29. Hong Kong-Macao-Shanghái. 2018. 2 de abril, Lunes de Pascua. Decimocuarto día de viaje. De Hong Kong a Macao. Primera parte.

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“Lunes de Pascua”,  aunque antes era “Lunes de Resurrección”, que todos sabíamos quién había resucitado, pero ahora nadie sabe quién o qué es eso de “pascua” además de unas islas y un lugar donde hay huevos. Y para los que éramos niños en la prehistoria también tenía relación esa palabra con el tercer mandamiento de la “Santa Madre Iglesia”: “Comulgar por Pascua Florida”. Aunque nadie entendiéramos qué era eso de la “Pascua Florida”, ni los padres escolapios tuviesen interés en explicarnos su significado. Era así y ya está: “Pascua Florida”. Y “Florida” con mayúscula.


Ultimo desayuno en Hong Kong y despedida de ese albergue donde tan bien hemos estado.

Vamos a ir de Macao a Hong Kong en barco y hay dos sitios desde donde ir y dos a los que llegar.
En nuestro caso la llegada está clara: “Outer Terminal”. Pero la salida más cercana a nuestro hotel no es sin embargo la más adecuada para llegar en metro y así en la recepción nos recomendaron, y yo te recomiendo a ti, la que está en la estación de Sheung Wan.


Al llegar a la estación del ferry aquello parece muy caótico, pero creo que es solo porque cuando hay muchos chinos te da la impresión que es un caos, pero realmente todo funciona muy bien.

Y una tienda de bebidas con un montón de cajas de diversos “châteaux”. ¿Tanto les gusta el vino francés o es solo una forma de llamar la atención? Vaya, eso que llamáis ahora “postureo”.

NB.
El ABC define el postureo como “un deseo de reflejar, de manera gráfica y pública, una existencia llena de vivencias apasionantes o momentos para recordar, aun cuando ésta no sea real”.
Pues eso.

Las salidas son frecuentes y cuando vas a embarcar te colocan un sello en el billete con el número de asiento. Yo pensaba que aquello sería libre y que te moverías a placer por el barco, pero no es así: todo el mundo va sentado en su sitio e incluso hay cinturones de seguridad tipo autobús y también, como en estos, no se los pone nadie.

Y en 60 minutos llegas a Macao.
Aquí tienes que pasar de nuevo un control fronterizo y aunque no te ponen ningún sello, como tampoco hacen en Hong Kong, te dan un papelito en el que dice que te puedes quedar hasta 3 meses pero sin trabajar.

Para este trámite se forman largas colas, pero de nuevo una deferencia para los mayores: una cola especial para “Deficientes, 65 anos o superior”. Y es que estamos ya en “territorio portugués”. Todos los letreros oficiales están en ese idioma además el chino, y como luego comprobaré generalmente también en inglés.

En Macao hay dos lugares en que alojarte: la península, donde estaremos nosotros, que es la parte histórica, y las islas, donde están los grandes casinos. Y digo “grandes” y debería decir “muy grandes” pues esta ciudad es famosa en el mundo entero por el juego.
Según Wikipedia “la industria del juego en Macao es la más grande del mundo, una siete veces mayor que la de Las Vegas.

Leo en un informe que en 2016 la ciudad recibió unos 31 millones de turistas, 48 veces la población de residentes y eso en un área de 30 km². Eso sería como si en España recibiéramos unos dos mil millones de turistas. ¿Qué te parece? Pues la mayoría, vaya, todos menos Marisa y yo, vienen aquí a jugar.
Así que ya te lo puedes imaginar: hay casinos por todos los sitios. De esta manera en mi búsqueda de hoteles encontré uno a través de una página de alojamientos que resultó ser un casino.

En cuanto sales de la estación del ferry todos los viajeros nos dirigimos a buscar nuestro “shuttle bus”. Y quizás haya otro sitio igual, pero yo no lo había visto en la vida: todos los hoteles tienen una parada propia de autobús y hay muchísimos. El nuestro debe ser pequeño porque solo envía un microbús cada 30 minutos y estamos 6 u 8 pasajeros, pero hay algunos con enormes colas y grandes autobuses.

La llegada al hotel es de esas de “¡Aaaaahhhh!”.


Un enorme vestíbulo con muchos botones disfrazados de botones, 6 señoritas en la recepción y todo dorado.

Nos dan una habitación en el piso 16 y la vista es algo horrible así que despliego todos mis encantos y nos la cambian por otra en el 22. El último, pues en la 23 solo está la “suite presidencial”, la piscina y el gimnasio, y en la 24 las oficinas.
Y la habitación de acuerdo con los estándares de lo que los turistas chinos esperan. Imagino.


Una habitación enorme, con una televisión enorme (pero sin espejos en el techo como los coreanos) y con todas esas cosas que confías que te pongan. Y la vista sin ser paradisíaca no está mal. Y además se ve el mar a lo lejos.
Para que me entiendas mejor: desde la puerta hasta la ventana hay más de 10 metros y la superficie total es de 38 m², incluyendo pasillo y cuarto de baño. Este dispone de ducha y bañera separadas. No está mal, ¿verdad?

Solo tiene un problema: la habitación está helada y aunque yo acabo de dejar el resfriado, Marisa lo sufre todavía y no hay manera de parar el aire acondicionado; bueno el aire frío sí, pero me han explicado que siempre entra aire para renovar el ambiente. Total que sigue siendo fresco aunque la temperatura en esta ciudad va de 20 a 26ºC.

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