36. China 2019. 18 de abril, jueves. Decimoséptimo día de viaje. Crucero por el Yangtsé. Día 1. Segunda parte.

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A la hora esperada aparece un propio con una fotocopia de mi pasaporte y me pregunta por señas si yo soy yo. Y efectivamente lo seguía siendo.

Nosotros esperábamos una furgoneta que fuese recogiendo a los turistas por los hoteles pero vemos que es un servicio particular.

El  coche es un Citroën y compruebo que en esta ciudad hay bastantes coches de esta marca y muy nuevos.

Nos lleva al centro de cruceros donde hemos estado hoy y nos deja en una ventanilla. Yo confiaba que nos iba a dejar en manos de una azafata, guía, acompañante  o similar de esas que cogen a los grupos de turistas y los llevan de un lado para otro. Nada de eso, nos deja solos delante de la ventanilla y sin poder preguntarle nada al conductor pues no hablaba nada de inglés.

La joven de la ventanilla toma nuestros pasaportes  y después de un buen rato de mirar la pantalla, meter y sacar el documento de una máquina lectora de pasaportes me pasa su teléfono donde dice en inglés que ha habido un problema  con nuestro número de identificación (imagino que el pasaporte), que no se corresponde con lo que tiene ella  y que está llamando para solucionarlo.

Que nos sentemos en unos asientos que hay allí delante y que nos llamará. La cosa cada vez parece más complicada, pero es que en esta ocasión no vamos a nuestro aire como otras veces con todas las consecuencias que ello tiene, que vamos con un viaje organizado.

Esperamos y esperamos (inquietos)  y al final nos llama y nos da dos papelitos, que he supuesto (aquí supones mucho) que es el número de asiento del autobús y nos dice que vayamos a los sillones verdes de la sala contigua y que ya nos llamarán.

Y allí llega la primera (o la enésima) sorpresa: no hay ningún extranjero excepto nosotros dos y un coreano, pero que parece chino. Lo de coreano es que le vi el pasaporte cuando se lo entregaba a la señorita de la ventanilla. Que yo tampoco los distingo.

Pienso que en cualquier momento llegará una furgoneta cargada de australianos,  pero seguimos siendo Marisa y yo los únicos raros.

Claro, deduzco, es que los extranjeros vienen con paquetes contratados desde su país y los llevan directamente del hotel al barco.

Al final nos llaman,  pero como no nos enteramos se dirigen a nosotros para decirnos que siguiésemos a aquel grupo chino, incluido el coreano. Como le he oído que hablaba chino con la joven de los pasaportes decido que nos pegaremos a él y de esta manera saldremos airosos de lo que se nos presenta por delante. Pero no, él va con otro barco  aunque sí con el mismo autobús.

Y me percato que ser oriental con los ojos rasgados puede ser un problema en China, porque con nosotros enseguida se percaten de que somos extranjeros, pero si eres japonés, ¿cómo saben que no les entiendes nada?

Mi amigo Hiro, japonés él, dice que  sí distingue a un chino o un coreano de un japonés, pero no estoy seguro de que eso lo pueda hacer  toda la gente. Además él ha vivido en China y en Corea.

Total que subimos a un autobús y vamos hacia… pues no teníamos ni idea, pero imaginaba que hacia el barco porque eran las seis y media  y el crucero,  según la somera información proporcionada por Jack, empezaba a las seis de la tarde.

Y como estás en la orilla del rio Yangtsé y vas a hace un crucero por ese  río piensas que aquel autobús te llevará al puerto para embarcar en 5 ó 10 minutos.

La azafata da una serie de explicaciones para el pasaje, de las que evidentemente no entendemos nada. Luego pasa y pide a todo el mundo que se abrochen los cinturones así que  serán más de esos 10 minutos. Vuelve de nuevo y me enseña su móvil: ”Llegaremos en 90 minutos”. A ver si hemos comprado un crucero de los que  me ofrecieron con parte del recorrido en autobús…

E hizo muy bien porque si no hubiese estado preocupado suponiendo que me había equivocado. Pero no, llegamos a un embarcadero y allí nos distribuyen según el barco al que vamos.

