
24 julio. De Delhi a Doha.
Esta mañana he aprovechado el tiempo que me quedaba antes de ir al aeropuerto para visitar mi antiguo barrio mochilero de Paharganj.
Hacen solo 32ºC, pero con una sensación de 40ºC y una humedad del 83%, o sea que sudando a chorros.
El barrio ha cambiado y aunque veo a algunos jóvenes occidentales no es como antes y hablo con un conductor de rickshaw que me lo confirma. Así hay nuevos hoteles en construcción donde había otros pequeños establecimientos y han cambiado de nombre restaurantes muy conocidos en aquel entorno.
Desde allí bajo hasta mi antigua residencia del centro de peregrinos de Sri Lanka donde pasé un mes entero, no como peregrino, sino como estudiante de inglés en el British Council. Y la alegría de encontrarme con algunos de los antiguos empleados de entonces con los que comparto un té y algo de sus vidas con la limitación del idioma.
En el pago de la factura del hotel utilizo la técnica de emplear todas mis rupias (excepto un remanente para el próximo viaje) y el resto pagarlo con la tarjeta. Así que me quedo limpio de la moneda local.
Desde el hotel hasta el metro andando y desde allí al aeropuerto, mucho más seguro que con un taxi e igual o más cómodo pues es una línea especial de metro: en 45 minutos desde el hotel llegamos al aeropuerto.
Allí primer control antes de entrar por un agente de mi querido CISF que comprueba que tienes billete y tu pasaporte. Hace años había un límite de 3 horas para entrar en el recinto y si llegabas antes, cosa que ocurría cuando nuestro vuelo salía por ejemplo a las 3 o 4 de la madrugada, te hacían esperar en un barracón hasta la hora prevista.
Después el proceso ya sabido de facturación, control de emigración, personal y de equipaje de mano.
El aeropuerto de Delhi, aunque no tiene los lujos orientales del de Doha, sí tiene una maravillosa tienda de tés.
También en el aeropuerto una “sala de rezos” con un letrero en la entrada con las normas.
Y por fin el vuelo de Delhi a Doha en este caso de nuevo con Indigo, donde nada más salir nos sirven un triángulo “non veg” de una pasta picante que debía tener pollo (por lo de “non veg”) y una cajita muy mona con una bolsita de galletitas que picaban como un demonio y un tubito de zumo de mango.
Al llegar a Doha descubro que la persona sentada detrás de nosotros es una gallega que viene de un curso de meditación y yoga en Rishikesh y que se ha enterado de toda la conversación que hemos mantenido mi nieto y yo.
¡Hay que tener cuidado pensando que nadie te entiende!
El aeropuerto de Doha sigue sorprendiéndome cada vez con espacios que no conocía y que son algo fuera de serie.
Hemos llegado a las 7 de la tarde y saldremos para Madrid a la una y cuarto de la noche así que tenemos más de 6 horas por lo que después de esos paseos buscamos y encontramos una “quiet area” para descansar.
Hay de dos tipos: una “familiar” y otra solo para hombre o mujeres. Te recomiendo una de estas últimas pues las primeras tienen una iluminación normal y puede haber niños y madres atribuladas y las segundas son silenciosas y apenas tienen luz.
Para mí ha sido un descubrimiento fenomenal pues he dormido como un tronco en uno de sus sillones hamaca hasta que me he despertado con el reloj, pues sin esa alarma y mi nieto, que no ha dormido, me habría quedado en tierra.
En el vuelo de Doha a Madrid vuelvo a dormir durante toda la noche hasta que nos despiertan para un suculento desayuno.
Y con el tren regresamos a Fuenlabrada y desde allí sin perder un segundo con el coche a Alcañiz.
Se acabó el viaje.
Acabaré estos relatos con algunas de las informaciones que he ido recogiendo durante el viaje.
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