23. Corea 2017. 26 de marzo, domingo. Decimocuarto día de viaje. Boseong. Primera parte.

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Cambio de hora en España: una hora menos. Siete horas de diferencia.
¿Cuál es el peor enemigo de un turista después de la lluvia? Exacto. Tenemos un gran ventanal de 3×2 enfrente de la cama, corremos las cortinas y nos topamos con una densa niebla que no permite ver más allá de 3 ó 4 metros. ¿Se levantará? Y me pregunto que cómo se dirá en ingles “levantarse la niebla”. Porque nuestro casero acude constantemente al traductor del teléfono para hablar conmigo. Ayer me pidió que lo hiciese yo pero mi inglés es tan horrible que el pobre traductor no me entiende.
Pero sí, sin preguntar se ha levantado y aparece el sol. Así que ayer con lluvia y hoy con un pronóstico de que iba a seguir igual ya pensábamos que tendríamos que quedarnos sesteando todo el día pero al fin podremos hacer lo programado: visitar la plantación de té llamada Daehan Dawon, que era el propósito de nuestra visita a Boseong.
Por cierto si vienes aquí y preguntas por “Boseong” con la mejor pronunciación de Salamanca, o sea “bo-se-ong”, nadie te entiende, pues los coreanos dicen “boosang”.
En el comedor donde ayer cenamos la barbacoa colocan una especie de hule encima de la mesa-plancha y la transforman en una mesa-mesa. Lo curioso es que ayer estaba lleno y hoy estamos nosotros solos; nosotros y la pareja propietaria, además de la doméstica, que quizás sea suegra, cuñada o tía, y que se sientan todos con nosotros.


El desayuno es típico coreano con alguna variación: una sopa desconocida, pero buena, varios encurtidos, arroz, huevos que no eran ni revueltos, ni fritos, y como novedad pescado.
Marisa que tiene un olfato prodigioso dice que huele a amoníaco y no se pone. Yo, que carezco de ese fino sentido y que además me gusta mucho el pescado me pongo dos trozos pequeños. Pruebo el primero y resulta ser raya, la especialidad de Mokpo. Está repulsiva. Pienso volver a la mesa buffet donde está todo y dejarlo allí disimuladamente, pero el dueño coge la bandeja del pescado y la pone en nuestra mesa (y la suya) para que comamos más. Intento desprenderme de la raya pero el levantarme cree que me falta algo y solícito no deja de mirarme. Pues asqueroso pero me lo he tenido que comer. Pensaba que si él ha comido 10 ó 12 trozos y no le pasaba nada a mí tampoco solo por dos.
Para beber un vaso de agua caliente con una ramita de menta.
Después el feliz propietario nos hace un recorrido panorámico por su propiedad tras enseñarnos un gran ramo de hortensias. He entendido que tiene un invernadero donde las cultiva y las envía a Japón. Aunque podría ser cualquier otra cosa.


Realmente es un personaje bastante increíble: tiene tres hijos, dos de ellos en Seúl (imagino que estudiando) y un tercero de jinete en Alemania, aunque no sé si estudiando esa profesión pues no he visto ni un caballo en Corea. Es como si un joven de Soria fuese a hacer un curso de arponero de ballenas a Groenlandia.
Además del invernadero explota este pequeño complejo turístico de 15 casitas pero adonde solo viene si tiene clientes.


En esta propiedad, que he entendido que era de 5 hectáreas, además de las casitas tiene una pequeña plantación de té de la que forma parte esa especie de laberinto que vimos ayer.

Además ha plantado toda la finca con muchas plantas con riego por goteo, que cuando florezcan harán de aquello un paraíso.
Y finalmente en la entrada de la finca ha transformado una pequeña factoría de té en un pequeño museo al que llama “My way museum”, donde expone unos pájaros de madera hechos por un amigo, algunos cachivaches, maquinaria antigua de esa factoría y también alguna moderna, pues sigue elaborando té verde, pero sobre todo un montón de fotografías de los viajes que ha hecho por el mundo: Francia, Italia, Rusia, Vietnam, Singapur, China, Camboya, Inglaterra, Alemania y Darjeeling, así como algunas fotos familiares antiguas y modernas. Así se entiende el nombre del museo.
Y lo más sorprendente de todo: cuando nos vamos cierra la gran puerta corredera pero sin llave, ni candado. “¿No pones un candado?”. “No. Ya tengo una cámara de vigilancia”. Y cuando veo eso me muero de envidia. ¿Es que no hay ladrones en Corea? ¿A qué se debe ese comportamiento? ¿Es todo obra de Confucio? Porque no se debe al cristianismo, religión ampliamente extendida en este país, como se puede comprobar (y comparar) por la actuación de cristianos mediterráneos y eslavos.
Solo de pensar en dejar todo aquel complejo, con aquellos grandes ventanales de vidrio de las habitaciones, sin ninguna cancela, ni vigilancia excepto las cámaras….Es que me resulta imposible de comprender; porque estamos a unos 200 metros de la carretera y a varios kilómetros del pueblo y de la plantación importante de té.


Tras el recorrido con mucho uso del traductor del teléfono nos lleva con su coche al “Tea Garden”.
Durante el camino nos explica que todos los campos que están en aquel valle son de arroz pero que todavía no lo han plantado. Nos deja en la puerta del Daehan Dawon y nos dice que para regresar cojamos un taxi que hay muchos. Veremos.

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