54. India 2019. 19 de octubre, sábado. Vigésimo segundo día de viaje. Majuli. Día 2. Primera parte.

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Estoy escribiendo este borrador en la habitación del hotel y Marisa leyendo en la cama cuando me dice muy seria: “Cuando veo un insecto pequeño lo parto por la mitad”.

Eso en retórica se llama hipérbole.

O sea que estás medio echado en la cama y ves  un escarabajo o similar de 1 ó 2 mm corriendo apresurado por la sábana y vas y lo partes por la mitad. Vaya, lo que haces es machacarlo, matarlo por aplastamiento, pero ¿partirlo por la mitad?

Hoy por lo menos no he visto ningún saltamontes.

Porque tenemos una galería delante de la habitación con dos sillones donde sería muy agradable sentarnos y leer o simplemente oír la noche, pero es que estamos en medio de los campos y la cantidad de bichos que acudirían al reclamo de la luz o por lo menos de nosotros como fuente de alimentación sería enorme.

Así que en cuanto se pone el sol, y lo hace muy pronto, te tienes que refugiar en la confortable habitación.

El día ha trascurrido (¡por fin!) sin altibajos.

Primero en el desayuno nos hemos encontrado con parte del grupo de vocingleros indios de ayer por la noche.

Marisa temía que me dijesen algo al respecto por haberles llamado la atención,  pero ha sido todo lo contrario,  pues había dos de ellos muy interesados  en hablar con nosotros, aunque la conversación no ha empezado muy bien.

“¿Sois españoles, verdad?”.

Seguramente lo sabían por los del hotel. Y va uno y me dice: “¿Vascos o catalanes?”.

¡Joder con los de las nacionalidades históricas!

Ha debido ver mi cara  porque cuando iba a decirle que  si todos los indios eran de Delhi, me ha dicho que había estado varias veces en España, pues iba allí a comprar maquinaria textil. Incluso a Zaragoza.

En la mesa contigua a la nuestra un señor de ese grupo se come una tortilla francesa. Lo curioso para nosotros  es que se la come directamente con las manos. Ni siquiera se ayuda con un socorrido chapati o similar: directamente del plato a la boca. Y eso es totalmente cultural porque son gente de clase media alta. Pero me sigue sorprendiendo.

Eran un grupo de 15 amigos de unos 60 años que habían llegado de Chenai (“estuvimos allí cuando se llamaba Madrás”, le comenté) hasta Guwahati donde habían alquilado tres coches y viajado  por Asam y Arunachal.

Hoy dejaban el hotel. Por eso ayer solo había una habitación libre. Y de nuevo, ¡qué suerte tuvimos del fallo de reserva del hotel de ayer y de haber encontrado este!

Hoy hemos vuelto a contratar para el transporte al mismo señor que ayer.

(Mientras escribo esto un pequeño insecto se pasea por mi pecho. Intento matarlo como dice Marisa, pues tiene aspecto de ser de los que pican. Me paso casi un minuto intentando liquidarlo y es que encima de la cama es muy difícil. No sé como ella logra hacerlo y encima partiéndolos por la mitad).

He hablado con el gerente del hotel y le he explicado los lugares que queríamos visitar y como punto final un lugar al lado del río para ver la puesta del sol  y nos ha proporcionado un mapa con todos estos sitios.

La primera parada ha sido un lugar que es famoso aquí, “Sangeet Kala Kendra”, porque unos artesanos hacen máscaras para los festivales religiosos especialmente.  Y no era de esos donde ya están esperando que lleguen los turistas para empezar a soplar el vidrio o a hacer botijos, que estos estaban trabajando sin parar.

La verdad es que esta isla no es un lugar muy turístico, ni siquiera para los indios, excepto por motivos religiosos.

Había un joven montando una máscara que me ha recordado a las de Kumartuli de Calcuta, pero aquí las hacen con una estructura de bambú. Sobre ella un capa de barro con trozos de tela y un acabado especial en los lugares prominentes con boñiga de vaca.  Que yo la había visto allí en un recipiente y he pensado que era un tipo de barro que parecía mierda. Pues no lo parecía, que lo era.

Utilizan ese producto mezclándolo con barro  pues es muy pegajoso y le da mayor consistencia.

Tienen una pequeña nave de exposición con muchas máscaras  y un par de enormes figuras, pero parece que estas son para altares de templos.

 

(Sigo escribiendo en la cama y aparecen más bichos.

Se oye el “ñic, ñic, ñic, de un dragoncito en una ventana. Imagino que en busca de compañera, pues si vas buscando comida no creo que vayas llamado la atención como este. ¡Benditos reptiles que se alimentan de insectos!)

El señor para demostrar el uso de las máscaras se pone una y mueve la boca como los muñecos de los ventrílocuos.  Luego se empeña en que me la pruebe yo.

El resultado: no iré a un festival de máscaras pues la sensación es bastante asfixiante.

Marisa no puede resistir la tentación y compra una pequeñita pero hubiese comprado media docena y de las grandes.

Hemos acabado con la típica fotografía de grupo.

Y antes de marcharnos uno de ellos  ha buscado a su niña y nos ha pedido otra fotografía. Da gusto.

 

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