50. Corea 2017. 8 de abril, sábado. Vigésimo séptimo día de viaje. Seúl, día tercero. Primera parte.

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Ayer por la noche le pregunté a una recepcionista del hotel como se llamaba un juego que vimos en el mercado de pescado anteayer y que jugaban entre dos señores.
Me lo dice en coreano. Que no, que quiero que me lo escriba en caracteres latinos. No me entiende y otra compañera le sugiere que lo quiero en “alfabeto”. Y ya me ves a mí explicándole que “alfabeto” es el coreano y el chino y el japonés y también el latín. Y ella me dice que en coreano no se escribe en “alfabeto” que se escribe en “hangeul”. Y aquí me tendría que haber metido en una discusión (no bizantina, pero casi) sobre la diferencia entre ”alphabet” y “script”. Pues quizás la chica tenía razón y el “hangeul” sea un “script”, vaya, un sistema de escritura, pero que no sea un alfabeto en sentido estricto.
Afortunadamente no nos metimos en esas profundidades, pues otra recepcionista le dijo que lo que yo quería era en “USA alphabet”. ¡Toma ya!
Parafraseando al personaje de Molière: «Entonces, hace más de cuarenta años que escribo en “USA alphabet” sin saberlo». Lo que es la colonización.

Esta mañana en el desayuno, a través del gran ventanal del comedor de los desayunos (la recepción preparada para tal fin), vuelvo a ver horrorizado el trasiego de pasajeros camino del aeropuerto cargados de grandes equipajes, pero lo que me deja fuera de combate es una señora, o señorita, de un metro cincuenta y constitución tirando a canija que lleva una maleta de unos 80 cm de alta, más una enorme bolsa blanca, más una bolsa negra, para acabar con un bolsón azul colgando de su hombro. ¿Cómo se moverá esta mujer por los pasillos del aeropuerto?


Hoy sábado vamos a visitar el mercado de Namdaemun, del que la guía dice que es el mercado más grande de Corea, lo que no quiere decir que sea el más interesante, aunque como en todos los mercados del mundo y más en Asia es difícil que no encuentres algo sorprendente.


Aquí lo primero ha sido encontrarnos con dos mendigos. Eran señores mayores escuálidos con un bote delante de ellos y un letrero en el que imagino que contarían sus desgracias. Para alguien como yo, acostumbrado a la mendicidad de Madrid (capital) y a los terribles lamentos en los trenes de cercanías, dos pobres, solo dos pobres, me parecen realmente algo insólito. Porque estos días sí hemos visto a gente mayor recogiendo cartones y algunos de ellos con aspecto de indigentes, pero nunca pidiendo directamente en la calle.
En esta ciudad y en lugares estratégicos suele haber jóvenes informadores, generalmente chicas jóvenes, y por parejas, vestidas de rojo. La pareja de hoy nos ha proporcionado un mapa de la zona, aunque no han sabido responder a mi pregunta de si el plano estaba orientado N-S pues el que había en el metro de la zona donde estábamos lo habían colocado al revés, S-N. Imagino que si a un informador español, en el caso de que los hubiere, le preguntas por la orientación de un mapa quizás tampoco te entenderían pues su razonamiento sería algo así como ”¿pues cómo va a estar orientado?”.
Con el plano descubres que además de la “calle principal” hay una dedicada a ropa de cama, “bedding”, otra a pescado, a joyería y relojería, a ropa de niños, incluso una a ropa militar. Y entre todas aquellas se cruzan otras callejuelas y de estas salen unos pasajes que no sabes donde terminan.


Y de repente ves que también hay otro mercado subterráneo con calles y callecitas: un entramado increíble donde puedes encontrar todo lo que necesites, pero solo si das con la calle adecuada.


Así hay una dedicada a los restaurantes populares y allí las señoras que están en la puerta son muy activas enseñándote las viandas y si eres extranjero te dicen “english menú”.


Aunque a veces te encuentras algún pequeño restaurante en cualquier rincón de uno de los callejones de las tiendas.


Pero en otros comercios, especialmente en la calle principal los vendedores están sentados tranquilamente delante de sus tiendas, pero como buenos coreanos muy atentos a las pantallas de sus teléfonos. Lo curioso es que algunos de ellos al comienzo de la mañana, aunque no era fresca, se tapaban las piernas con una mantita.


Cuando hemos llegado apenas había gente, pero al mediodía era un hormiguero y en algunos, especialmente donde vendían esos recuerdos que te debes llevar de un país, se veían extranjeros. Pues ahora, última etapa del viaje hemos entrado en lo que para mí es lo peor: las compras. Porque si durante el recorrido ves algo que te gusta y lo compras estás obligado a acarrearlo todo el viaje y así dejas todo para el final y es un desastre.


Otra curiosidad de este mercado es que hay una calle dedicada al material fotográfico que parece de segunda mano.
Otra sorpresa: tiendas de pelucas. Las debe haber en todo el mundo, pero es la primera vez que las veo en un mercado.


La moto en este país y sobre todo en esta ciudad la he visto solo utilizada como medio de transporte de mercancías. Las “customizan”, pero no para pavonearse con ellas en las concentraciones motoristas, sino para poder cargar el máximo volumen o peso.


Pues hoy, además, hemos visto “transportistas humanos”. Imagina que en las calles muy estrechas no pueden pasar ni las motos y entonces recurren a un señor con una especie de silla en su espalda. La verdad es que las he visto “varadas” y no sé cómo se mueven entre aquella multitud.


Aparece un grupo de malayos o indonesios: ellos como tú o como yo, ellas con las toquillas de monjas.


Y también hemos visto a una monja pequeñita, pequeñita, con unos zapatos del 44 por lo menos. O era un fenómeno o los había heredado de algún señor que pasó a mejor vida y se lo dejó en herencia y le sabe mal hacerle un feo al difunto benefactor.
Buscando algo que llevar a nuestros seres queridos encontramos a un señor que vendía sellos de madera donde te grababa el nombre que tú querías.


Y así te imaginas a un artesano que va a sacar una caja de buriles y a trabajar aquella dura madera en aquel carrito que tenía en la calle. Pues no: dispone de un ordenador conectado a un artilugio tipo “plotter” enano y en un minuto te lo hace. Lo extraño es que no tenga una impresora 3D y lo haga todo.


Comemos en la “Food Alley”. Es un restaurante popular pero bastante grande y Marisa observa que en este y en otros parecidos, la cocina está en la calle, lo que además de darle un toque más pintoresco (seguro que no buscado) consiguen de esa manera que no haya humos en el interior.


Hoy volvemos a equivocarnos y Marisa pide un plato que realmente es para dos personas. Lo mío ha sido más fácil y sin riesgo: “lo mismo que estás dos señoras que están en la mesa de al lado”.


En el restaurante hay una brumadora mayoría de señoras solas o en grupos de 2 ó 3. Marisa me hace observar que es seguramente porque esto es un mercado y son ellas las que van de compras.
¿Estarán los maridos coreanos en la taberna tomando un carajillo con los amigos mientras tanto? Aunque dado los laboriosos que son estos orientales quizás estén “echando horas extras” en la Samsung.

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