53. China 2019. 26 de abril, viernes. Vigésimo quinto día de viaje. Hangzhou. Día 1. Nanxun. Primera parte.

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Hoy el día ha acabado con una risa.

Llegamos al hotel por la noche y comprobamos que no queda papel higiénico, así que aprovechando que quiero preguntar en recepción por nuestro viaje de mañana se lo pido al recepcionista.

Empiezo preguntándole cómo ir a las plantaciones cercanas de té, donde fracasamos cuando intentamos ir en nuestra primera estancia en esta ciudad.  Y el solícito joven me entrega dos bolsistas de té.  “Muchas gracias pero no, lo que quiero es ir la plantación”. Así que echa mano del traductor telefónico y empieza esta interesante conversación:

  1. Yo le hablo en inglés al teléfono.
  2. El joven lee la traducción en chino.
  3. Para confirmar que lo que yo he dicho es lo que quiero, él habla en chino al teléfono y este lo escribe en inglés.
  4. El joven me enseña en inglés lo que el teléfono ha traducido.
  5. Le digo que sí y pasamos a la segunda parte de la pregunta o a su respuesta o lo digo que no y volvemos al punto 1.

Uno de mis trabajos en informática fue como programador  y creo que fue de los más divertidos que tuve.  Pues bien, con esta conversación hubiese podido hacer un diagrama  estupendo, pero ya ves que cualquier pregunta tenía un tiempo de respuesta larguísimo, aunque a veces las ocurrencias del traductor merecían la pena.  (Y pena me da aquellos amigos que cuando les cuento mis problemas de comunicación me dicen que con el teléfono, peor,  con Google se soluciona todo. Porque aquí en China, lo vuelvo a repetir, no funcionan las aplicaciones de esta empresa).

Estoy acostumbrado a que cuando pregunto para ir a cualquier sitio crean que quieres ir en aquel momento, aunque insistas que no, que siempre entienden que sí  y quizás en aquel momento no hay transporte por la hora y claro la respuesta es negativa.  Así que prevenido empiezo diciendo que “tomorrow”, lo que pasa que ese “mañana” mío en ingles el traductor lo convierte en “London” y así el joven, sin inmutarse me pregunta según el punto 4 de más arriba  si quiero ira “los campos de té de Londres.

Cuando ya está claro donde quiero ir le digo que quiero hacerlo en autobús y me dice que me enviará uno.  Le digo que no me envíe un autobús (no sé como pensaba hacerlo)  y entonces me contesta  que me mandará un taxi. Que tampoco.  Y como el robot y el joven ya no tienen más alternativas al final llegan a una conclusión que no me resuelve nada: “Coja el metro en la cercana estación”.

Piensa que cada vez hacemos el ciclo de más arriba.

De locos.

Y antes de volver a la habitación  le digo lo del papel higiénico, que es tan fácil como “toilet paper”.  Y él muy servicial  se agacha en el mostrador  y cuando pensaba que me iba a dar el rollo aparece con media docena de pañuelos de papel. Que no, que no.

Así que saca el teléfono y el resultado final del punto 4, o sea el de la comprobación de que lo que le he pedido se corresponde con lo que él (y su traductor) ha entendido es:  “¿Quiere un mapa?”.  Y claro, he soltado una gran carcajada que le ha sorprendido bastante.  Lo que pasa es que no me he atrevido a responderle lo que me hubiese gustado: “Sí, un mapa pero que sea de papel fino que es para  limpiarme el culo”.  Así que le he dibujado un rollo de papel higiénico  con las siglas mágicas “W. C.” y me ha dicho, también con el traductor, que me lo enviaría a la habitación.

Y allí estaba yo esperando a un botones sin saber si me traería  el esperado rollo o un bocadillo de albóndigas. Ha traído el rollo.

Pero el día no ha empezado mal pues hemos conseguido ir a Nanxun con un autobús que salía de la misma estación desde la que fuimos a  Wuzhen en nuestra estancia anterior en Hangzhou. Y aunque el autobús va medio vacío nos dan asientos separados. Una señora con la que habíamos “hablado” (o sea ella nos había hablado en chino y nosotros la hemos escuchado atentadamente, quizás por eso creía que le entendíamos aunque no dijimos ni una palabra) en la sala de espera y que también iba a la misma ciudad ha hecho levantar a un joven para que nos sentásemos juntos. Luego hemos coincidido en el viaje de vuelta y ella misma se había sentado en nuestros asientos, pero se ha levantado sin problemas, y se ha vuelto a sentar a nuestro lado. Seguramente nos quería proteger pues ha llegado un joven y le ha dicho que aquel asiento era el suyo y ella le ha contestado que se fuese a otro que había muchos libres. Vaya, todo imaginado, pero ese ha sido el resultado.

Lo que sucedió es que en este viaje de vuelta ha hablado con su hermana por teléfono como si su hermana no lo tuviese, lo que pasa es que ha sido tan amable  y se ha alegrado tanto de encontrarnos en el autobús de vuelta que no me he atrevido a herir sus sentimientos. Vaya, que hasta la he grabado un rato. Ya sabes, si quieres oír  como gritan las señoras de Hangzhou por teléfono te envío un resumen.

En dos horas llegamos a Nanxun y tienes la suerte de que la estación de autobuses está a unos 100 m de una entrada de lo que llama “Scenic area”, o sea un espacio con entrada controlada en el sentido de que te cobran la entrada, aunque para los mayores es gratis. Para los muy mayores. Sí que ha habido control de identidad para coger el autobús. Aquí no se escapa ni Dios.

Antes de salir vuelve a subir el policía, nos cuenta   y nos dice que nos pongamos el cinturón de seguridad.

En el viaje le echamos una ojeada a la guía  y nos damos cuenta de lo mucho que nos falta por ver de este país.

Hay varias pantallas y están proyectando vídeos con tres trozos borrosos. Imagino que serán copias piratas que intentan que no se vea su origen.

Y como solo hay dos autobuses de vuelta por la tarde nada más llegar compramos los billetes del último, que sale a las 5, pues imaginamos que esta ciudad dará mucho de sí.

Al salir de la estación se atraviesa un puente sobre el gran canal y de nuevo el paso de grandes gabarras cargadas justo hasta el borde de la borda. (Me gustaría evitar esta paronomasia, porque quizás haya una palabra náutica para ese “borde de la borda”, pero lo desconozco a no ser que sea la borda  la palabra, en cuyo caso he pecado de pleonasmo.  La clase de retórica es gratis).

Por la tarde cuando volvemos se cruzan las cargadas con una que va vacía y es tan grande la diferencia que Marisa cree que son barcos diferentes.  Y ya que estamos con la náutica:  en la vacía la obra muerta es enorme, en la cargada la obra viva ocupa todo el casco. (Creo que me he hecho un lío)

Y en 5 minutos llegamos a la ciudad vieja de Nanxun.

 

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