
Horas de incertidumbres sobre este vuelo hasta el momento final, pero ya estamos en el avión.
Más incertidumbres tendrá esta joven que se casa en Cehegín, un precioso pueblo de Murcia, y a la que ninguno de los varios fotógrafos “oficiales” pensó en tomar esta foto y eso que ahora son más importantes que el sacerdote que administra el sacramento.
Este día ha comenzado para nosotros a medianoche pues cuando hemos ido a hacer el embarque hemos encontrado de nuevo a Étienne, el joven senegalés que nos ayudó con los billetes, y nos sorprende diciéndonos que nos ha conseguido dos asientos juntos y con un pasillo pues nos los ha cambiado por los de las “piernas largas” que teníamos, para alguien con un niño pequeño.
Le despido con una frase que aprendí en francés del bachillerato, “baccalauréat”, y que imagino totalmente en desuso hoy: “Enchanté de faire votre connaisance ”. Se ríe y me da la mano.
Por ahora todo se va resolviendo bien.
Nos ha tocado en la parte central trasera de un avión con los asientos 2+4+2.
Nosotros habíamos comprado uno de esos “2”, pero bastante tenemos con haber podido embarcar ahora. Además, hemos tenido la suerte de que los otros dos asientos de los cuatro están vacíos así que me muevo al otro contiguo y de esta manera dejando uno vacío entre nosotros será más cómodo para pasar la noche. Y de repente uno de los que estaba detrás de nosotros se sienta en el extremo vacío. Pues va y se cabrea como un mono: “No entiendo qué haces, yo me he cambiado porque mi padre y mi tío que están detrás están gordos (emplea otro eufemismo) y así pueden estar mejor”. “Pues yo también me he cambiado para que mi mujer este más cómoda”. Y va y me contesta que lo que he hecho es un “absurdo”.
Me ha dejado tan descolocado con el razonamiento y su calificación que no he sabido qué contestar. Hacemos los dos lo mismo y lo suyo está bien y lo mío no.
Pero los dioses de los aires protegen a los buenos y aparece una joven que tenía ese asiento ocupado por el familiar de los gordos y este debe regresar con sus obesos parientes y yo sigo con mi asiento vacío entre nosotros (intentando no sonreír).
Y mejor todavía.
Le había comentado a una azafata que nosotros habíamos comprado la “selección de asientos” en la zona de “2” pero que nos habían cambiado el vuelo y hemos acabado allí. Pues bien, antes de despegar y después del rifirrafe con los «fuertes» me dice que nos ha conseguido un par de esos asientos y que nos podemos cambiar allí.
NB
Yo tenía un buen compañero de trabajo que además de medir dos metros era gordo y contaba que le encantaba comprarse la ropa en El Corte Inglés porque allí las vendedoras le decían que él no estaba gordo que estaba “fuerte”.
La verdad es que había un grupo de jóvenes azafatas y azafatos (“puto genérico con discapacidad” que diría Millás) que volvían de vacaciones y debían tener los asientos separados y las de este vuelo, que los conocían mucho por las muestras de afecto que vi, se encargaron de pedir a otros pasajeros que se cambiasen para colocar a sus amigos y de rebote tuvimos suerte.
Así podemos contemplar la salida del aeropuerto y ver la increíble ciudad iluminada.
Estamos muertos de sueño, pero no podemos dormir todavía porque nos van a servir una cenilla. Y tras ella, donde había por primera vez como plato fuerte una hamburguesa, dormimos hasta que nos han servido el desayuno casi llegando a Madrid: un bocadillo de queso recién salido del congelador.
Realmente debíamos estar muy cansados pues los dos hemos dormido como lirones.
Llegamos a Madrid a la hora prevista, incluso un poco antes, y nos dicen que hace 4ºC, lo que contrasta con el tiempo primaveral que hemos dejado en Delhi o el casi veraniego de Bombay.
Y quizás este temor a la inmigración ilegal que se está extendiendo por Europa haya hecho que nada más salir del avión se hayan colocado media docena de policías que miraban los pasaportes y que ya tenían retenidos a media docena de pasajeros.
Y toda la rapidez del viaje se derrumba cuando llegas a la recogida de equipajes: una media hora han tardado en salir los nuestros, que ya pensábamos que con el cambio de billetes en Doha las nuestras estarían en el limbo maletero a pesar de que Étienne cuando le conté mi inquietud por ese tema me dijo que él personalmente se había encargado de cambiar las maletas de vuelo: se sabía nuestros nombres y el peso de cada una.
Con el tren regresamos a casa, pues no hemos querido decirle a nuestro hijo lo del cambio de vuelo para evitarle el madrugón.
Se acabó la India y empieza España. Bueno, no empieza, sigue.
Fe de erratas. (Nunca pensé que podría escribir este sintagma).
Había escrito que “el sacerdote que administra el sacramento” del matrimonio.
Pues no, que en este caso los oficiantes (“ministros”) son los propios contrayentes y el sacerdote es un mero testigo, aunque parece que necesario.
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