
Por la calle del centro de Salta, estampas de otra Argentina, que no se veían en el centro de Buenos Aires o Mendoza, como motocicletas con toda la familia
o cargadas como en la India (un poco menos, todo es un “poco menos” que en la India).
Entramos en la oficina provincial de turismo y allí un joven Matías nos informa, pero sobre todo hablamos de España y de que le gustaría volver allí, pues visitó Barcelona y Cadaqués, pero quiere conocer Madrid.
Y de nuevo el “síndrome de Corea”, porque allí también nos encontrábamos gente amable y quizás interesante, pero sin posibilidad de este tipo de conversaciones.
Y lo mismo me pasa en el mercado central: no es un mercado espectacular y menos desde el punto de vista fotográfico, pero charlamos un rato con un señor que tiene un puesto de hierbas medicinales y de queso, porque entre las diferentes hojas secas vemos unas que pone “borraja” y le pregunto por ella.
Resulta que no conocía la borraja como la reina de las verduras, vaya, ni como reina, ni como verdura. Y esta que vende él es silvestre, que aquí no la cultivan. Tampoco sé si es exactamente la misma planta, aunque por su descripción parece que sí.
También tiene un sobre de hierbas con la etiqueta “llantén” y es una especie de “bálsamo de fierabrás”, pues cura todo, no como la borraja, que solo es para el “respiratorio”.
Y el señor aprovecha para explicarnos por qué el queso de cabra que vende él es mucho mejor que el que venden en los otros puestos: sus cabras son del altiplano y las otras no. Incluso nos da a probar un trozo. La verdad es que tendría que haberle pedido una “cata a ciegas”, para comprobar cuál es el mejor.
Una conversación muy interesante.
En uno de mis viajes por el interior de Turquía estuve en un mercado de quesos: ¡qué hubiese pasado si hubiera hablado turco!
Precio de los huevos en el mercado: 500 pesos una docena, algo más de un euro.
En un poste del mercado una pegatina especial: “Fundación Neuronas de Amor”. Bonito nombre.
Y al volver a las calles nos encontramos con la estampa más curiosa de todo el viaje, más que el Aconcagua incluso: una joven con una tarta.
Vemos que una señora le entrega una tarta a ella y le pregunto si es para un cumpleaños, pues en Bariloche asistimos a una verdadera procesión de invitados a una fiesta de estas de un niño y todos acudían con algún presente, especialmente tartas y dulces caseros.
La joven me responde que la estaba comprando ahora y que el cumpleaños es el de su marido que la espera sentado en una moto allí cerca.
Así que coge la tarta y se monta en la moto, pero es que la tarta es de pura crema y encima la base era de un cartoncito flexible que hacía todavía más inseguro el equilibrio.
Le digo que en el primer frenazo le echará la tarta al novio por la cabeza y se echa a reír.
Los vimos marcharse, pero no creo que llegasen al final incólumes.
Un letrero en una tienda de algo que ya no debe existir en España: “Talabartería”.
Nosotros usamos la palabra “talabarte” para designar algo que no sirve para nada, pero por si acaso busco la palabra en el DRAE: “pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o sable”.
Así que está claro, pues ese correaje ahora no sirve para nada y lo confirmo en un “diccionario de aragonesismos”: “armatoste, mamotreto, trasto”.
Claro que no es que aquí se dediquen a hacer o arreglar “armatostes”, que un “talabartero” también es un “guarnicionero” y eso sí lo he visto en España.
En un edificio estupendo hay un letrero que me asombra: “Instituto Superior del Milagro”. Y a pesar de que por su título parecería algo del tipo “El nombre de la rosa”, vaya de la baja edad media, tiene una frase de apoyo que me deja estupefacto: “Educar para el siglo XXI”, y eso que yo creía que los milagros eran lo menos científico del mundo… a no ser que se refieran a que educar ahora es un “milagro de clase superior”.
Una de las cosas que enseñan es “Análisis de Sistemas” y yo que he sido técnico de sistemas durante casi toda mi vida profesional, te puedo asegurar que no asistí a ningún milagro, aunque a veces parecía qué algo funcionaba por intervención divina, pero luego todo era cuestión de bites y de bytes.
Y otra sorpresa: la “Iglesia de San Jorge”, que además de tener una magnífica representación de este santo (que tango gusta de fotografiar a Marisa, que hasta tiene una carpeta dedicada a él) luce en su frontispicio una frase en árabe.
Tendré que investigarla.
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