50. Nueva Zelanda 2017. 13 de octubre, viernes. Vigésimo quinto día de viaje. Desde Dunedin a Auckland.

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Empiezo a escribir la crónica en el avión y me sorprende que nos den algo de beber y de picar siendo un vuelo corto y no caro. Siempre pienso que todos son como los rácanos de Iberia (¡Vergüenza eterna!) y parece que no.

 

NB

Vale, vale, que tampoco es la fotografía del refrigerio de este vuelo, que es una cena en Suncheon.

Hoy madrugón, madrugón.
Cuando salimos a la calle está empezando a clarear el día. Como estamos en la parte superior de una colina vemos un precioso resplandor por encima de parte de Dunedin a lo lejos. Si no fuera tan jodido madrugar a estas horas sería una maravilla hacerlo todos los días para ver el amanecer. Cuando trabajaba en Barcelona veía amanecer sobre el Mediterráneo muchos días del año en mi viaje diario en tren. Pensarás que no es posible dado que varía la hora de salida del sol, pero es que también se adelantaba en verano la hora de comienzo del trabajo. Y era una maravilla. Pero aquí, en Dunedin, no pudimos detenernos a contemplarlo por la premura del tiempo y porque empezaba a chispear.

Teníamos que ir desde el hotel hasta el lugar desde donde sale el autobús y al venir nos costó bastante, pero no conocíamos el camino. Y era cuesta arriba. Ahora será cuesta abajo y conocemos el recorrido (más o menos), pero empieza a llover y hay anunciadas lluvias a estas horas así que vemos un taxi y lo cogemos. Y ya sabes, querido amigo que un taxi es para cuando uno está perdío. Así será nuestro primer taxi en este país y espero que el último.

El taxista ha resultado ser un amable anciano. A mí me ha parecido que tenía 10 ó 15 años más que yo, pero Marisa me dice que no, que es más joven. Y esa apreciación me ha dejado terriblemente jodido: ¡sí que me ve viejo cuando me ve mayor que a ese anciano! A lo peor sí es que soy más viejo que él. Es el defecto de afeitarte todos los días: te ves en el espejo (el único momento del día) y no ves el deterioro paulatino, inexorable y silencioso. Si te vieras cada 10 años como hacen los que celebran el fin de la mili, o el de unos estudios, entonces te verías como eres, pero esa visión diaria y matutina te enmascara la realidad.
Ahora pienso en lo que me pasó al verme frente a un mingitorio con espejo. Pues eso. Una sorpresa.

(Sigo en el avión y ahora pasan dos niños ofreciendo caramelos. Confío en que no sea trabajo infantil encubierto: hijos de azafatas que así se sacan un sobresueldo).

El buen abuelito taxista nos lleva en un santiamén a la parada del autobús. La verdad es que como lo veía tan mayor yo iba con un poco de aprensión, pero todo ha ido bien. Y como es un país honrado y con gente honrada ha puesto el taxímetro y el precio ha sido razonable.

Total, que hemos llegado prontísimo, tanto que la oficina del autobús estaba cerrada y hemos tenido que esperar un buen rato.
El conductor, como todos los de esa compañía, es un señor amable y mayor. No tanto como el anciano taxista, pero mayor. Y también como todos habla un inglés estupendo del que no he entendido casi nada.

Salimos a las 7:45 y paramos en Timaru las 10:50. Y va a ser la única parada en las 5 horas y media que dura el viaje. Sí para en varios pueblos a lo largo del recorrido, pero la parada de 30 minutos para comer y pipí es única.

Es tal la invasión china que en este pueblo, Timaru, nada turístico, el letrero de “Toilets at end of building” está escrito también en chino. Debe estar cansados de explicarles a apresurados chinos con la mano en la bragueta la situación exacta del lugar.

En el autobús alguna señora leyendo libros en papel. Y digo “en papel” porque es uno de los países donde más he visto leer en parques y autobuses, pero nunca un libro electrónico. Y casi siempre mujeres. ¿Qué hace aquí Amazon y su Kindle? ¿Y qué hacen los hombres?

Estoy escribiendo el borrador en el aeropuerto y sigo sin ver ni un policía, ni en calles, ni en carretera, ni siquiera en este aeropuerto. Si piensas en Europa es que no te lo puedes creer.

Durante todo el recorrido en autobús hemos parado en bastantes pueblecitos y todos está cortados por el mismo patrón: casas de una planta con un cuidado jardín delante. Detrás quizás sea un estercolero, pero por delante son una preciosidad.
Y los campos siguen verdes con ovejas y vacas. Suaves colinas y alguna vez al fondo montañas nevadas. También siguen apareciendo los grandes arbustos de flores amarillas parecidos a la retama, que me han dicho que han venido de Escocia y que aquí es como una plaga.

También me sorprende que todo esté verde y que todo sean pastos. ¿Dónde estará la producción hortofrutícola? ¿Dónde las plantaciones de kiwis? Porque en los mercados encuentras muchos productos australianos, pero también muchos que lucen su procedencia nacional y además con orgullo.

Aquí circulan enormes camiones y algunos con remolque. Uno que llevamos un buen rato delante de nosotros lleva un curioso letrero: “Si no ves mis retrovisores, yo no te puedo ver a ti”.
Otra cosa especial de estas carreteras, que casi siempre son de un solo carril en cada dirección, es que hay letreros indicándote que te apartes a un lado en los lugares que hay para ello y así dejes pasar a los vehículos más rápidos. Y el personal lo hace.

La población del autobús está formada mayoritariamente por señoras solas de 40 a 70 años y jóvenes. Señores mayores solo vamos dos y además emparejados. En una parada sube un abuelo con una gorra con borla de esas de las pelis de John Wayne en Irlanda, que necesita ayuda para subir: así me veo yo dentro de unos años. Pero sin gorra de borla. Y sin su libro, un enorme volumen, que no abrió durante el viaje, que se titulaba “Rediscover Catholicism”. Sorprendente, ¿no?

Nosotros vamos al aeropuerto de Christchurch y el autobús te deja en una parada antes del final donde aparece súbitamente una furgoneta que nos lleva a la terminal del aeropuerto.

Y es que esta etapa final ha estado mal planificada, pero no pude hacer otra cosa, pues lo lógico hubiese sido coger un avión de Dunedin a Auckland y no con esta parada intermedia, pero es que planifiqué todo el viaje menos las tres noches de Dunedin que lo dejé para el final y además quise asegurar la vuelta en avión para llegar hoy a Auckland donde tenemos reservado el hotel. Y en este nuevo alojamiento tenemos un problema pues la recepción se cierra a las 10 de la noche y es tipo apartamento. Afortunadamente los autobuses, excepto cuando viajan por zonas remotas y despobladas, tienen WIFI gratuito y puedo ponerme en contacto con el hotel y me explican la forma de acceder si llegamos tarde.

El aeropuerto de Christchurch es pequeño, como corresponde a una población de ese tamaño, pero con vuelos internacionales. Y todo está claro y es sencillo. Quizás ocurra también en otros, pero es la primera vez donde he hecho todo el proceso sin pasar por un mostrador de facturación.
El pasajero obtiene la tira del destino -en nuestro caso con ayuda-, la coloca en la maleta y la lleva directamente a la cinta transportadora. No sé como deben controlar el peso del equipaje pues vimos a grupos de chinos pesando previamente sus maletas antes de la facturación y volviendo a rehacer sus equipajes. Y no te puedes creer como llevan sus enormes maletas cargadas de productos del país. Vaya, no sé qué era, pero llevaban paquetitos y no ropa. Quizás esta la portaban toda encima.
Cuando vemos a grupos de chinos siempre nos viene a la cabeza la palabra “delegación”, como nos explicó un chileno que encontramos en Queenstown: “Íbamos a coger el teleférico -ellos le llamaban “silla aérea”- y aparecieron dos delegaciones de chinos y ocuparon todas las plazas”. Y esa idea de “delegación de chinos” me recuerda el lenguaje político, pero que cuadra muy bien con esos grupos. Pues aquí, en el aeropuerto, también había varias “delegaciones de chinos”.

Hay una exposición de vestidos basados en el jardín botánico de esta ciudad. No creo que haya nadie con suficiente valentía para llevar uno de ellos por la calle, pero son una preciosidad.

Tomamos nuestro último “flat white” de la Isla del Sur. Compruebo que los precios son caros, pero iguales a los de cualquier cafetería fuera del aeropuerto. Nada que ver con los precios tipo ”Hotel Ritz” de cualquier cafetería en los aeropuertos europeos.

Este dispone también de WIFI gratis y de muchos lugares para que enchufes tu ordenador a la corriente y como estoy como loco esperando la respuesta del hotel aprovecho para mirar mi correo. Me encuentro con una nota de Fundeu donde me informan de una palabra nueva para mí, que tiene que ver con la obesidad, y en aquel mismo momento, como en una predestinación, pasa por delante de mí una “lancha de desembarco” (“tanqueta” prohibida). No sabía ni que existiese ese vocablo pero hoy esto parece el día D del desembarco en Normandía. (Ver primeros momentos de “Salvar al soldado Ryan”).
Pero es que en la espera delante del mostrador de acceso al avión hay una azafata obesa. Y esa señorita no puede volar. Y no es un chiste, me refiero al trabajo: es que iría dado culazos por el estrecho pasillo de la aeronave. También veo a una chica con una almohada. Lo mismo que en el autobús de Milford Sound. ¿Será una moda o algo realmente útil y me veo yo dentro de 5 años viajando con una almohada? Porque no es una almohadita como las de los aviones, que esta por lo menos es de 70.
Y en mis conexiones con España durante el día de hoy me encuentro con un precioso artículo de Marsé. ¿Por qué lo odiarán los independentistas?

Vuelo por primera vez, e imagino que por última, con “Air Zealand”. Antes de despegar un vídeo muestra las normas de seguridad. No puedo dejar de compararlo con el de los futbolistas que había en el de Catar. Este de hoy es de un diseño moderno y sin florituras.

Observo al pasaje y pienso en lo que es y en lo que será este país: a mi lado una señora india, al otro lado del pasillo su marido, detrás dos argentinos o chilenos (lo siento, pero no los distingo por el acento), delante orientales.

Observando a mis vecinos indios, que antes de salir ya se han dormido profundamente, me viene a la mente una frase que ha caído en desuso: “Duermes más que el yeso”. El marido tiene la cabeza ocupando medio pasillo, no es que la tenga gorda, es que se le ha caído hacia ese lado. Si pasase la azafata de tierra de la que he hablado se la partiría.
Durante el vuelo, a pesar de lo corto que es, nos obsequian con una bebida y dos trocitos de queso. Compruebo que no todas las compañías son como Iberia. Marisa fotografía unas montañas nevadas y en nada estamos en Auckland.

Cogemos el autobús enseguida y llegamos al hotel dos minutos antes de que cierren la conserjería-recepción. Un amable joven indio de Punjab nos da la llave y tenemos la agradable sorpresa de que lo que hemos contratado es un enorme apartamento con la cama más grande que he dormido en mi vida.

Empezamos la última etapa del viaje.

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