48. Japón 2016. 1 de abril, viernes. Trigésimo segundo día de viaje. Tokio. Día 10.

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Hoy vamos a dedicar el día a visitar el Museo Nacional que como está en el parque de Ueno nos permitirá ver al personal festejando el hanami cuando vayamos y cuando regresemos. Y la primera impresión es de un Ueno ya lleno de gente que deja ver lo que será cuando salgamos del museo. Así ya van reservando su sitio en las cuadrículas marcadas al efecto.


Algún grupo de jovencitas “vestidas” de sakura. O eso creo, aunque quizás sea alguna maniobra comercial.


Y como siempre en Japón y más en la sakura fotógrafos y fotografías por doquier.


Conforme avanzamos por nuestro recorrido en Ueno más “parcelas” reservadas para más tarde. Una tiene incluso un zapatero para evitar el desorden.


Un letrero advierte de las normas de esas reservas:
1. En cada “parcela” dividida por las líneas blancas puede haber hasta 10 personas.
2. Si hay láminas de plástico en el suelo sin nadie se quitarán de allí.
3. Las reuniones se deben acabar a las 8 de la tarde.
Solo por este último punto me iría a vivir a Japón.


Claro que también alguna aprovecha la circunstancia para montar su pequeño negocio pero imagino que deben tener estrictas medidas de higiene o no es mucho el interés del personal pues solo hemos visto un par de esos puestecillos.


Veo a la primera tanqueta occidental pero Marisa me tiene prohibido fotografiarla y hablar de ellas. Así que como si no lo hubieses leído.
Y de esta manera llegamos al “Museo Nacional de Tokio” o “Tokyo National Museum” o “Tōkyō Kokuritsu Hakubutsukan” o más fácilmente TNM.
Es el museo (nacional) más antiguo del país, el más grande y uno de los más importantes del mundo. Y yo añadiría que es uno de los que más me gustan. Tiene más de 100 mil objetos pero con el buen gusto de mostrar solo unos pocos de ellos. Eso sí su exposición es una maravilla. Y no voy a describirlo porque repetiría todas mis observaciones generales de las crónicas de mis visitas de los otros años.


En esta ocasión estamos casi solos lo que hace todavía más agradable el recorrido.
Y de nuevo la señalética japonesa: le pregunto a un vigilante si puedo hacer fotografías y me contesta con una “X” con los brazos cruzados diciéndome que “flash” y con una “O” con su índice y pulgar con un “no flash okey”.
De nuevo las maravillas de la escultura indostánica. ¡Qué piezas y que bien está exhibidas!


Y también de nuevo me encuentro con la información sobre Otani Kozui de quien escribí en mi crónica del año pasado y del que te dejo el enlace para no repetirme a pesar de lo interesante del personaje. Y al lado para situar sus viajes y estas exposiciones un mapa de lo que era la ruta de la seda y al verlo te entran unas ganas locas de emprender un viaje semejante: sales de Roma y pasando por Estambul, llegas a Palmira y desde allí a Teherán y después a Samarcanda desde donde atraviesas Asia para acabar en Nara. Bueno quizás alguna de esas etapas no sea ahora muy recomendable pero habría otras alternativas.
También volvemos a encontrar un juego adivinatorio basado en las tabas (ver la crónica de año pasado) pero en esta ocasión hay una señora que nos muestra su manejo.


Por si la fortuna no te sonríe, la información dice que no te desanimes.
Y lo que sí hemos podido hacer por primera vez este año ha sido pasear por el precioso jardín que en otras ocasiones estaba cerrado. Y es realmente una maravilla aunque como ya ha avanzado la mañana no estamos tan solos como cuando hemos llegado al museo.


Pero de todas las maneras el personal camina por los lugares establecidos o se sienta en los bancos dedicados a la contemplación.


Un letrero con una paloma y un cuervo advierte al personal. Pero ni idea sobre el aviso.


En el jardín varias bonitas casas de madera trasladadas allí desde otros emplazamientos con letreros que te informa de su antigua ubicación. Así una era una antigua casa de té del palacio imperial de Kioto, donada en 1934 por la familia propietaria y con interesantes pinturas en su interior.
Realmente un precioso jardín y más estos días con la sakura en pleno esplendor y cuando un ligero viento sopla los pétalos imitan a la nieve.


Volvemos al museo para seguir nuestra visita, esta vez del arte japonés, y en un banco una pareja duerme plácidamente. ¿Te imaginas algo así en El Prado?


La exhibición de las piezas japonesas es igual de buena que las de la India y aquí son las pinturas de tipo mural las que más nos gustan. En esta época las que tienen que ver con la floración de los cerezos tienen una etiqueta especial que las distingue, es de color rosa y dice “Cherry Blossom Viewing at the Tokyo National Museum”.


Salimos el museo y regresamos a los paseos del parque de Ueno y nos encontramos con un acto que no sabemos qué es pero donde guapas jovencitas desfilan con vestidos tradicionales.


Ni que decir tiene que Marisa hace cientos de fotos especialmente a una de ellas que le posa complacida.


Los paseos están a rebosar de personal y en todos los lugares acotados hay grupos comiendo y bebiendo. Lo curioso es que muchos de ellos deben ser compañeros del trabajo que han venido vestidos así al salir de la oficina. Y los tienes a todos con sus camisas blancas, sus corbatas y sus trajes oscuros.


Claro que también hay otros grupos más juveniles, estos con menos comida y más bebida que los anteriores.


En cualquier caso la estructura del “banquete” es siempre la misma: un plástico azul en el suelo donde se sientan todos, excepto los que aprovechan los bordillos de los jardines, y unas cajas de cartón que hacen de mesas. Y siempre descalzos.


Y todo cubierto por los enormes y preciosos cerezos en flor.


Y también en el paseo grandes contenedores para dejar los residuos perfectamente clasificados: botellas de vidrio y de PET y latas, basura que se puede quemar y basura que no se puede quemar.


Y entre la multitud aparecen de vez en cuando alguna jovencita (siempre ellas) con un vestido típico y alguna de “moderna”.


Acabamos nuestro recorrido en el barrio de Ginza: derroche, lujo y derroche.

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