20. Corea 2017. 23 de marzo, jueves. Undécimo día de viaje. Gwanju.

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Hoy en el desayuno he pedido otra cosa diferente a la de ayer pero me han servido lo mismo, o eso me ha parecido: un cuenco de sopa, arroz blanco y siete cuenquecitos. Lo malo es que no había más clientes y no conozco el protocolo de si se deben acabar las cazuelitas o hay que dejar algo para no parecer un tragaldabas o un muerto de hambre. Pero como tengo mucho respeto por los trabajadores manuales, dejo todo bien limpio para que vean en la cocina que me ha gustado mucho.


Como el autobús que debemos coger hoy implica pasar por la estación de ferrocarril aprovechamos para entrar de nuevo en la oficina de información turística que está situada allí. Nueva joven pero igual de simpática y servicial que las de los días pasados y además habla algo de inglés.
Marisa ha descubierto un sobre con una crema en el “set” del baño del hotel y que le va muy bien para la cara (“¡mira que finica me la deja”!) y quiere saber si realmente es una crema para el cuerpo pues en caracteres latinos solo está escrito “on body”. Pues no: es una crema desmaquilladora. Gran risa con la coreana. Igual podría haber sido champú o crema para los zapatos (incolora).
Para coger el autobús hay que atravesar las vías del tren para lo que en turismo tienen ya preparado un papel escrito con las instrucciones en inglés.


Lo que no dicen es que debes hacer cuando has salido de la estación al otro lado de las vías y estás en una calle, casi carretera, y no ves ninguna marquesina de parada de transporte público. Y además por allí no pasa nadie.


Encontramos a un abuelo, pero de esos viejos, viejos. Le enseño un papel donde pone “311 Bus”, indicación que me parece de lo más clara. Y dice que le sigamos, como nos ocurrió ayer, pero con la diferencia de que este no tiene ni puta idea. Nos lleva a la carrera, pero corriendo, corriendo hasta una parada de autobuses a más de 100 metros pero ni rastro del nuestro. Entonces quiere que le sigamos todavía más lejos de la estación pero le digo que no. Quizás haya pensado que era un borde.
Regresamos hacia la estación, encuentro a un joven, le pregunto, no habla inglés pero saca su teléfono y nos indica la parada que estaba allí mismo al lado pero sin marquesina: este es un autobús interurbano y además toda la información está solo en coreano.


Porque hoy vamos a visitar Damyang, o mejor un parque próximo a esta ciudad que está dedicado al bambú.
Parece que esta zona es famosa por los artesanos que trabajaban esa gramínea, pero que hoy han desparecido o casi. Lo que sí ha dejado esa actividad ha sido un parque dedicado al bambú llamado Juknokwon. Su eslogan es: “A garden without bamboo is like a day without sunshine”.
Realmente es un lugar encantador, por lo menos hoy, aunque encontramos más gente que en el resto de los sitios que hemos visitado, pero sin aglomeraciones.


Hay caminos que cruzan el parque en todas las direcciones y además con nombres tan bonitos como camino “de los filósofos”, “de los antiguos amigos”, “de los sabios confucianos”, “de la contemplación”, “de los amantes”,…Sugiero a los munícipes de los nuevos partidos aficionados a cambiar los nombres a los establecimientos ciudadanos que se den una vuelta por aquí.


Una curiosidad es que el suelo donde crecen las cañas está cubierto de cáscara de arroz. Se ven todavía una gran cantidad de sacos de este material esparcidos por doquier lo que semeja un cataclismo.


Descubrí con envidia que esos sacos son reutilizables, pues los cierran con una poderosa cremallera. Vaya, quizás en España también sean así pero lo desconozco.
Hay un espacio para exposiciones y la actual es una maravilla.


Y por fin la desilusión: también hay macarras en este país pues en bastantes cañas hay cosas escritas a pesar de que son ejemplares bastante delgados.


Incluso en un pabellón de esos tipo quiosco para descansar, encuentro media docena de escritos. Son pequeños y hechos con un rotulador de punta fina, pero han jodido la limpieza estética de aquella estructura de madera.


En uno de los recorridos encontramos una pequeña cascada con varias figuras de osos panda para deleite de los niños. Le hago una foto a Marisa allí para enviársela a los nietos y un joven me dice que ya nos la hace él a los dos y ha sucedido lo que tengo estudiado como el “síndrome del espontáneo”: es alguien que te quiere ayudar sin que tú se lo hayas pedido para hacerte una foto y que siempre, siempre, te corta los pies.
Este parque, como todos, está dotado de un montón de lavabos públicos. En uno de ellos la señalética es bastante confusa por lo menos hasta que puedes comparar las dos. La de “caballeros” parece una figura de un monje. Pero podría ser también una monja.


Cuando ves la otra, la de “señoras”, te percatas de que la primera tenía que ser la tuya.


En mi trabajo, en Barcelona, hicieron un nuevo edificio y colocaron los símbolos de masculino y femenino en los lavabos y hubo bastante confusión aunque te parezca mentira en una empresa donde había mayoría de ingenieros. O quizás por eso. Puede que hubiesen tenido que poner la señal del enchufe.
Otra cosa notable de este parque es una escultura titulada “Juknokwon Mirror Cube” y de la que no puedo dar más información pues el resto estaba en coreano. Lo he buscado en internet pero lo único que he encontrado es el comentario de la autora de una foto sobre la escultura: “There’s a giant mirror cube in the middle of the forest. Not sure what it’s for”.


