39. Corea 2017. 3 de abril, lunes. Vigésimo segundo día de viaje. De Busán a Gyeongju.

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Hoy último desayuno en el hotel de “nuestra cadena” en Busán.
En el comedor se nota que ya no están las familias felices de ayer al acabarse el fin de semana, pero sigue habiendo jóvenes turistas (?) chinos.
A nuestro lado un joven desayuna con la cuchara en la mano derecha, los dos palillos en la izquierda (¿será zurdo?) y el teléfono también en la izquierda. Por supuesto no lo mira (eso sería casi imposible) pero no se le ocurre dejarlo encima de la mesa o en el bolsillo. Porque ¿y si en aquel mismo momento le llega un pitido que le anuncia inexorablemente que su amigo Chu se está comiendo un donut? Me hubiese gustado quedarme un rato para ver cómo se desenvolvía, pero en estos lugares nadie se queda en la mesa cuando se acaba de comer y tampoco era cuestión de tomarme cuatro cuencos de sopa y siete raciones de algas para ver el comportamiento del “Homo conectadus”.
Ya he escrito que en las grandes ciudades de este país que tienen metro no suele haber escaleras mecánicas o las hay en muy pocas salidas (cuesta arriba) y en las entradas (cuesta bajo) ninguna, así que si llevas equipaje debes buscar (con antelación) alguna entrada con ascensor. Nosotros hemos dado con una que solo nos obliga a caminar unos 50 metros más. Cuando llegamos a la más próxima al hotel me percato que dos escuálidas señoritas con enormes maletones van a bajar por las escaleras. Les informo que hay un ascensor cercano y se ponen muy contentas. Han resultado ser chinas pero de Taiwan, la llamada antes “China nacionalista” y también Formosa en mi niñez.


En el vagón del metro, casi vacío, un letrero indica que unos asientos están reservados para las embarazadas y las madres con niños pequeños. Estas señales están claras, pero hay otra de una señora con una cinturita de avispa y con un corazón latiendo a la altura del útero qua ya no comprendo qué quiere decir. Además, la señora del dibujo parece feliz, lo que indica que no es una malformación y que tiene el corazón donde debería tener la glándula suprarrenal.


Al llegar a la estación de autobuses voy al quiosco de información turística para preguntar qué tipo de autobús debo coger si el “intercity” o el “express” y me recomiendan el primero. Como la señorita que me atiende habla inglés aprovecho para preguntarle mis últimas dudas que por la cara que ha puesto le han parecido sorprendentes, aunque verás, querido lector, que no lo son en absoluto.
1. “¿Cómo se pronuncia “Busan” en coreano?”. Y claro ella me dice que “Busan”. Que no, que lo que quiero saber es donde colocan el acento tónico, para saber si al escribirlo en castellano debo poner “Busan” o “Busán”.
Vaya, esta explicación se la he omitido, pero le he hecho repetir varias veces la pronunciación hasta que he llegado a la conclusión de que es una palabra aguda; así que “Busán”.
2. “¿Cómo se llama el juego de los dos abuelos del puerto?”.
Otra cara de sorpresa y me escribe el nombre en coreano. Que tampoco. Que lo quiero en caracteres latinos. Entonces la muy ladina me pasa un papel para que lo escriba yo cuando lo pronuncia ella: “Changüi”. “Que no”, me corrige: es “Jangi”.