Delante de nosotros la “Ballena Azul”, “Blue Whale”, repleta de australianos y californianos. Pues no, todos chinos. Resulta que hemos comprado un “Luxury Cruise”, pero de chinos.

Nos recibe una encantadora joven, Susan, que nos da la bienvenida y nos explica un montón de cosas de las que entiendo la mitad.

Por ejemplo, estaba preocupado por el agua, pues una vez alguien me explicó que  había hecho un safari por África y que todo estaba bien, pero que las botellas de agua las cobraban como si fuesen de la “Veuve Clicquot”, pues aquí tienes 4 botellas de un tercio en la habitación, te dan dos más cuando llegas y te las reponen cuando te las bebes. Además hay un gran termo con agua caliente para tus infusiones (y si eres oriental para beberla así, caliente) y si se acaba llamas por teléfono y te traen otro.

Temas propinas.

Jack nos dijo que todas estaban incluidas en el precio.  Cuando llegamos se lo pregunto pues he leído que hay que pagar 150¥ por persona. Y no me responde la guía sino el “manager”: están incluidas todas menos las de la guía. Quizás por eso se cambió de interlocutor.

Luego leo en la hoja de bienvenida que “Nuestra guía del crucero Susan trabaja de forma independiente del personal del hotel y de la tripulación y que los “gratuitys” (palabra que desconozco) se le deben dar a ella directamente”.

Esta hoja acaba con “¡El capitán Peg ha estado navegando por el río durante 27 años!” O sea que el pobre debe estar al borde del suicidio profesional, a no ser que empezase de remero y haya ido subiendo por la escala hasta llegar a capitán.

Y de nuevo Susan nos hace una recomendación: desconectar la megafonía de nuestra habitación pues están dando continuamente información en chino y eso sería mortal para nosotros. Esta última apreciación es mía, pero lo hacemos, vaya, lo hace una robusta “housekeeper” por el sencillo método de desconectar el cable del altavoz. Por cierto, que la pobre chica se llama “Bobo”, pero como no habla inglés no he podido explicarle lo del pingüino.

Primero tomamos posesión de la habitación (en adelante camarote): está muy bien, muy limpia, dos camitas y un balconcito y un cuarto de baño. Todo en 16,5 m², que sin baño, ni pasillo se quedan en 10,5m². No está mal, pero de “luxurious” nada. Ah, y una mesa, silla y sillón. Este que no falte.

Susan nos explica a continuación el programa general y en especial el de mañana que se distingue porque la diana es a las 6:15 y el desayuno a las 6:45. Ya veo que la vida del turista chino es más jodida que la de los cristianos.

También que el desayuno y la cena son de bufet, pero que la comida será servida en la mesa.

Mañana además hay dos excursiones opcionales,  una para ver una tribu y la otra para un ascensor. El precio de las excursiones, vista como está la vida en este país me  parecen caras, pero la guía nos insiste en que la del ascensor es algo muy especial  y aunque no acabamos de entenderlo y dado que estamos, vaya, sobre todo  yo, un poco atontado acepto esta última opción.

Así que con esta previsión de temprano despertar, empezamos el crucero con unos vecinos de camarote bastante gritones.

Siguiendo con nuestra costumbre hacemos las primeras fotos del lugar y al fondo la impresionante presa iluminada que ha dado lugar a este no menos impresionante embalse.

Entramos en el comedor y vacío tiene un aspecto magnífico y con un sorprendente letrero en la puerta: “Cuando cojas huevos, por favor, no cojas más de dos para poder proporcionar el mejor servicio”.

¿Serán los turistas chinos peor que los abuelos del IMSERSO en un bufet de Mallorca? Mañana lo comprobaremos.

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