28. Corea 2017. 28 de marzo, martes. Decimosexto día de viaje. Suncheon. Segunda parte.

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Del precioso templo nos vamos al pueblecito de Naganeup-seong. Es un tipo de aldea al que la guía lo define como “folk village” y del que en España debe haber varios, pero solo conozco Bárcena la Mayor.

Dice que entre los pueblos de este tipo es el único que está rodeado de una muralla que hacía de él una fortaleza para defenderse de los ataques de los piratas japoneses. Y también que a diferencia de otros que se han transformado en meros reclamos turísticos aquí vive gente todavía.
Es realmente interesante y se ha convertido en unos de los iconos turísticos del país, pues sus edificaciones las siguen manteniendo como en épocas pasadas y sus techos son de una paja que se obtiene de las marismas cercanas.


Sí hay artesanos que viven aquí dentro o por lo menos venden sus productos, pero no es apabullante el mercadeo. Vaya, que Jesús no se hubiese cabreado como lo hizo en el templo de Jerusalén. (Marcos 11:15-18).
En una casita hay un señor que toca la flauta, no sé si las fabrica o solo las vende, pero al enterarse que somos españoles dice “Pésame mucho” y se pone a tocar “Bésame mucho”; peor que la música tradicional coreana que tocaba antes.

En algunos edificios intentan reproducir situaciones de épocas pasadas y así hay una figura larga, boca abajo, con el culo al aire donde se supone que le han golpeado como castigo. Pues hay gente que se hace una fotografía tocándolo.


En otro sitio reproducen la cárcel del pueblo y en el letrero explicativo dicen que aquí solo había malhechores de otras regiones, pues el gobernador de este castillo de Nagan era tan buen administrador que aquí la gente no delinquía. Esa bondad propia y maldad ajena me hizo recordar algo que nos sucedió hace muchos años en Andalucía.


Íbamos con nuestro coche, imagino que un Seat 127, y estuvimos en Sevilla. Todo el mundo te advertía del peligro de robo en el interior del vehículo, incluso estando tú dentro, pues habían puesto de moda entre la delincuencia el “ladrillazo”: rompían el cristal del coche con ese método y antes de que reaccionases se te habían llevado todo lo que estaba a su alcance. De allí fuimos a Huelva. En el hotel pregunté por el peligro de dejar el coche en la calle. “No se preocupe, lo puede dejar sin miedo”. “Es que venimos de Sevilla y allí me han advertido del peligro de hacerlo”. “Pues mire usted, aquí nadie roba nada, y si alguno lo hace es de Sevilla”. Pues lo mismo en Nagaeup.
En una calle hay un grupo de viejecitas trabajando de jardineras y tienen una particularidad que no había visto antes: llevan atadas a la cintura por la parte de atrás una especie de fiambrera cilíndrica que ha resultado ser un cojín. Así al agacharse para trabajar, cuando se sientan lo hacen sobre ese artilugio.


Se suponía que aquí se podría comer pero hemos cambiado la comida por la fotografía. El lema es “ya cenaremos”. Además hoy hemos acabado con la exigua ración de alicante, pues el resto se lo había regalado al dueño del hotel de Boseong por lo bien que se había portado con nosotros.

En este poblado además de las “ejemplares” figuras históricas hemos visto unos de los espantapájaros más artísticos de mi vida.


La nueva parada es en el “Suncheon Bay National Garden”, al que la guía no menciona pero que merece realmente la visita como lo atestigua la cantidad de autobuses que hay en el aparcamiento y la cantidad de visitantes a pesar de ser martes. La verdad es que la mayoría eran grupos de escolares o abuelitos del IMSERSO coreano.


Es un recinto enorme con jardines de todas las nacionalidades; había uno español pero no hemos tenido tiempo para visitarlo. También varias islas muy cuidadas en medio de un lago y un pequeño y precioso invernadero.


Para hacer una visita rápida y panorámica se dispone de un “trenet” que hace un recorrido de 30 minutos.
En la entrada del parque hay muchos mástiles con banderas, imagino que son los que “tenemos” jardín propio. La nuestra está en posición bastante central al lado de la de Sri Lanka. ¿Tendrán un orden alfabético?


Y en este parque como en otras ocasiones se han dirigido a mí para que les hiciese una fotografía a un grupo. Y es algo que siempre me sorprende.


Marisa lleva colgada una réflex con un objetivo de considerable tamaño, o sea que se ve muy bien, pues siempre, siempre, me lo piden a mí que haga la foto. Hoy ha sido un grupo de escolares y más tarde un grupo de hombres. Por supuesto en ambos caso Marisa también les ha hecho una foto.


Y del jardín a la última visita: “Suncheon bay”.
Es un estuario que está inscrito en la lista Ramsar (de la que te dejo un enlace) como espacio protegido.


