70. La India 2013. 2 de noviembre. Delhi. Día 2.

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Sorpresa matutina: de nuevo nos encontramos con Christopher. En nuestra breve conversación nos dice que le gusta mucho el Concierto de Aranjuez de Rodrigo.  ¿Pero has oído alguna vez a un británico pronunciar Aranjuez? Creo que les suena como “naranja” pues ha sido casi imposible descifrarlo: decía algo así como “oranges”. A no ser que sea que ese músico tenga también un “Concierto de las naranjas”.

Hoy va a ser el último día “hábil” para nuestro propósito pues mañana además de ser domingo será Diwali y no sé qué encontraremos cerrado o abierto.  O sea que a comprar como posesos. O como indios en Diwali.

En el desayuno le echo una ojeada al periódico;  en primera página: el 11% de los hombres ha tenido sexo en el coche. Luego veo que el estudio estadístico  se refiere a USA, ya me parecía a mí demasiado  en la India. Al escribirlo ahora me suena a mala traducción del inglés eso de “tener sexo”. Todos tenemos sexo. Y no sigo.

La única noticia sobre España, y ya me sorprende que haya una,  es de Brunete: parece que allí hay un control remoto de los perros de esa población. Lo curioso es que al llegar aquí busco la noticia en la web del periódico para poner el enlace y no la encuentro. Debí leerla en otro diferente del habitual, pero sí encuentro otra noticia sobre nuestro país y curiosamente se refiere también a los perros y a Brunete. Y no es la misma porque es del verano pasado. O hay un solo corresponsal  para varios periódicos indios y vive en Brunete o no lo entiendo.  Si fuese amigo de Penélope García, la gordita rubia de “Mentes Criminales”, le pediría que investigase si algún perro de Brunete ha mordido a algún periodista indio.

Una de las labores más delicadas estos últimos días es calcular el dinero que debes cambiar pues ahora ya no hay colchones posibles y debes procurar no quedarte sin dinero o hacerlo con demasiado.   A eso dedico mis conocimientos presupuestarios.

Mientras desayunamos  en nuestro barrio vemos pasar por la calle a jóvenes indios con cámaras réflex, lo que no es habitual, y menos todavía fotografiando  cosas que los indios jamás harían. Pienso que quizás pertenezcan a alguna escuela de fotografía pues a veces algo parecido sucede en Madrid. Y para saberlo nada mejor que preguntarlo: son de una agrupación fotográfica, “Delhi Photo Enthusiasts Guild”, DPEG, que se reúnen para hacer fotos de lugares de  esta ciudad o alrededores. Muy interesante. Marisa aprovecha para hacerles algunas fotos a ellos.

Este barrio me gusta porque a pesar de la gran cantidad de mochileros que hay no se ha transformado en un reducto de ellos (¿de nosotros?) y sigue manteniendo su característica de barrio popular indio.

Así encuentras el típico baniano transformado en altar hindú, peluquerías callejeras entre puestos de frutas o un joven indio muy moderno cortando cebollas mientras oye música por sus auriculares (por cierto no llora), y tiendas donde siguen vendiendo carbón.

Pero todavía es temprano para la vida de esta calle, la “Main Bazaar”, (¿por qué los indios escribirán “bazar” unas veces con una a y otras con dos como “bazaar”?), y está medio vacía.

Queremos ir a Chandni Chowk, en Old Delhi,  en metro. La opción más cercana resulta ser la más complicada pues la estación está pegada a la del ferrocarril pero en el otro lado y para cruzar hasta allí es muy complicado.  Vemos a soldados que deben estar trasladándose de un cuartel a otro y cargan con todos sus enseres incluidos los colchones. Ya lo había visto otras veces pero siempre me resulta chocante. ¿Es que no hay colchones en los cuarteles o es que lo llevan como las adolescentes cargan con su osito de peluche? Te recuerdo que en este país el ejército es profesional y no de leva.

Cuando llegamos a Chandni Chowk empieza a despertarse la calle lo que permite a algunos profesionales callejeros trabajar en las aceras pues el flujo de personal por ellas es  escaso. Así vemos a peluqueros y barberos, a vendedores  de “paan”…y los habituales “oficios” que esperan pacientes con sus herramientas que alguien les contrate.   Y algo  que siempre me cabrea: vendedores de grano para echárselos a las palomas de un jardín cerrado contiguo.  Será por un motivo religioso pero me sigue pareciendo un derroche inútil.

De vez en cuando aparece por la calle un gran carromato tirado por un impresionante buey.  Hoy van con manchas rojas, quizás sea  debido a la festividad de mañana.  Y en los laterales de la calle enormes carromatos cargados de forma inverosímil esperando su destino en algún almacén cercano. Al lado de ellos los mozos que los arrastrarán y alguno que se ha tomado un respiro y a pesar de la hora, aún no son las 11 de la mañana, parece echarse una siesta.


Y cuando llegamos a Khari Baoli la situación cambia: en las aceras es una locura de personal intentando comprar las cajas de frutos secos para regalar en Diwali y el centro de la calzada es un conjunto de gente vendiendo sentados en el suelo, por ejemplo flores y sus guirnaldas, puestos de cualquier clase de comida, algunas con aspecto muy apetitoso, bicicletas, motos y carromatos de toda especie y mozos de cuerda arrastrando pesadas cargas que atraviesan con afán esa calle de un sitio a otro. La vida en su mayor expresión.  Un producto nuevo: pequeños cacharros de barro sin cocer que serán lamparillas mañana en la fiesta.   Y una sorpresa: vendedores  de boniatos.  Yo a este tubérculo siempre lo relaciono con el día de los difuntos y resulta que hoy es 2 de noviembre,  precisamente ese día.

Khari Baoli acabará como un lugar de paso obligado en Delhi para cualquier extranjero pero todavía sigue siendo algo virgen aunque cada vez es más frecuente ver grupos de blanquitos transitando,  dócilmente dirigidos por un guía indio.

Regresamos a nuestro barrio y atravesamos de nuevo la estación de ferrocarril: el pasillo elevado sobrevuela los andenes y vuelves ver la multitud de pasajeros esperando pacientemente sus trenes.  ¿Sabes  cuanta gente se transporta la Indian Railways? Ocho mil millones de pasajeros anualmente. Yo creo que se han debido equivocar en el cálculo.

Vamos a comer a nuestro restaurante habitual. En una mesa cercana hay tres españoles de mediana edad: no pegan nada con el ambiente de este barrio. Resulta que son comerciantes que vienen aquí a comprar artesanía pero deben hacerlo en gran cantidad pues uno le cuenta al otro que el año pasado compró 200 mil pulseras.  Uno de ellos, con aspecto de “bon vivant”, parece encantado de estar en la India, pero otro se muestra cabreado: no le gusta nada y tiene que venir todos los años unos días por el “bisnes”.  Este país en esas condiciones debe ser horrible. Y encima se muestra carnívoro total, de esos de gran chuletón y solomillo. Peor todavía.

Volvemos al centro para acabar nuestras compras y cuando regresamos a Pahar Ganj ya están las calles engalanadas  y con muchos policías. Imagino que estarán muy preocupados de que pueda haber un atentado.

Mañana se acaba Delhi. Y la India. Y el viaje. ¡Qué pena!

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