25. Corea 2017. 27 de marzo, lunes. Decimoquinto día de viaje. De Boseong a Suncheon.

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Esta noche ha vuelto a llover, así que ayer nos libramos por poco.
Desayuno coreano 100% pero sin pescado. O eso pensábamos porque nos han puesto algo que creíamos que era pasta, pero que ha resultado ser pescado. Ni idea de su procedencia, pero estaba bueno.
El dueño del hotel nos lleva amablemente a la estación de autobuses. Son solo 4 km pero para nosotros hubiese sido un gran problema.
Acabamos con una sentida despedida y le regalo mi remanente de turrón de alicante. Ha sido un señor encantador.
El autobús que nos llevará de Boseong a Suncheon, nuestro siguiente destino, es quizás el mejor autobús en el que haya viajado. Tendrían que venir aquí los responsables de IMSERSO para que comprobasen qué es viajar con comodidad. Tiene dos plazas en un lado y una sola en el otro. Los asientos son grandes y muy reclinables, sin que molestes al vecino pues hay muchísimo espacio para las piernas, tanto que puedes sacar un supletorio por debajo de las rodillas para estirarte del todo. Un verdadero lujo. Cuando haga el próximo recorrido en autobús intentaré que sea uno igual. Eso si logro hacérselo comprender al que me venda los billetes.
Llegamos a la estación de Suncheon y la primera visita es al pequeño kiosco de información turística que hay allí. De nuevo una informante que tiene muchas ganas de ayudarnos pero que no habla ni una palabra de inglés, así que volvemos a lo de siempre, o sea llamada telefónica a alguien que sí lo habla, pero con quien es más difícil comunicarte de esta manera.
Según la guía aquí hay dos templos interesantes para ver, un poblado de casas antiguas y una bahía, además de un recorrido en barca por una zona pantanosa para observar aves. Pero lo más interesante para nosotros es que los de turismo organizan unos viajes para visitar algunos de esos lugares, aunque para lo cual hay que ir a otro punto de información que está al lado de la estación de ferrocarril.
Todo el rato que he estado “hablando” con la informadora esta tenía puesta una mascarilla higiénica cubriéndole casi toda la cara de un tipo que aquí es normal pero nuevo para mí: tienen como un trozo móvil de la nariz a la boca donde hay una ranura y ese trozo se mueve al hablar. A mí me pone un poco nervioso, además de que no le veo la boca lo que hace más difícil la comunicación.
El hotel está muy cerca y me hace un plano a mano, muy esquemático pero muy claro, aunque sigo sin saber qué haré al salir de la estación. Entonces la joven deja la garita y nos acompaña hasta el exterior para mostrárnoslo. Realmente amable.
En estos hoteles, como en los japoneses, no se puede entrar en la habitación hasta las 3 de la tarde, pero afortunadamente nos permiten el acceso aunque es solo media mañana. Marisa cree que es un “hotel del amor” como el de Gochang, pero aquí hay una verdadera recepción aunque muy pequeña. Y es que esta gente es tan confiada que no hay nadie allí. Al fin aparece una joven madre con un bebé, nos da la llave y podemos aposentarnos.


Sigo pensando que no tiene el encanto del “hanok” de Mokpo, pero es realmente cómodo aunque la recepción sea la más fea que he visto en mi vida. Y además, como en Gochang, aquí vuelve a haber una especie de kimono que es una prenda elegante y práctica.
Vamos a la estación en busca de un viaje para mañana y nos topamos con un mercadillo callejero a lo largo de una gran avenida que acaba en un mercado central.
Una cosa nueva. En una gran calle hay sillas que parecen abandonadas, pero que son normales, y que permiten a los cansados abuelos poder sentarse. Incluso hemos visto una dentro de una cabina de teléfono.


La oficina de turismo de la estación de ferrocarril es una verdadera oficina de información con una simpática informante, Natalie, y mesas donde puedes sentarte con un mapa delante. Ha sido de una gran ayuda y además está intentando aprender español. Bueno, realmente sabe unas 17 palabras entre ellas “número uno”, que era el del autobús que teníamos que coger para la recomendación del viaje vespertino.


He aprovechado para explicarle que si dice “numero uno” habla como los de mi tierra, aunque no me he atrevido a contarle lo del “terror esdrujulo aragonés”. Sí nos ha dicho que para ella es un gran problema el sonido de la erre, así que le he explicado la importancia de poder decir “arroz” si visita España. Imposible pronunciarlo.


Desde allí nos vamos a visitar el mercadillo y mercado que hemos encontrado cuando veníamos.


Paseando entre estos puesto de frutas y verduras vemos unos frascos llenos de avispones enormes dentro de un líquido. Ni idea de que para qué sirven, pero los frascos son muy artísticos y horribles.


También vemos un puesto donde están cociendo las crisálidas de los gusanos de seda. Una pareja que pasa por allí y ve nuestro interés le pregunta al “gusanero” si podemos probar uno. El los vende en unos vasitos de cartón como los de café, de unos 100 ml. Coge uno, llena la mitad y nos lo regala. Realmente estaban muy buenos, pero si nos hubiesen parecido nauseabundos hubiese sido una putada porque nos los habríamos tenido que comer igualmente.


La pareja interpeladora estaba muy interesada en España y especialmente en el fútbol y me ha explicado que “Toles” les gustaba mucho y que había recibido un cabezazo. He aprovechado para explicarle que “Toles” era de Fuenla. Ya lanzado le he dicho que mi hijo era su amigo, ya que fueron al colegio juntos. Vaya, no es verdad, pero todo sea por animar a los forofos del deporte nacional.
Comida en el mercadillo regada con una botella de tres cuartos de “vino de arroz”. Pues no estaba mal.


En el mercadillo las vendedoras también estaban en su hora de la comida y lo curioso es que no se limitaban a una comida rápida, sino que lo hacían con las estructura típica coreana, es decir con un plato principal y un montón de platillos adicionales.


Como mañana vamos a casi todas las cosas interesantes con una excursión de la oficina de turismo, solo nos quedará por visitar el templo de Seonam-sa, para lo cual debemos coger el autobús número 1.


La parada está llena de abuelitos, pero viejos, viejos. Y es que hoy he visto en el mercado más viejecitos que en todo el viaje. Y me percato que muchos andan con los hombros echados hacia detrás y con el vientre hacia adelante. También algunos muy encorvados. Y todos con el pelo negro, negro. Y ninguno se arredraba por la falta de capacidades físicas. Así he visto a una señora pequeñita de más de 80 kilos subir al autobús con dos sacos de 20 kg. La verdad es que un viajero le ha ayudado, pero me sigue sorprendiendo su vitalidad.
Esperando en la parada se acerca a Marisa un joven algo majareta, le pregunta de donde somos y entonces repite varias veces “Gaudí architect”. La próxima vez que me encuentre a otro fanático (que no esté pirado como este) le diré que mi abuelo era amigo suyo y que fueron juntos al colegio. Como con “Toles”.
Luego en el autobús también hay un señor que intenta ayudarnos y al llegar a la parada final, la del templo, decide que quiere hacer el recorrido con nosotros. A mí me encanta encontrarme con gente y poder preguntarles cosas del entorno y del país, pero cuando saben muy poco inglés y no lo saben es un verdadero calvario. Sí he llegado a entender que quiere ir a España para hacer el camino de Santiago. Afortunadamente hemos encontrado a un grupo de señoras camino del templo y se ha quedado con ellas.

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