10. Georgia y Turquía 2014. 11 de marzo 2014, martes. Quinto día de viaje. De Estambul a Tiflis. Segunda parte.

by

Amanece con lluvia en las orillas del mar Negro y enseguida estamos en la frontera.

Hace tiempo que no pasaba una frontera terrestre con control. Creo que la última vez fue desde Tailandia a Camboya. Aquí está todo muy ordenado, pero siguen un procedimiento muy curioso.

Llegas a la frontera turca y bajas del autobús, pasas el control de pasaportes turco y llegas delante de un gran edificio donde ya aparecen los caracteres del alfabeto georgiano. Además parte del edificio es de los de “obra inútil”: mucho diseño, pero que no sirve para nada.

Parece que los gobernantes georgianos están enamorados de los arquitectos.

Pasas el control de pasaportes georgiano  y afortunadamente nosotros no necesitamos visado para entrar  en este país.

Allí coges un carrito como de súper y cargas tu equipaje en él. Entonces compruebas que el personal del autobús son georgianos que regresan a su país y van cargados de paquetes,  la mayoría envueltos en sacos de plástico.

Atravesamos unos largos corredores y llegas a una cinta donde escudriñan los bultos a través de un escáner.

Y ya estás en Georgia con tu equipaje y solo debes  esperar a que pase tu autobús, sin sus pasajeros, ni su equipaje.

Pero el nuestro no pasa. Parece que controlan todos los vehículos, pero otros autobuses que llegaron más tarde pasan y el nuestro sigue ahí en inspección.

Dos horas estuvimos con el paso de la frontera. Y eso que apenas había circulación.

Aprovecho para cambiar, pues no llevo ningún lari y los necesitaré si paramos en el camino o cuando lleguemos a Tiflis y tengamos que coger un taxi para ir al hotel.

Las diferencias son notables: el más cercano a la entrada  a 2,10 laris por euro, un poco más allá a 2,22 y si caminas un poquito y giras una esquina  2,35, un 12% más.

La última ciudad turca es Hopa y la primera georgiana Sarpi. Salimos de allí a la 10:30.

2014. De Estambul a Tiflis.

Novedades.

Hay una oficina de turismo con un jovial empleado, pero solo tiene información de Batumi, la “Benidorm” de Georgia.

Todos los taxis que esperan a los viajeros son Mercedes y todos los varones  tienen unas respetables narices. ¿Será la nariz caucásica o solo la georgiana?

Me hubiese gustado saber el motivo de tan larga demora, pero allí nadie hablaba inglés excepto los “Twenty minutes” de la azafata.

Logro “hablar” con el joven que está al otro lado del pasillo. Solo consigo entender que es azerí (de ahí quizás que tenga una nariz “normal”) y que vive cerca de Tiflis. Viaja con su madre y en una parada que hacemos para comer nos invita a que compartamos la mesa con ellos pues está todo lleno.

En la carretera va delante de nosotros un buen rato un camión turco y en los salpicaderos que lleva detrás de las ruedas está escrito “El Burgo de Ebro. Zaragoza”.

Georgia en todo el recorrido está completamente verde con las casas algo deterioradas, como de alguien venido a menos. 

Me sorprende ver gente vendiendo escaleras de mano y sillas hechas de bambú, pero es que hay algún bosquecillo de esas cañas por allí. Bastante extraño.

Y ya no se ven mezquitas, pero sí  iglesias cristianas.

Y el sol aparece al fin. (Que no lo relaciono con la observación  anterior).

Todas las casitas son iguales: cuadradas, de dos plantas, con un tejado de uralita o de chapa a cuatro vertientes con una escalera exterior para acceder  a la segunda planta que suele dar a una gran galería descubierta  y muchas veces con  otra cubierta y la fachada  que da al norte sin ventanas y recubierta, como el tejado,  con uralita o chapa metálica.

Las más antiguas tienen una gran galería acristalada de madera  y otra abierta orientada al sur.

Los pueblos casi se pegan el uno al otro, pero no hay grandes núcleos de población excepto Batumi, la segunda ciudad más importante, que atravesamos y  Kutaisi,  la tercera población,  pero lo que se ve es bastante feo.

Paramos a las 14:20 para comer y aquí sí te cobran el acceso a los lavabos: medio lari por persona. A cambio la comida es muy barata, aunque andamos bastante despistados con los platos.

En la carretera veo una tienda que dice “enoteca” y es que estamos en el país que descubrió el vino. O eso dicen ellos.

2014. De Estambul a Tiflis.

Y de nuevo vuelves a comprobar que el georgiano tiene un alfabeto imposible.

El país está cubierto de antenas parabólicas.  En muchas casas hay  dos y a veces incluso tres.

Y descubro que además de los abundantes Mercedes también quedan muchos “Lada”, imagino que de la época soviética.

En la carretera de vez en cuando vacas sueltas.

Y bastantes árboles floridos a los lados de la carretera y cuando están diseminados en la laderas de las montañas producen un extraño efecto de moteado blanco.

Un letrero dice que a Teherán 1294 km. Estas informaciones hacen soñar mi espíritu viajero. ¿Habrá algún autobús que vaya desde Tiflis hasta allí?

Como llevamos tanto retraso temo que el dueño de la “guesthouse” crea que no vamos.

Le pido a la azafata si puede llamarlo. Lo hace y eso me tranquiliza. Y así al final llegamos a la estación de Ortachala en Tiflis. Un taxi y al hotel.

Nuestro alojamiento es bastante difícil de encontrar, pues está en el casco antiguo de la ciudad  y no tiene ninguna indicación de tal,  además de que como dice la guía al ponderar lo bien que están las habitaciones “Todo en un increíble contraste con su ruinoso exterior en este edificio de 1860”.

Pero nuestro taxista es muy listo y nos deja en la puerta. Allí nos encontramos con Irakli, todo un personaje, el joven dueño del lugar.

Tomamos posesión de la habitación, pequeño descanso y nos vamos a cenar. Feliz encuentro con la cocina georgiana.

Sobre el viaje en autobús.

Hemos viajado en la compañía Metro, una de las más grandes, o la más grande, de Turquía.

2014. De Estambul a Tiflis.

En nuestros viajes anteriores por ese país en cada parada  cuando regresabas al autobús te regaban las manos con colonia y luego te daban un té o un “tres en uno”. Ahora han eliminado la colonia.

Los conductores de autobús ejercen una poderosa atracción sobre las señoritas.  Y eso ya lo tengo comprobado en los urbanos de Madrid. Ahora los cojo menos  (en Méjico –no asustarse- “los tomo menos”), pero cuando trabajaba allí  y los cogía (tomaba)  todos los días era frecuente ver a una señorita situada al lado del conductor con el que hablaba animadamente.

En este viaje, con tres conductores, ha sido constante. Ha habido varias señoritas que han estado charlando y una de ellas, por lo menos, coqueteando con uno u otro.

¿Qué tendrán de especial, además de llevar uniforme y gafas de sol encima de la frente?

Etiquetas: , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .