53. Corea 2017. 9 de abril, domingo. Vigésimo octavo día de viaje. Seúl, día cuarto. Segunda parte.

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Y así en un paseo hemos llegado a la entrada de que lo que era el meollo de los cerezos floridos que está al lado del palacio de la Asamblea Nacional y hoy cerrado al tráfico. La entrada está enmarcada con unos macizos de flores donde el personal no para de retratarse y autorretratarse.

Vemos a muchas parejas y algunas muy jóvenes, todos en plan de muy enamorados pero lo máximo que hacían era cogerse de la mano. Nada de achuchones, besos de tornillo (bueno, no sé si se dice “tornillo” o ”sacacorchos” u otra herramienta extractiva), ni menos revolcones por el césped.


Diría que cuando se mostraban más amorosos era cuando se hacían autorretratos.
Las chicas y también algunos chicos muy preocupados por su aspecto: continuamente acicalándose. Creo que debe haber alguna aplicación que transforma el teléfono en un espejo tipo el de la madrasta de Blancanieves.
Hay un lugar donde el personal, sobre todo señoras, escribe bonitas frases en unas cintas y luego las cuelgan. Quizás sea el sustitutivo de nuestras pintadas patrias, desde aquellas “Los quintos del 58” que engalanaban las paredes de los pueblos, hasta las más modernas de “Yenifer (dibujo de corazón) Kevin” o la más burra “Yocasta eres una puta”.


Pues esto de este festival es mucho más bonito, y aunque no sé lo que escriben seguro que serán cosas preciosas y pensamientos profundos.


Encontramos un espectáculo muy coreano: un centenar de sillas ocupadas por el personal con un estrado donde actúan un grupo de señoritas golpeando unas garrafas de plástico vacías y luego un conjunto de tambores. No lo hacían mal del todo, pero la estrella era un señor vestido de coreano que tocaba un gran tambor de manera magistral. Los que son unos patosos eran los del público aplaudiendo: no he visto a nadie haciéndolo peor.


Poco más tarde, en otro estrado mayor y con más público varios grupos de “Coros y danzas”. Eran muy graciosos y seguramente tenían mucho arte, pero estas manifestaciones regionales no me acaban de gustar.


Este espectáculo contrastaba con el de un par de señores tipo “viejos rockeros” que cantaban acompañándose de una guitarra y un tambor y que hacían las delicias del público por lo mucho que se reían con las historias que contaban acompañando a sus canciones y lo hacían sin megafonía ni escenario.


Y entre paseantes, fotografías, flores, cerezos en flor, familias comiendo en la hierba, un pequeño grupo, quizás solo un par de personas, anunciando la “Buena Nueva”: un megáfono y una cruz roja con un “Believe in Jesus”. La verdad es que nadie les hacía ni caso.


Aparece un grupo de jóvenes (todos chicos) indostánicos que contrastan con los orientales coreanos, pero igualmente haciéndose autorretratos.


Lo que no hacen estas circunstancias es estirarse la cara con las manos como hacen las jóvenes coreanas.


Y también por primera vez colas delante de los lavabos de chicos. ¿Hay una mayor prueba de igualdad?


Vamos hacia el río y encontramos una gran explanada con “Seoul” en grandes letras donde todos nos fotografiamos. Delante un trío de jóvenes con aspecto femenino cantan frente a un pequeño grupo de extasiadas chicas. Quizás sea alguien conocido.


Y un montón de tiendas de campaña en aquella explanada, pero imagino que era solo para pasar el día, no creo que permitan la acampada libre. En cualquier caso todo impoluto.


Pero el gran hallazgo artístico del día ha sido una actuación, esta pegada al río, de un guitarrista fantástico y un actor bailarín que han interpretado una obra titulada “Blue Angel”.


Realmente espectacular, aunque no estaríamos más de 30 espectadores. Al final me he acercado a felicitarlos y a preguntarles el título de la actuación. Me han dicho que estaba basada en el cuento de Pinocho.


Lo más divertido ha sido cuando el bailarín para demostrarme que sabía algo de español me ha dicho como despedida final: “Bésame mucho”. Cuando le he explicado que era “Kiss me a lot”, casi se ha caído de culo. Por cierto, que el nombre artístico del guitarrista era “Nogal”, pero he sido incapaz de encontrar la palabra “nuez” en mi vocabulario; solo me salía “peach tree” y dejarle con el nombre de “melocotonero” no me pareció correcto.


Pero no ha acabado ahí la cosa. Se van los de antes y aparece un conjunto magnífico de bailarines.


Estos sí tiene nombre de grupo, vaya se los pregunté al final, pues como buenos artistas coreanos nos invitaron a los espectadores a bailar con ellos (el jefe vino a por mí, aunque rechacé educadamente la invitación) y a fotografiarnos también con ellos: Moves Collectors.


Un día muy completo que acabamos cenando en un restaurante uzbeco. Y es que cerca de la zona de nuestro hotel hay una pequeña zona que nuestra guía llama “Little Silk Road” con los letreros de las calles escritos en coreano y también en cirílico. No conozco el porqué de cómo gentes de las antiguas repúblicas soviéticas se establecieron aquí, pero es algo muy curioso y el restaurante estupendo donde comimos pan y cordero por primera vez en todo este viaje . Una bonita forma de finalizar el día.


Después de cenar vemos en un puesto de comida callejera, imagino que de pollo, dos de esos ejemplares colgados. Son de plástico, pero componen una extraña figura. Seguro que si hubiese una “Asociación en defensa de los animales de plástico” se quejarían de estos “modelos”.


Cuando regresamos al hotel pasamos por delante de una zona comercial y encontramos como reclamo de unos grandes almacenes dos montajes para fotografiarse; ambos muy graciosos, pero no lo suficiente para que los hagamos nosotros.

Notas del día.
¿Sabes quién ha sido la única persona a la que he visto arrancar una flor de un cerezo? A un extranjero de color para regalársela a su novia pelirroja. Y he pensado que quizás es una cosa cultural, como los de mi pueblo que arrancan las ramas de los árboles que están al lado de la iglesia. Allí dicen “esgallar”, lo que según el diccionario aragonés-castellano significa “desgajar”. Pues bien, volviendo al día de hoy y aquí, he pensado que quizás sea algo cultural (insisto: como los de mi pueblo) y en su África natal es costumbre arrancar una flor de primavera cuando sales con una pelirroja, aunque quizás también puede que ocurra como en el chiste de Dios y el negro es de Brooklyn. Y así he visto a un occidental, este blanco, que era la única persona con un niki y pantalones cortos de los 2 millones que estábamos por allí. ¿Por qué? Exacto, porque tenía los brazos y las piernas tatuadas.


Me he acordado de una historieta de la que fui testigo en mi trabajo al comienzo de los 80: un chulángano que tenía una moto espectacular le decía a otro: ”Dicen que van a hacer obligatorio el uso de casco integral en las motos, si es así yo la vendo”. Porque, ¿qué consigues si tienes la moto más fardona de la manada si luego nadie sabe que eres tú quien la lleva entre las piernas? Pues eso, con pantalones cortos y camiseta de manga corta.

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