52. Corea 2017. 9 de abril, domingo. Vigésimo octavo día de viaje. Seúl, día cuarto. Primera parte.

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Durante todos estos días de vida coreana me he fijado que hay bastantes personas que llevan gafas, sobre todo los jóvenes. Y que el modelo habitual es de gafas grandes y redondas. Pero me ha sorprendido más que muchos soldados llevan gafas y que parecen de uniforme: es que son todas iguales o casi. Tendré que preguntarlo. Lo que ocurre es que este tipo de cuestiones solo puedo hacerlas al personal de las oficinas de turismo y normalmente se quedan bastante descolocadas con mis preguntas al no tener nada que ver con la información turística habitual: dónde está ese palacio o el autobús más cercano. Y más si lo que pregunto es algo sorprendente para mí, como lo de las gafas de los soldados, pero algo tan habitual para ellas que nunca se lo han planteado como un interrogante en sus vidas. Veremos.
Hoy vamos a descubrir como el coreano, o mejor el seulense goza de la primavera. Nosotros durante todo el viaje tenemos como referencia a Japón y hoy Marisa incluso lo ha visto como un defecto el haber visitado primero el otro país y después este. Y ahora tenemos presente la “sakura” de Tokio y las fiestas que se organizan en torno a ella.
He investigado y llegado a la conclusión de que un buen lugar serán una serie de parques (o a lo mejor se considera uno solo) que están al lado del río Han, el gran río que atraviesa y divide Seúl en una parte norte y otra sur.
Sabemos la parada de metro en la que tenemos que bajar y la puerta de salida pero no hacia donde tendremos que ir. Pues ha sido algo parecido a lo que nos pasó cuando fuimos a visitar la calle “Inui Street” en el palacio imperial de Tokio: el metro va lleno y al llegar a esa parada se queda vacío. Un río de gente al que solo hay que seguir. Y en la calle una locura de personas. Todos hemos decidido venir aquí hoy a ver los cerezos floridos aprovechando que es domingo. Y de repente caigo en que es Domingo de Ramos. ¡Qué suerte estar en tierra de infieles! Bueno, no de muchos infieles, pues aquí se ven muchas iglesias cristianas, pero sus manifestaciones públicas parecen ser más discretas que las nuestras. Lo que no es más discreto es el nombre del festival de primavera que se desarrolla en este entorno: “Yeongdeungpo Yeouido Spring Flower Festival”.


Lo primero que encuentro es el cartel con las prohibiciones que son nuevas para mí: no se puede ir en ninguno de los medios modernos eléctricos de transporte que ahora están de moda y de los que desconozco los nombres, pero si vives en una gran ciudad ya te habrás percatado de lo molestos que pueden llegar a ser, sean de una rueda o de dos, con manillar o sin él. Pues aquí todos prohibidos, por lo menos hoy.


Como contraposición a estos medios de desplazamiento del siglo XXI, ha aparecido entre la multitud un señor moviéndose por el suelo sin piernas. Es un tipo de mendicidad que ha desaparecido en España, pero que hoy en la moderna Seúl vuelvo a encontrar. La verdad es que la gente no le hacía mucho caso.


Sí le prestaban atención a la multitud de puestos de comida callejera que había. Entre todos resaltaban, sobre todo por su aroma, los de las crisálidas del gusano de seda. Y es que desprenden un olor característico, que no es desagradable pero sí muy invasivo. Esa propiedad que tienen también las heces de los murciélagos.
Otra cosa chocante eran los montones de basura: imagino que ayer habría gente hasta muy tarde y han recogido los desechos, los han metido en bolsas o los han amontonado, pero cuando hemos llegado nosotros no los habían recogido todavía.


Y descubro varios negocios alrededor de esta fiesta. Uno vende palos y trípodes para los teléfonos. Cuando hemos regresado por la tarde tenía un buen montón de cajas vacías como para demostrar el éxito del negocio. Lo curioso es que había un solo vendedor con este producto.
Otro era de jóvenes que vendían coronas de flores de papel que las chicas se colocaban en la cabeza.


También había varios “negocios” relacionados con la fotografía. Un señor tenía una caja a la que se subía la modelo y él se echaba al suelo y de esta manera conseguía que el fondo de la toma fuera un cerezo florido.


Además del ingenio de buscar ese truco y de preparar cuidadosamente a la modelo con el pelo, la postura de la cara y la posición en general lo que me ha sorprendido es que al terminar sacaba la tarjeta de la cámara se la entregaba al cliente quien iba con ella a una furgoneta cercana donde le hacían las copias.


Y así volvemos al tema de la honradez y de la picaresca, porque el fotógrafo no había cobrado nada y se fiaba de que tú cogieses el resultado de su trabajo y te fueras a 20 metros a pagarlo y que no te llevases a tu casa el trabajo y la tarjeta.


Otros tenían un atado de media docena de globos y se los alquilaban al personal para fotografiarse con ellos y el fondo de los cerezos. Pues los de esa tontería, los de los globos, tenían cola.


Entre los puestos de comida unos nuevos para mí: castañas asadas pero que con un artilugio mecánico las pelaban.


Una de las gracias de este parque es que tiene unos grandes carriles de bici y un negocio de alquiler de ellas y no veas la cantidad de gente que iba hoy en bicicleta.


También hay unos estanques de unos 20 cm de profundidad donde por la tarde los niños paseaban chapoteando alegremente. Imagino que en verano este sitio será una locura.

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