca o el dueño de la charca.

Monjit nos deja donde acaba el camino asfaltado y nosotros seguimos a pie.

Etiquetas: , , ,