Hay caminos de madera sobreelevados para poder recorrer una parte de él y además en algunas épocas del año (no ahora) también hay barcos que lo recorren apara el avistamiento de aves, pues aquí viven o están de paso gran número de especies entre los que destacan la grulla monje (Grus monacha) de las que he visto varios ejemplares a lo lejos. Así que hemos recorrido aquellos paseos de madera hasta el límite del tiempo previsto.


Aunque ha sido muy interesante ha resultado una decepción para Marisa pues había visto en internet maravillosas fotografías de este lugar. ¿La culpa? Pues que en este tipo de trabajos fotográficos hay una parte de suerte, pero lo más importante es la perseverancia y no se puede utilizar esa virtud si tienes solamente 40 minutos. Y el tercer factor a tener en cuenta es el conocimiento del entorno (aquí nuestro desconocimiento) y cuando hemos llegado estaba la marea muy baja, con lo que lo que debían ser grandes charcas eran ahora grandes terrenos mojados de color gris. Y finalmente no hemos tenido tempo de llegar a un observatorio que parece ser el lugar ideal para las fotografías. De todas las maneras es un sitio muy interesante y de visita obligatoria.
En una parada durante el recorrido multitud de trozos de madera con escritos en coreano.


Acabamos el viaje donde lo hemos empezado, o sea enfrente de la oficina de turismo y aprovecho la ocasión para saludar y preguntar a la encantadora Natalia mis dudas. Algunas de ellas la dejan muy sorprendida, pues a pesar de que reconoce que son como se lo digo nunca había prestado atención a esas particularidades. Me recuerda lo que le sucede a mi amigo Hiro cuando le hago preguntas sobre la idiosincrasia japonesa.
Pues bien los trozos de madera se llaman “Na mu pe” y sirven para escribir deseos y peticiones. No se lo he preguntado, pero imagino que luego los quemarán para que los pensamientos suban al cielo. O bajen al infierno, pues también puedes escribir “que el cabrón de mi jefe no se muera nunca, que esté toda la vida enfermo”. Uno de los peores juramentos que he oído en mi vida.


Desde luego es mucho mejor esa costumbre que los candados tan de moda ahora o las “inscripciones” en los vidrios de las ventanas de los trenes de cercanías españoles diciendo lo mucho que quieres a “Shamantha”.
También le pregunto sobre los frecuentes montones de piedra que encontramos por los caminos: parecido a las maderitas. Dejas una piedra y pides un deseo. También es una buena idea. Los macarras nacionales, los de mi nación, seguro que ven un montón de piedras y lo primero que hacen es buscar una ventana o una lámpara para ver si las pueden utilizar. O por lo menos destruir una pequeña montaña de buenos deseos. Su nombre: “dol-top” o “torre de piedra”.
Acabamos con una última petición a Natalia: un restaurante cercano. Nos envía a uno enfrente de la estación de apariencia insignificante donde afortunadamente hay mesas para piernas occidentales, además de la coreanas. Cuando entramos para nuestra “comida-cena” hay un par de señores comiendo y les pido amablemente ver su comida y pedir lo mismo si nos gusta pues no hay carta. “¿De dónde son?”. “Españoles”. Pues a todos les encanta nuestra procedencia. ¡Qué gusto que reconozcan como algo bueno que seamos lo que somos! Aunque para ello no hayamos hecho ningún mérito, a diferencia de lo que creen los regionalistas fanáticos que por el hecho de haber nacido al norte o al sur de un río son superiores a los de la otra ribera. ¿Habrán venido los de la televisión vasca a preguntar por aquí?
Uno de los comensales coge un trozo de pescado, que eso es lo que comían, con sus palillos y me lo da probar. A mí no me da asco casi nada, pero aunque me lo diera no se puede rechazar una cosa así.


Total, que pedimos lo mismo. Te sirven, como siempre 11 platillos, luego un cuenco de sopa con otro de arroz para que añadas a la sopa lo que quieras, y luego un plato con un jurel (o quizás un verdel, que en eso había disparidad de opiniones) grande, dos pescados tipo bacaladitos y un trozo de pez sable.


Mi recomendación: si no eres muy hábil con los palillos (y la cuchara, pues lo coreanos usan ambos indistintamente) y no te importa comerte alguna espina, no pidas un plato así. Ha habido un momento, cuando Marisa estaba luchando con el chicharro que la señora del restaurante se le ha colocado detrás mirando como lo destrozaba y su cara mostraba más reproche que otra cosa. Yo creía que iba a quitarle los palillos de la mano y a limpiárselo ella misma. Pero no ha dicho nada.


Sobre los platillos te diré que algunos solo por el color ya te dan miedo. Y que ponen uno con cangrejos que no tengo ni idea de cómo se los comen pues a veces son pequeños y te los puedes comer enteros pero otras veces son de tamaño considerable.
Pero ha sido una cena estupenda.
Acabamos nuestra vida de turistas comprando los billetes de autobús para mañana.
Se acabó Suncheon, ciudad que merece una vista más reposada.
Y hoy decimosexto día de viaje pasamos el ecuador de los 32 que va a durar.
Mañana a Busán.

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