Esa sí que estaba perdida.
Marisa se ha vuelto loca haciendo fotos del cubo.
Este parque parece que ha sido el lugar del rodaje de películas y programas de televisión y así se muestra información en carteles sobre el film del que se trata. Todo sea por facilitar la mitomanía.


Tomamos un café y el lugar es algo fuera de serie: una infusión como hace tiempo que no tomaba, el solecito de marzo (unos 14ºC), la música ambiente, enfrente de un paisaje precioso y con la mejor compañía el mundo. El placer del paraíso.


Ha sido el mejor rato de todo el viaje. Cuando nos íbamos de allí cantaba Cohen y antes durante un rato se oía una canción francesa de esas en las que parece que la cantante está haciendo el amor contigo. Algo como cuando en “Hiroshima, mon amour” le dice

“Nous allons rester seuls, mon amour.
La nuit ne va pas finir.
Le jour ne se lèvera plus sur personne.
Jamais. Jamais plus. Enfin.”

Encontramos una cabaña donde parece que vive un abuelo excéntrico por la forma de vestir pero que quizás sea alguna referencia histórica o etológica. No sé. Marisa se pone a hacerle fotografías a las cosas que hay alrededor de la construcción y yo me siento en un jardín cercano.


Una pareja en los 50 debe ver mi expresión de desamparo y me preguntan si me he perdido. Pues allí nos hemos estado un rato charlando. Él quiere ir a visitar la Alhambra y he entendido que le gustaría a su mujer tocar allí la guitarra. Seguramente lo he entendido mal o es que hay un programa coreano de televisión donde ha aparecido algún guitarrista tocando allí y quizás crean que es como el parque de El Retiro madrileño. Me ha preguntado si sería una buena idea alquilar un coche. Le he explicado que no, porque se puede ir con transporte público fácilmente a todas las grandes ciudades españolas. Además he olvidado decirle que en España los peatones tienen preferencia en los pasos cebra y que los coches deben parar, cosa que no hace nadie en este país. O sea, que si lleva troquelado en sus neuronas las normas de conducta coreana hasta que no liquidase a dos o tres peatones no las cambiaría.
Ha sido una charla interesante.
A veces sopla algo viento y al murmullo de las hojas se añade el golpeteo de las delgadas cañas. Como el viento es suave los golpes se oyen espaciados y su sonido me recuerda al crotoreo de las cigüeñas, solo que aquí tiene un periodo más corto.


Dejamos el precioso parque y regresamos a Gwanju en autobús con algún problema por nuestro nulo nivel de coreano.
Todavía no hemos comido y nos vamos a la zona del “Asia Culture Center” donde hay un restaurante que recomienda la guía. Dice de él que tiene un “interior rústico, pero con estilo”. Realmente está muy bien y está especializado en carne a la brasa que es un tipo de comida típica de este país y que descubrimos en los restaurante coreanos de Tokio: te ponen una especie de brasero con una plancha encima, unos filetes de carne cruda y un montón de platos con vegetales y salsas. Para evitar que el humo haga el ambiente irrespirable bajan del techo un tubo telescópico de un extractor que colocan justo encima del brasero. Viene un camarero, te coge un trozo de carne, lo coloca encima de la plancha, le da la vuelta al poco rato, lo corta en pedacitos y con los sempiternos palillos ya te los puedes comer. Colocas entonces la carne en una hoja de lechuga (o similar) de un cestillo que te han colocado lleno de ellas (y que reponen si te las acabas) y le pones alguno de los vegetales de los cuencos. Y entonces lo comes con la mano.


La ceremonia de colocar la carne y cortarla la van repitiendo conforme te la vas comiendo. A veces cambian la parte superior del brasero pues la carne deja algún trozo pegado y se quemaría.


Todo muy interesante y muy bueno.
Nos vamos después a visitar el mercado de Yangdong, muy recomendado por la guía pero creo que es demasiado tarde y está casi desierto. Vuelvo a encontrarme con los caquis secos que tanto me gustaría poder hacer en casa. Y de nuevo vegetales primorosamente colocados y cortados y pescados que te comerías allí mismo.


Y algunos puesto de vegetales fermentados de fuertes (yo diría que incluso “violentos”) colores rojizos que da miedo pensar en lo que deben picar. Porque la cocina coreana abusa del picante. No tanto como la india pero bastante.
El viaje hasta el mercado lo hemos hecho en metro y ha sido una nueva experiencia pues aunque esta ciudad solo dispone de una línea debe ser de reciente creación dado lo nuevo que está todo. Las estaciones son enormes, los pasillos muy anchos y cuando lo cogimos nosotros (en Méjico “tomamos, en Podemos “tomemos”) viajaba poco personal. Para los turistas como nosotros el metro es uno de los medios de transporte más fáciles de utilizar. Y más este de Gwanju. En el metro, como en el autobús, todo el mundo anda mirado el teléfono pero nadie habla con él.
Un día muy completo

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