Y así descubro que en coreano la jota la pronuncian como la che y entiendo lo que me ocurrió el otro día con el informador del metro con la diferencia de la pronunciación de las dos estaciones de la línea 1: “Yangsan” y “Jangsan”.
Conociendo el nombre busco después en la web y el nombre de ese juego también tiene las “romanizaciones” de “Janggi”, “Changgi” y “Jangki”. También se le llama el “ajedrez coreano”.
3. “¿Qué significa el letrero del barco del puerto pesquero de Busán?”.
Lo lee, lo consulta con su compañera y me dice algo así como que “si se quita la arena al mar el pescado desaparece”. No lo tienen muy claro, pero me dicen que sí, que se llevan la arena. ¿Será para la construcción? Hombre, aquí se construye mucho, hay grandísimos rascacielos y no he visto ni una cantera. No sabía que la arena marina se utilizase para la construcción, pero eso será.
Y como corolario: “¿Y por qué los barcos estaban todos amarrados en el puerto?”. Lo primero de todo es que tendré que buscar “amarrar” en inglés. Me dicen que a lo mejor es que descansan. Le he explicado que en mi país hacen descansos, pero es para no agotar la pesca. Pues quizás aquí lo mismo.
El autobús que nos lleva en 50 minutos de Busán a Gyeongju es de los normales, pero como siempre con un gran espacio para las piernas.
Durante el viaje busco en un mapa donde está situado nuestro hotel. Parece que está muy cerca de la estación de autobuses, aunque aquí hay dos, pero están muy cerca la una de la otra. Nada más llegar ya vemos un gran letrero con nuestro hotel. En esta ciudad vamos a uno de los que recomienda la guía del que dice que es “One of the snazziest of the multiple flashing love motels behind the bus terminal”. Y claro, los que hemos aprendido el idioma inglés con los sonetos de Lord Tennyson, palabras como esa, “snazziest”, nos descolocan pues no sabes si debes ir allí por eso, por ser “snazziest” o debes evitarlo a toda costa. Y además a éste lo coloca en la categoría de “love motels” y después de hotel de Gochang ya sabemos cómo son los “motels”, pero es que este es “love, love”.
La recepción no es anónima como en aquel pues hay una joven detrás de una mampara que apenas deja verle un trozo de cara, pero la sorpresa llega con la habitación, y ha sido tanta que le dedicaré un post en exclusiva.
Y una vez aposentados y dejado el equipaje empezamos la dura vida del turista.
Primer e imprescindible paso: visita a la oficina de turismo que está al lado de la estación de autobuses.
Hay dos jóvenes, pero no demasiado comunicativas. Nada comparable a la encantadora Natalia de Suncheon.
He leído que en esta ciudad la oficina de turismo organiza recorridos en autobús como los que hicimos en Gwangju o en Suncheon, pero eso es en otra oficina que está cerca. Allí la señorita que nos atiende habla mejor inglés y es más activa. Contratamos una excursión para mañana que cubrirá los dos puntos que más nos interesan según la información que tengo de mi guía.


En turismo he preguntado por la “sakura coreana” y me han indicado unos árboles floridos al otro lado del río. Efectivamente podría ser un bonito recorrido con los cerezos floridos, pero es que también es un paso de coches y apenas se puede pasear por él.


Quizás por ser primavera han montado una serie de carpas en plan feria de pueblo. Lo curioso es que los garitos que sirven comida tienen todas las mesas cubiertas con unos manteles rojos y amarillo que podrían ser una bandera española sin fin o las 4 o las 6 o las que sean barras de la corona de Aragón. Digo “las que sean” porque depende del tamaño de la mesa.


Entre las exquisiteces volvemos a encontrar las crisálidas del gusano de seda, que siempre venden al lado de unos pequeños caracoles. ¿Considerará la cocina coreana a ambos como moluscos? No creo, así que la llamaremos “la cocina del invertebrado”.


También vemos un precioso plato de patas de pollo, manjar que ha desaparecido de la cocina española. Y en otro puesto de miel venden en frascos grandes avispones, que quizás no lo sean y sí abejas gigantes, como ya vimos en Suncheon. Estos están rebajados de 150 mil a 120 mil, unos 100€, que siguen pareciéndome caros, aunque desconozco sus efectos.


La zona de las carpas acaba en una más grande donde un payaso (¡mira que es difícil encontrarte payasos por el mundo!) está haciendo las delicias de un grupo del IMSERSO coreano. Este artista tiene un gran parecido con Almodovar. Vaya, parecido físico, que no digo que el director de cine tenga la profesión del coreano. Además lleva colgando una lata de Chupa-Chups y me hubiese gustado poder explicarle que era un producto español y mi relación con el Pita-Gol, que daría para una novela o por lo menos para un cuento largo.


En el paseo vemos, creo que por primera vez, padres con carritos de niños. Luego comprobaré que esta ciudad es muy llana y que hay abundantes sitios para pasear, así que es lógico ese medio de transporte infantil que sería imposible en el metro de Busán o de Seúl. O de Madrid.
En el recorrido al lado del río hemos visto un letrero que decía algo así como “A la tumba del general Tal y Tal un kilómetro y medio” así que seguimos ese camino.
Pregunto y pregunto, pues no volvemos a encontrar más información sobre esa famosa tumba y al final damos con ella. Como nos hemos apartado de la carretera y el camino iba por un bosque ha sido un bonito paseo.


La entrada el monumento es de pago, pero poco. Luego comprobamos que después de comprar el ticket no hay nadie en la puerta para controlarlo. Hay un letrero en el suelo al lado de una urna de cristal donde imagino que dice que metas allí la entrada, lo que el personal hace. O el portero se ha ido a comer o me han vuelto a dar una lección de civismo. ¡Qué país!

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