Apuntes del pasado/4.

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El rencor por el aislamiento iba en aumento cada día Los pocos que salían de casa apreciaban que las cosas no eran como se contaban. Las calles estaban desiertas en muchas zonas pero en otras muchas no tanto; éstas se vigilaban más y en ellas se ponían más multas y había más enfrentamientos. Como es lógico eran barrios en los que vivían personas más necesitadas, que se ganaban el sustento día a día y que estaban sin ingresos por el parón laboral que había arrasado toda actividad precaria y toda la economía sumergida que en la España de 2020 era un porcentaje no despreciable. Aun contando con que la prohibición era extrema y que se aplicaba sin ninguna flexibilidad, quien observaba con finura apreciaba una realidad cambiante.

Fuese por ayudar a parientes o extraños, por amor filial, por solidaridad, por ganarse imperiosamente la vida o por un celo similar al de los gatos algo cambiaba, en especial por las noches. Igual que no había recursos suficientes en la Sanidad, tampoco había recursos suficientes para el control social en quienes de forma machacona eran denominados como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, aunque algunas no se consideraban de ese Estado sino de otro más republicano o más suyo. Quien miraba con mucha atención los coches aparcados en las calles a primeras horas de la mañana veía cambios, sutiles, pero cambios; es difícil estacionar un vehículo en el mismo sitio exacto en el que estaba ayer por la noche aunque te hayan guardado el mismo hueco. Hubo un día de los primeros en el que fué más evidente en Madrid porque nevó por la noche y la mínima capita de nieve de los más dejó a la vista la desnudez de los pocos que estaban limpios.

Otros casos despertaban la misma suspicacia. Los perros eran una fuente de trampas cotidianas. Sus dueños estaban siempre más tiempo del necesario para sus necesidades evacuatorias; se sustituyó la población de paseantes habituales de edad avanzada por personas más jóvenes, en un mínimo favor intergeneracional; era frecuente ver dueños de perros hablando a cierta distancia, superando los espacios ajardinados y yendo mucho más allá para volver después como si hubieran tenido un olvido, dando pequeñas vueltas antes entrar con los perros a su espacio; saliendo muchas más veces que antes de la pandemia.
¿Que decir de los estancos? ¿Que grupo de presión convenció a quién de que la adicción al tabaco era más respetable que otras adicciones? Hubo casos en los que ¿responsables? afirmaron que la cerveza no era de primera necesidad y cierto que no lo es. La ridícula y discrecional prohibición de consumir ciertos productos y no otros formó parte de la panoplia de aspectos que cualquier poder ilimitado crea cuando busca el bien ajeno. ¿Porqué los estancos y no las mercerías, ferreterías, tiendas de bricolaje y de juegos de mesa tan esenciales en forzosa inactividad?¿Porqué sí un cartón de Marlboro y no una botella de la ginebra preferida o del caro Macallan quien pueda y quiera permitíselo que tienes que ir a comprar andando mucho más lejos porque no lo hay en las tiendas cercanas?
A pesar de que las trampas eran evidentes no hubo ni grandes enfados ni grandes diatribas contra ellas, en parte porque por el típico carácter de “yo lo haría si pudiese” y en parte porque cuando se paraban a pensar eran conductas inofensivas que no deberían haberse prohibido en primer lugar sino haberse regulado con más finura, con más rigor y con más libertad. Por ejemplo, no se reguló el uso de las aceras de forma que los que salían podían encontrarse personas en su acera en sentido contrario lo que tenía una fácil evitación. Y a pesar del poder omnímodo del llamado “mando único” y de las infinitas reprensiones casi infantiles contra quienes salían de su domicilio para ir a otra vivienda, tampoco se dijo que el vehículo podría ser confiscado lo que habría parado las salidas de inmediato. Las muchas reprensiones crearon en muchas personas y cargos públicos la idea de que era justo que su calle, su barrio, su aldea, su pueblo o su ciudad pudiera cerrarse contra los forasteros que ellos definiesen sin que hubiese más razón objetiva que la de venir de fuera, esa que algunos de esos mismos puristas habrían aborrecido en ocasiones anteriores. Más aun daban que pensar las alegres imágenes de otros países que lidiaban con el virus de maneras varias en cuyas calles los jóvenes corrían y se sentaban en los cafetines que estaban abiertos o tomaban el sol sin que su conducta elevase la mortalidad.
Todos los espíritus se sumieron en la autocensura más sorprendente. Cuando más había que gritar solo se escuchaba el aullido de las cotorras argentinas. A principios de abril, cuando ya era evidente que la miseria se apoderaría de nuestras vidas, unas cuantas voces de ancianos comenzaron a escucharse muy tímidamente porque ningún medio importante quiso ser su altavoz. La primera y un tanto escandalosa fue la de un grupo de cuatro ancianos cercanos al histórico PSOE, alguno de ellos con carnet al corriente de pago que publicó un manifiesto contra el confinamiento lleno de ira, pero argumentado que no se discutió con argumentos sino con el silencio más implacable. Se supo que muchos de quienes lo habían recibido de sus autores se negaron no a apoyarlo, sino ni siquiera a distribuirlo por un sentimiento de “unidad” y fue fácil de sepultar con el sambenito de que los autores eran “fachas”.

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