49. India 2019. 18 de octubre, viernes. Vigésimo primer día de viaje. De Jorhat a Majuli.

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Hoy ha sido un día de contrastes y descubrimientos.

Hemos empezado con el desayuno en el hotel.

NB

La foto de más arriba no tiene nada que ver con el desayuno, ni con el hotel, que es la de un fotogénico pasajero del ferry que ha tenido a bien posar para Marisa.

 

La carta es la más cochambrosa que he visto en mi vida. Tenía una encuadernación con tapas duras que se ha convertido en unas hojas sueltas y sucias. Y eso que el establecimiento es de nivel medio alto.

Y como siempre en este país con pocos “desayunantes” en el restaurante, pues el personal prefiere hacerlo en la habitación.

En la carta aparecen “huevos revueltos” que no tienen, aunque  sí tortilla. Así que les pregunto que si tienen huevos para hacer tortillas porqué no pueden hacerlos revueltos.

Eso se podría incluir en cualquiera de los libros o artículos que parecen continuamente que se titulan “Misterios de la India”. Aunque me temo que ese tema no será de suficiente altura cuando suelen tratar cuestiones como la reencarnación, el ateísmo en el teísmo hindú, la relación paterno-filial en el sistema de los jatis y similares.

Esto de los huevos entrarían  más bien en otro tipo de misterios como por ejemplo por qué los váteres públicos de la India siempre están sucios, aunque los limpien, o como emplear parte de tu vida  sacando billetes de tren en la “Indian Railways”.

Vaya, todo son misterios, como por ejemplo que tampoco tuviesen mantequilla para el desayuno a pesar de que aparezca en la carta.

NB.

La foto de más arriba, la de las vendedoras de huevos no pertenece a  este día, vaya, ni a este viaje, que son dos chicas de un mercado de Birmania.

Para movernos mejor en la próxima etapa hacemos como en Bishnupur: metemos todas nuestras cosas en la bolsa de Marisa y dejamos la mía en el hotel pues regresaremos a él el lunes por la tarde.

Cerca del hotel hay una oficinita donde te ponen un coche tipo Uber (aquí no hay Ola, ni Uber) y nos llevan por el mismo precio que ayer nos pidió un autorickshaw, lo que llama un “oto”, como expliqué en un crónica anterior, hasta el embarcadero de Nimatighat, lugar desde donde se coge el ferry para atravesar el río Brahmaputra hasta la isla de Majuli.

El coche está inmaculado y el conductor, un joven hierático, conduce como si llevase a una parturienta con cuidado y destreza.

En poco más de media hora llegamos al muelle, pero acaba de marcharse un ferry y el próximo sale dentro de una hora.

Por si vienes: entérate de los horarios del momento pues suelen variar y la información de las guías no está actualizada.

En la espera entramos en uno de los restaurantes tipo chamizo que hay por allí para beber agua y un té.

De nuevo una marca conocida en el vasito: “Nicecafé”.

No me imagino a los elegantes y poderosos señores de Nestlé llegando hasta aquí para denunciarles por apropiación de marca o para pedirles que no la utilicen en vano.

NB.

Esta expresión “en vano” la tengo, la tenemos,  marcada desde la infancia, vaya, troquelada, pero solo relacionada con el segundo mandamiento de la “Ley de Dios”: “No usarás el nombre de Dios en vano”.  Que no sé cómo nos debía sonar ese “en vano”, ni como podíamos pecar “utilizando el nombre de Dios”.

Hombre, Lucifer o Belcebú quizás lo pudiesen hacer,  pero un discípulo de los escolapios de 8 años aunque me hubiesen torturado no habría sabido como hacerlo. Vaya, ni entonces, ni ahora.

El recinto del establecimiento es bastante grande pero somos los únicos clientes excepto un padre y un niño que desayunan allí, pero que se van enseguida.

Y como somos los únicos  y además dos abuelitos occidentales, pues nos convertimos en el principal  (y único) foco de atención.

Así está mirándonos un niño de unos 10 años con un señor que creía que era su padre, pero que ha resultado ser un conductor de “auto”, Dharemendra, quien nos ha explicado que ese niño iba a ir a Japón. He pensado que como mis nietos, pero no me he atrevido a preguntar si también tenía un abuelo generoso. Así que he pensado que alguna obra social en lugar de arreglarles las adecuadas condiciones sanitarias envía a grupos de niños una semana a Tokio. Muy extraño.

Al cabo de muchas explicaciones, y tras aparecer el verdadero padre del niño con su teléfono y fotos familiares, nos hemos logrado enterar de que el chaval había ido a Japón a un campeonato de kárate y que debía haberlo ganado por la fotografía con su medalla al lado de un elegante anciano japonés. Y otra en el Reino Unido. Vaya, que debía ser un fenómeno.

Me habría encantado saber como ese niño y en aquel ambiente podía haber llegado a ese nivel.

Dentro del chamizo-restaurante un sencillo (tirando a cutre) altarcito con varios de los más famosos dioses del panteón hindú.

Marisa va a unos lavabos que hay en el entorno del embarcadero y me dice sorprendida que han sido los más limpios de toda la India en este viaje.  O sea, que si quieren pueden. Como decía el Sr. Iglesias.

En aquel entorno del embarcadero varios  vendedores de pescado, que imagino recién cogidos del río Brahmaputra.

Cogemos el ferry y ya no tiene nada que ver con el de mi viaje a Majuli en 2007. Porque ese es el motivo del viaje: que Marisa pueda ver una satra, vaya, más de una, y también un ambiente rural y tranquilo de este país. Sería en relación a Calcuta si como en España después de pasear a un indio por la Gran Vía de Madrid a las 8 de la tarde un viernes o por las Ramblas de Barcelona lo llevases a  Villarluengo. (En el enlace situación geográfica de ese pueblo, de donde procedía, por cierto, un bisabuelo mío).

Cuando estamos saliendo hay un revuelo del personal y parece ser que un señor que llegaba apresurado  ha tenido la mala suerte que se le ha hundido uno de los tablones que sirven de puente entre el embarcadero y el pontón del ferry y ha ido a parar al río. Ha aparecido muy alto y elegante saliendo del agua. No me puedo ni imaginar si nos ocurre eso a nosotros y con el equipaje.

Este barco tiene una gran sala con asientos metálicos y va casi lleno. En cubierta media docena de coches y un montón de motocicletas.

Nos sentamos  y enfrente  tengo a un joven de Majuli quien me dice que no me preocupe que  cuando lleguemos me ayudará a coger un taxi.

Resulta que solo lo había entendido pero no me lo había dicho, pues nada más llegar ha salido disparado, seguramente para ver a su querida hija, pues me ha enseñado en su teléfono celular  todo el álbum familiar.

¡Qué poco pudor tienen algunos! Hasta a una tía suya hermana de su padre me ha enseñado. Y también su vuelo de Jorhat a Delhi.

Pero es que se ha metido un trozo de nuez de aroca  directamente en la encía  y luego la consabida hoja de betel  con cal. Y cuando se ponen a mascar esa marranada ya no les entiendo nada. Y aquí en  este estado de Asam mascan mucho “paan”.

Nos levantamos para ver algo de recorrido y observamos a un señor famélico sentado en una bita de amarre (?) y junto a él, de pie, un orondo joven de unos 30 con una prominente barriga. Una situación que me hubiese gustado poder fotografiar y que refleja otro de los “misterios de la India”: el fuerte contraste entre unas clases sociales y otras que aquí llega a ser escandaloso y no me refiero al joven obeso del transbordador.

Cuando estás en un transporte público o pasando al lado de uno de ellos, como de un autobús por ejemplo, tienes que tener cuidado con los “vomitadores de paan”. Pues te pueden pegar una buena y asquerosa rociada. Aquí también,  pues había una cubierta superior de difícil acceso pero donde estaba alguno de esos masticadores que se aliviaba de vez en cuando.

En esa zona de popa donde estábamos viendo el río había dos habitáculos con sendos motores. Y como estamos en la India en los dos había fotografías de santos o dioses y guirnaldas de flores alrededor de ellos.

Así descubro el mecánico de esos motores es también el cocinero.

Hay una pequeña cocinita y el que la atiende está preparando unos vegetales. Los lava con agua que recoge directamente del río con la ayuda de un pozal. Marisa se escandaliza, pero obviamente no iba a lavarlos con “Vichy Catalán”. Además imagino que no serán para ensalada, que los va a hervir.

La travesía del río dura unos 40 minutos y es tranquila, pero nada interesante. Por lo menos hoy. Hombre, me imagino que si se paran los dos motores y acabas en Bangladesh, o por lo menos en Guwahati,  será mucho más emocionante, pero hoy nada: hemos ido a parar al embarcadero de Kamalabari.

Antes de bajar un joven me saluda muy efusivamente y me ha dado la mano unas cien veces. Lo curioso es que cuando Marisa estaba sola sentada mientras yo andaba merodeando por el barco ese mismo joven ya le había abordado a ella y le había explicado varias cosas. Creo que al ver que iba yo con ella se ha alegrado al comprobar que esa benevolente abuelita no in sola.

Aquí el enlace para ver el recorrido en Google Maps.

 

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